La cofradía de los hombres y mujeres que han buscado, a lo largo de siglos y siglos, rasgar el velo de las cosas materiales y ver qué se esconde detrás de ellas, lo tapado, han acabado locos, enfermos o, lo que es igual, apartados de la sociedad. La sucesión de microrrelatos que proporciona Labatut en Después de la luz apuntan inevitablemente en esa dirección. Para los “seekers”, cazadores cuya presa es una verdad, o la verdad a secas, que se les resiste a la inmensa mayoría de los hombres, la realidad, de por sí un tejido tan arrebatador como atemorizante de hilos que solo parecen unirse en unos pocos puntos, las palabras nunca bastan. No hay lenguaje para hablar de este fenómeno, porque apenas un puñado de personas ha tenido esa u otra sensación y, como bien se sabe, allí donde la comunidad no percibe algo como digno de nombrarse, la comunidad no inventa formas de decirlo.

Cinco años después de que Benjamín Labatut saltara a la escena literaria de la mano de un libro de cuentos, que le valió un premio en México y un par de reseñas favorables, publica Después de la luz, un libro enciclopédico en el que se intenta de cierto modo llegar a un punto máximo de saturación, acumulando episodio tras episodio de escarceos con el ocultismo o con ideas que frisan lo paranormal, mientras, en paralelo, un narrador, alter ego del propio autor, asoma de vez en cuando la cabeza para contar sus experiencias “límites”: ritos mágicos, desarticulaciones varias con la realidad sensorial, arrebatos místicos de infancia, golpes que se traducen en el olvido pasajero de una lengua.

El vacío que Labatut acecha, a través del relato de sus investigaciones, es excesivamente serio, en parte porque su manera de proceder es por lo general maximalista (apenas si hay lugar para el escepticismo; de hecho, la mejor frase del libro es una en la que permite que un modesto sentido del humor se cuele y mime sus tenaces convicciones: “Durante el resto del año medité varias horas al día (…) Acabé con la cabeza llena de mantras, sutras y un juanete en el dedo meñique del pie por sentarme en flor de loto sin tener la elongación suficiente, y que llegó a ser tan deforme y doloroso que tuvieron que operarme”). Para admirar el abismo desde distintas perspectivas, Labatut se entrega a una contemplación de la historia, cultura y religión. Se abalanza sobre el hueco metafísico armado de anécdotas de figuras decisivas del pensamiento occidental, como Jung o Bertrand Russell; apelando a la experiencia de matemáticos que, desovillando una hipótesis revolucionaria para la ciencia de su época, modificaron para siempre la percepción humana; o bien, hurgando en el desordenado cajón del misticismo oriental, tan manoseado por los actuales exploradores de clases acomodadas de la meditación trascendental, el reiki y otras disciplinas ajenas, hechas propias para tener la posibilidad de comer tranquilo un pedazo de torta en la mitad de una casa, en lo alto de la ciudad, acariciando montañas.

El reconocimiento de que hay un vacío, de que la experiencia de la vida es incompleta, puede ser fuente de una angustia radical, que deforma el espacio y aparta de lo sensible cualquier aspecto deseable de lo real. Pero también es cierto que esa manera de concebir el mundo rivaliza con una más mundana, empírica si se quiere, que radicaliza la duda y empuja la certeza a la letrina del pensamiento. A pesar de que muchos de los relatos que Labatut apunta en este cuaderno de la disociación poseen una gracia incuestionable y abonan la cabeza con interrogantes productivas, se echa de menos ligereza, variedad, el otro reconocimiento, la sabiduría de quien modula su angustia sobre la falta de cabeza con la realización, valiente, de que el vacío es una ausencia que nunca nada jamás podrá rellenar.

Después de la luz
Benjamín Labatut
Hueders, 2016, 130 páginas