CAPÍTULO: CAMINO A CASA VERDE

Después de andar cerca de siete días a caballo intentando cruzar con vida la escarpada cordillera más larga de la tierra, cinco chilenos atravesaron los Andes septentrionales y avistaron el campamento. En medio de la montaña frondosa a orillas del río Duda, la bruma típica de la selva amazónica parecía ayudar a esconder el acantonamiento de casas construidas a base de madera, una de las cuales –la más grande- tenía una amplia planchuela que hacía de techo y lucía un tibio color verde. Hay quienes dicen que fue el tono de aquella techumbre la que dio nombre al mítico complejo de Casa Verde que en pleno piedemonte andino servía de vivienda para el secretariado de las  Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, FARC.

Era mediados de 1989 y en el costado occidental de la Serranía de la Macarena, en el municipio de La Uribe, departamento del Meta, las casas de Jacobo Arenas, Alfonso Cano, Manuel Marulanda y Raúl Reyes, fundadores e integrantes de la conducción de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, esperaban una visita especial. Eran tiempos donde todavía quedaba algo de esperanza de un cese al fuego, pese a las severas matanzas que habían azotado a la Unión Patriótica, el partido surgido como expresión política de la guerrilla, en su intento por negociar un proyecto de paz.

Aún atravesaban los recovecos de Casa Verde en medio de la selva los aires de esa etapa de diálogo que venía siendo promovida primero por el gobierno de Belisario Betancur y después, por el de Virgilio Barco. Esa tarde, poco antes de oscurecer, la primera misión chilena que pisaría un campamento guerrillero colombiano estaba ad portas de hacer su entrada oficial. Los cinco comunistas chilenos preparados como oficiales militares en Cuba arribaron ese atardecer al complejo de Casa Verde con los pies cansados y la ansiedad de quien visita por primera vez un lugar que sabe se convertirá en una de las experiencias más importantes de su vida. La misión designada era clara: aportar a la preparación profesional de los cuadros guerrilleros colombianos.

Esa tarde hubo poco tiempo. Apenas se asentaron en el campamento, recibieron la instrucción de preparar una especie de choza para pasar la noche. Recién al día siguiente se ordenaría construir una casa de madera en medio de la selva, justo a un día de camino después de las casas de los miembros del secretariado fariano. Ese mismo día 2, los chilenos serían recibidos por vez primera por Manuel, Jacobo, Raúl y Alfonso.

Me acuerdo que estaba muy emocionado, como que me costaba creer que estaba con la leyenda de la guerrilla colombiana sentada a la misma mesa. Marulanda me sorprendió mucho, lo encontré un tipo muy práctico, muy inteligente pero incapaz de perder la sencillez y generosidad, lo mejor en términos humanos. Nos hicieron un análisis de la situación guerrillera colombiana en general. Y nos explicaron la necesidad de que esta misión fuera exitosa. Necesitaban formar oficiales y qué mejor que formarlos ahí mismo, con maestros preparados profesionalmente en Cuba. Nosotros estábamos muy conmocionados por la inmensa responsabilidad y honor a la vez. Ese día comimos frijol, carne y mucha arepa horneada con queso.

Los cinco oficiales chilenos sabían que eran parte de la primera misión internacionalista congregada exclusivamente bajo el objetivo político de entregar instrucción militar en Colombia. De ellos, uno se había preparado por cinco años como Teniente de la Escuela Militar Búlgara, tres habían estudiado para ser oficiales tropistas e ingenieros en la Isla de la Juventud y el último, el más viejo, provenía de la Escuela Interarmas General Antonio Maceo, de la provincia de Artemisa, Cuba. Ese último chileno no era de los más diestros en el arte del disparo, por eso lo conocían como el Pilla la Bala.

Antes de sentarse frente a frente con el secretariado de las FARC e incluso antes de pisar la selva amazónica de Los Andes septentrionales, los chilenos ya habían conocido de la trascendencia de esta misión. Habían pasado por un riguroso proceso de selección hasta ser considerados como los cuadros idóneos para cursar la preparación intensiva en métodos conspirativos que por cerca de cuatro meses los tuvo en la discreta escuela de perfeccionamiento dictada en una casa de seguridad en el municipio de Playa en La Habana. Allí se desarrolló un férreo proceso de instrucción con un plan de estudios establecido en la clásica metodología cubana a base de aplicación teórica y práctica de la lucha irregular organizada en escuadras. Inicialmente habían sido seis chilenos los seleccionados, pero solo quedarían cinco. Sería en esta escuela que los oficiales escogidos conocerían detalles de la gestión encomendada, además de su rótulo confidencial y riesgoso; después de todo, además de ser la primera esta misión debía ser cuidadosamente diseñada desde su origen. Bogotá no era Managua y para ese entonces el Ejército colombiano ya se apoyaba en orgánicas paramilitares que privatizaban el ejercicio de la fuerza atacando a líderes de la sociedad civil para amedrentar a cualquier tipo de participación colaborativa con la guerrilla. Faltaban tan solo un par de años para que los diversos grupos paramilitares conformaran las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), que terminarían de extender el terror por todo el país. A sabiendas del complejo escenario y tras meses de curso en las tórridas tardes de La Habana, cada uno de los chilenos debió salir de Cuba por rutas diferentes y en fechas distintas. Había que pasar por diversos aeropuertos para no levantar sospecha, la leyenda fue trazada con suma agudeza. La Leyenda era aquella historia perfectamente creíble que hacía proteger al cuadro en misión. Ellos debían conocerla al revés y al derecho, estudiar los libretos a utilizar, cambiar acentos, la imagen, y apoyarse en las herramientas entregadas durante la asesoría colombiana que también habían recibido en La Habana poco antes de salir. La última escala: un paso rápido por Managua para un escueto entrenamiento con armas estadounidense a base de fusiles M16, los más utilizados en Colombia y que tenían ciertas diferencias con los ya bien conocidos AK-47 de origen soviético.

Según mi leyenda, Moisés Rojas, venía de Italia. Fuimos nosotros mismos quienes definimos los nombres que utilizamos como chapas: Moisés era el nombre de mi abuelito, Rojas el apellido de un cercano a la familia, así que por eso lo escogí. Luego tuve que estudiar toda Roma, sus rincones y cómo ir desde mi casa al trabajo y desde el trabajo al aeropuerto. Yo había hecho escala en Portugal, luego en Panamá, para más tarde aterrizar en Cali e iniciar una gira por Colombia antes de llegar a Chile. Supuestamente siempre había querido conocer ese país. Tenía tres hermanos y una familia grande. Recuerdo que lo que más me costó fue firmar los documentos porque yo soy zurdo y la firma la había hecho un diestro, entonces se me olvidaba cómo hacerlo.

Pero, sin duda, la complejidad mayor para los oficiales chilenos en dirección a Cali era trasladar los archivos que traían celosamente ocultos consigo. En ellos se contenía toda la información concerniente a la escuela de instrucción que se había diseñado con cuidado en el municipio de Playa para ser aplicada en la selva amazónica andina. Cada detalle a ser expuesto ante los cuadros guerrilleros campesinos, urbanos y colaboradores políticos debía estar intacto para el inicio de las escuelas de instrucción preparadas especialmente para las FARC. Lo propio se debía hacer con la información a base de documentos y planificaciones que sería utilizada para desplegar una asesoría intensiva a los mandos centrales de los frentes y de la estructura guerrillera nacional. No podía haber error en el cuidado y transporte secreto de aquellos documentos y sus respectivos detalles. Por eso, cada uno de los oficiales chilenos llevó consigo, en su equipaje, en su cuerpo, o en sus ropas, los archivos microfilmados de cada diseño estratégico pactado en el curso de métodos conspirativos a base de metodología teórica y práctica de lucha irregular. Para ese entonces, la revolución tecnológica ni pensaba en acercarse a América Latina. Llevar la Escuela de Instrucción completamente microfilmada con una reproducción exacta de los documento originales sobre un soporte fotográfico, había sido una tarea quirúrgica a base de fotografiar cada uno de los textos y planos utilizados para construir los planes estratégicos. Tropas especiales, golpe de mano, emboscadas, incursiones, cursos exclusivos para ingenieros y tropistas fueron parte de los documentos microfilmados para quienes serían los nuevos alumnos de los oficiales chilenos. Aunque el viaje no estuvo exento de peripecias, incluso con el último tramo a caballo por la cordillera, los archivos de microfilm llegaron intactos, sin ser rastreados por las fuerzas del Ejército colombiano.

Una vez instalados en sus nuevos alojamientos en Casa Verde, los cinco chilenos comenzaron las primeras gestiones para programar la Escuela de Instrucción que comprometía la misión que los llevaba hasta Colombia. El proceso de instrucción duraría cerca de cuatro meses para lo que se necesitaba disposición temporal, selección de los alumnos e infraestructura. A base de trabajo colectivo y cabañas de madera, se construyeron tres aulas para una capacidad de 40 alumnos cada una, además del trabajo de los llamados rancheros y cocineros que procuraban todo lo necesario para el buen desempeño de los cadetes. Se hizo además un campo de obstáculos absolutamente completo, casi igual a los de las escuelas de Cuba, para los cerca de 150 guerrilleros seleccionados. En la selva se dictaron tres cursos: uno de tropas especiales y dos de tropas. En el primero, la aplicación teórica difería por contar con ejercicios más complejos: desde camuflaje en medio de la selva hasta enmascaramiento en el barro para enfrentar una emboscada. La apuesta era conseguir que los colombianos adquirieran herramientas para diseñar mejor sus ataques, pues habitualmente solían ser poco minuciosos en las estrategias a utilizar a la hora de parapetarse, además de gastar muchos explosivos y municiones. Incluso a veces le disparaban con sus pistolitas al helicóptero del Ejército que los sobrevolaba y la verdad no estaban muy bien armados, recuerda Moisés. Por eso, la seriedad y precisión con que se impartiera la escuela podía significar un cambio trascendente para el fragor de la guerra.

La rutina de los estudiantes colombianos contaba con una rigurosidad absolutamente profesional, casi igual a la de las academias de la Isla. Seis de la mañana, los alumnos se levantaban al ejercicio matutino de gimnasia que duraba casi una hora, luego venía el desayuno para comenzar justo a las ocho de la mañana con las primeras clases del día. Las horas lectivas eran de 45 minutos y tenían un solo recreo de 15 minutos. A la una de la tarde, la hora de almuerzo inauguraba una jornada de autoestudio típico de la escuela cubana, y con el profesor siempre al lado para resolver cualquier tipo de dudas. Al día siguiente, examen de lo aprendido y estudiado el día anterior. Teoría militar, método y formas de exploración; tipos de camuflaje y emboscadas; organización y formación de escuadras; fuego cruzado, puntos de referencia, entre otros, eran algunos de los contenidos evaluados en las mediciones. Siempre, eso sí, precedidos de una estricta introducción político militar.

El enemigo ha lanzado una campaña de desinformación contra el pueblo cubano y acusa a nuestros líderes de masacres y uso de armas nucleares. Justo en este preciso momento se están instalando barcos del enemigo en lugares estratégicos de nuestras costas con el objetivo de atacarnos.
¡A defender la patria hasta las últimas consecuencias compañeros!

De esa especie eran algunas de las peroratas al estilo cubano lanzadas por los oficiales chilenos a sus alumnos justo antes de un ejercicio práctico. Algo que era nuevo para los guerrilleros colombianos, acostumbrados a un ejercicio menos politizado y más reactivo.

Antes de dormir, cada noche después de la cena de las siete, solía generarse un espacio cultural donde los guerrilleros podían intercambiar experiencias en un espacio diferente al de la guerrilla. Justo a las ocho, se reunían en el centro del campamento y se leían libros, se conversaba de algún tema contingente o incluso a veces se hacían noches de cine. Había un televisor enorme a base de tubo de rayos catódicos que hacían andar con motores a gasolina. Cuando veían películas en inglés uno de los guerrilleros –generalmente uno de los chilenos- debía ubicarse de pie cerquita de la pantalla para poder traducir al resto, que en su mayoría no sabía leer o no alcanzaba a hacerlo tan rápido.

Allí, en medio del espacio cultural, los chilenos aprovechaban de hacer un trabajo de alfabetización que iba más allá de la lectura de subtítulos de traducción de películas inglesas. Dictaban clases a varios campesinos que se habían incorporado a la guerrilla. Los ayudaban en esa tarea dirigentes estudiantiles y del Comité Central del PCC que se habían hecho guerrilleros también.

Fueron bonitas esas noches, no me olvido. Me acuerdo en especial de un campesino cuya chapa era Allende, él había escogido ese nombre porque admiraba mucho al Presidente Salvador Allende. Era del Frente 4, entonces yo lo bauticé como Allende 4. Tenía unos 25 años y en la guerrilla una experiencia casi de 10, justo en el límite del estatuto de ingreso cuyo piso inferior era de 16 años y el máximo de 35. Cada noche cultural, me juntaba con Allende 4 y repasábamos las operaciones más básicas. Después de meses aprendió a sumar, restar e interpretar letras, la verdad es que él ya leía pero lo hacía con mucha dificultad, después de nuestros encuentros comenzó a hacerlo mucho mejor. Diría que mi vínculo con él fue una de las cosas más bonitas que me pasaron en la selva.

Para cuando los chilenos llegaron al complejo de Casa Verde, los tiempos de la creación de Unión Patriótica parecían estar muy lejanos. Ya para 1989, la dirección de la UP había roto relaciones con la conducción de las FARC y el proceso de diálogo pactado entre la guerrilla y el gobierno estaba a punto de culminar sin éxito; sin embargo, la guerra sucia continuaba tal como en sus primeros albores genocidas. Por eso, en el campamento guerrillero seguía en curso un profundo proceso de limpieza a raíz de la severa infiltración que se había producido durante el desarrollo político de la UP. La situación era compleja, pero aun así los cinco chilenos se quedaron por más de un año en Casa Verde para cumplir con la misión designada y alcanzaron a dictar cuatro cursos de instrucción, tres en el campamento y uno en la zona de Lembo, el Estado mayor del Bloque Oriental. Lembo era una región de vegetación frondosa, hermosos ríos de aguas cristalinas con peces de colores eléctricos y árboles grandes, allí los chilenos disfrutaron de la belleza amazónica colombiana, también aprendieron de micos. Ese último curso fue todavía más internacionalista. Sus alumnos eran de diversas partes del mundo, todos inspirados en colaborar con la guerrilla más antigua de América Latina. Había venezolanos, peruanos, militantes de Tupac Amaru; brasileños integrantes del Partido  dos Trabalhadores (PT), también algunos militantes de movimientos revolucionarios europeos, además de estudiantes y campesinos colombianos.
Me acuerdo que después de esa escuela pasamos el año nuevo del 89’ al 90’ en el Estado Mayor. Hicimos una gran cena colectiva y en Casa Verde se preparó una fiesta. Se pusieron focos de luces que funcionaban con gasolina, como ahí arriba del monte no llegaban tropas ni aviones no había mayor problema, eso sí ante cualquier ruido fuerte se apagaban las luces. Ese día fue libre, tomamos y comimos, nos dimos los abrazos justo a las 12, excepto quienes hacían guardia. Era bien bonito porque teníamos nuestra pareja, una guerrillera. Hay que decir que al principio cuando llegamos se generó una revolución para las guerrilleras, los chilenos les éramos muy atractivos, entonces hicimos el compromiso de tener una sola pareja y no andar picoteando, seguimos el conducto regular, pedimos autorización a nuestro superior para hacer vida de pareja con esa compañera. En jerga guerrillera, estábamos casados. Ese año nuevo lo celebramos con nuestras esposas.

Cada vez que hacen el ejercicio de recordar, los chilenos que participaron de esa primera misión coinciden en que su estadía en la guerrilla colombiana superó todas las expectativas calculadas. Jamás vaticinaron no solo la experiencia vivida en las escuelas de instrucción y en los enfrentamientos que les tocó participar, sino todo lo que ocurría en el mundo ese año. Estando en la montaña, se cayeron todos los muros, cambió Alemania, se desplomó la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y contra todo pronóstico, el Frente Sandinista de Liberación Nacional perdió en las elecciones presidenciales de Nicaragua. El día que perdió el Frente fue el más triste de mi vida. Esa noche estaba escuchando la radio y me dormí con Daniel Ortega ganando, pero cuando desperté había perdido, recuerda Moisés.

Como si no fueran suficientes los cambios, todavía faltaba algo peor. Los chilenos se enteraron, mientras cumplían su misión en Colombia, de la caída en combate de sus compañeros chilenos que luchaban en las filas del Frente de Liberación Nacional Farabundo Martí en El Salvador. La muerte del Loco, el Cuervo y el Cateto golpeó a los chilenos.

Esos meses fueron muy fuertes para nosotros, en especial la muerte de nuestros compañeros. Fue terrible. Pero lo fue también el fin de la revolución nicaragüense y la caída de la Unión Soviética. Aunque entre los chilenos estábamos divididos, en general le echábamos la culpa a Gorbachov y su Perestroika por lo que ocurría en la URSS. Nosotros hacíamos vida política en la guerrilla, militábamos en nuestra célula y cada noche poníamos una radio chilena, la Radio Nacional, y la radio de La Habana. Tomábamos nota de lo escuchado y preparábamos un informe político que luego debatíamos. Discutimos mucho lo que ocurría en el mundo y recuerdo haber tenido esa sensación como de estar perdido, como de no saber qué más podía pasar.

Era julio de 1990.
En Chile, el FPMR continuaba su largo proceso de escisiones internas luego de su desvinculación definitiva del PCCh, en 1987. Tras el fallido plan de Guerra Patriótica Nacional que acabaría con el asesinato del comandante José Miguel, Raúl Pellegrín, y la comandante Tamara, Cecilia Magni, en 1988, el Frente quedaría en una posición aún más compleja y aislada. Para 1990, con la llegada de la transición democrática pactada, el FPMR redujo notablemente la intensidad de sus acciones. Sin embargo, poco faltaría para el asesinato del senador de la Unión Demócrata Independiente y principal redactor de la Constitución dictatorial de 1980, Jaime Guzmán, el 1 de abril de 1991. Poco faltaría también para que a inicios de septiembre de ese mismo año se produjera el secuestro de Cristián Edwards, hijo del empresario Agustín Edwards, propietario del diario El Mercurio.
El 15 de agosto del 90’, vendría un severo golpe para los chilenos que estaban en Colombia y para toda la guerrilla de las FARC. Ese día, Jacobo Arenas dictaba un discurso político a amplias filas de guerrilleros que lo escuchaban absortos en medio de la selva. La propuesta del ideólogo político de las FARC apuntaba a insistir en un diálogo con el recién electo presidente César Gaviria, a modo de generar una presión por participar de la Asamblea Nacional Constituyente que estaba convocando el gobierno. La arenga estaba en pleno desarrollo y como siempre el carisma político del dirigente copaba la escena, hasta que un sorpresivo golpe cortó de pronto la alocución. Jacobo había padecido un infarto al corazón que lo lanzó al suelo. Arenas, quien había recibido a los cinco chilenos, estaba a punto de morir. Decenas de guerrilleros fueron en su auxilio para trasladarlo con rapidez al pequeño hospital del complejo Casa Verde, justo donde hacía unas semanas había sido operado de una hernia inguinal, Manuel Marulanda. Fue en ese lugar donde el conductor ideológico de las FARC falleció. La misión de los cinco chilenos junto a los guerrilleros y el secretariado de las FARC en pleno participaron de la solemne ceremonia que con honores lo enterró en un pequeño mausoleo hecho de palmas y madera, a unos pocos kilómetros del antiguo complejo de Casa Verde, 30 minutos más adentro de la selva.

Pareció ser que la despedida de Jacobo sería la antesala de la despedida de la misión chilena, que ya había sobrepasado con creces el tiempo convenido. Para ese entonces, y luego de tres cursos de instrucción dictados, Moisés había integrado el Frente 7 del Bloque Oriental y por primera vez había vivido la experiencia de una guerrilla en plena selva. Después de todo, la experiencia de los Batallones de Lucha Irregular que había tenido en Nicaragua había implicado perseguir o huir de la contrarrevolución; esto -en cambio- era la guerra. Un sinfín de bombardeos aéreos y parapetarse o morir. El Bloque Oriental, al igual que el bloque del sur y de la costa, eran Estados Mayores y funcionaban por región, también existían frentes independientes y columnas móviles.

La intensidad más fuerte de la guerrilla es la propia guerrilla. Tu casa es tu mochila, lluvia, sol o lo que haya uno siempre anda con la misma ropa. Una de las herramientas más importantes es tu capa, si la llevas puesta te proteges con ella, te detienes hasta que pase la lluvia. Lo que más recuerdo era que estábamos constantemente caminando, a lo más armábamos una champa, que era una especie de hamaca con un techito que nos permitía pasar una que otra noche. Pero pasábamos el día recorriendo montañas selváticas plagadas de culebras de todo tipo, de micos y jabalíes. Yo fui muy feliz en Colombia. Pese a los chulos fui feliz.

Moisés Rojas, o Walter Gómez –como se llamó cuando estuvo en la guerrilla- salió de Colombia junto a sus compañeros a inicios del 1991. Para dejar la selva caminaron de frente en frente por cerca de 40 días, para luego salir de Colombia rumbo a Quito, Ecuador, donde estuvo varios meses.
En 1992 entró a Buenos Aires y recién el 2002 volvió a Chile.