No perdonan los pecados que atribuyen a la transición, ni se sienten tributarios de su legado positivo. Han asumido, casi todos, que su adversario estratégico no es la derecha sino la Nueva Mayoría. No están dispuestos a seguir respetando a esos adversarios por el solo hecho de que hayan luchado contra la dictadura. No están dispuestos a seguir respetándose a sí mismos por solo el hecho de plantear una resistencia ética que no llegue a producir cambios reales. Quieren disputar el poder y no tienen muy claro qué harán con él cuando lo conquisten, pero eso es parte de la gracia. Quieren cambiar el modelo y el descrédito de la política les está allanando el camino, pero eso es parte del problema.

Pese a ser un libro que intenta perfilar ideas, la sensación más potente que transmite “Chile actual…” (LOM) es que las izquierdas emergentes están disfrutando de una mística colectiva sin equivalentes en la política chilena. Comparar ese ánimo con el que ronda a las militancias del PS y del PPD llega a ser un ejercicio de sadismo. Se trata de doce artículos más bien breves, al hueso, cuyos autores pertenecen a distintas generaciones de la izquierda frustrada con la transición. El guiño del título al clásico de Moulian es explícito, pero también lo es la convicción de que esta vez no se requiere la voz calificada de un solo pensador, sino el conjunto de voces que están llamadas a unirse para pasar de la crítica a la acción. Un acierto de Faride Zerán, editora del libro, es haber conseguido que todos intenten responder a la misma pregunta: qué salida puede ofrecer la izquierda a la crisis de la política.

La crítica a la transición ya es conocida, pero como todos los autores basan sus propuestas en ella, recapitulemos: la Concertación se habría limitado a restablecer las libertades políticas sin tocar un modelo económico que, además de injusto, torna inviables las propias libertades políticas. Así, como plantea Arrate, no hay que seguir pisando el palito de oponer mercado y Estado: la contradicción es ya entre mercado y democracia. Ello porque la vía chilena al neoliberalismo no consistió en un Estado ausente, sino en uno muy preocupado de subvencionar los servicios sociales que antes privatizó, mimando al empresariado con la inaudita rentabilidad de negocios carentes de riesgo (Isapres, AFPs, educación privada, agua, puertos, etc.) y dejando casi indefensa a una población mal pagada. Si sumamos a esto una legislación laboral que impide a los trabajadores la unión de la fuerza, tenemos que la sociedad chilena se volvió una masa de individuos a merced del mercado y de una clase política estéril, cooptada por una relación con los grandes empresarios que los autores definen indistintamente como “matrimonio” o “incesto” (urge un acuerdo sobre la materia). Todo esto en el nombre de las mismas palabras que fueron, en la práctica, vaciadas de sentido: democracia, libertad, política.

Este diagnóstico le concede a la izquierda un enemigo a la altura de su causa, y que en “Chile actual…” es enunciado hasta la saciedad: el “pacto” entre la Concertación y la derecha para no tocar el modelo. Las decisiones de los años 90 son defenestradas política y moralmente sin ponderar demasiado las condiciones del momento, pues el llamado es, justamente, a no aceptar más esas excusas: que lo primero era afianzar la democracia, que la derecha mandaba en el Senado, que Chile crecía al 7% o que la sombra de Pinochet, guadaña en mano, aún deambulaba por los salones de Palacio. Al revés, la jugada consiste en leer esa historia desde el contexto presente: retrotraer la crisis de las élites y el destape de la corrupción a una “falla de origen” que no revela lo “perfectible” de la transición sino su esencia. Vale decir, el diseño de un país mercantilizado en favor de una minoría que no nos acoge ni nos respeta; un país que nos pide esforzarnos y después nos deja botados, que nos invita a consumir y después nos deja endeudados, y que no podemos cambiar a través las urnas porque los dueños de la llave cerraron la puerta por dentro.

Pero ahora este diagnóstico trae una posdata: todas las formas de acusar el malestar tocaron techo y corren el riesgo de volverse rituales. Lo que sigue es alterar el mapa del poder.

LA IZQUIERDA QUE YA NO

Destacados analistas sostienen que la izquierda chilena está poseída por un espejismo: la irreflexiva conclusión de que los chilenos quieren cambiar de raíz el modelo económico que tanta prosperidad les ha traído. Lo cierto es que se trata de lumbreras mal informadas, que en este libro encontrarán lecturas mucho más atentas del Chile actual por parte de esas izquierdas, así como una férrea voluntad de no repetir los errores que las han confinado a la irrelevancia.

Entre esos errores destacan los diagnósticos autocomplacientes, la conducción viciosa de los sindicatos –Cristian Cuevas, exdirigente del cobre, es muy elocuente al respecto– y la adicción a dividirse por absurdas querellas internas. Sobre esto último, no podemos decir sean adictos rehabilitados, y ya las precandidaturas que han salido al ruedo los han envuelto en reyertas de dudoso interés para la Historia. Pero el flanco más conflictivo es, por lejos, la adscripción del PC –un aliado natural– a la Nueva Mayoría, postura que lo ha sometido a un intenso fuego cruzado con las filas del Frente Amplio.

A Daniel Jadue le toca en “Chile actual…” defender la postura de su partido, lo cual no hace presagiar un cese al fuego. La predicción se cumple. Sin perdonar los consensos de los 90, Jadue es igualmente lapidario con “el infantilismo purista que lleva a algunas de las izquierdas a ver el enemigo dentro de las fuerzas instituyentes y no fuera de ellas”, acusando “un sectarismo y una falta de tolerancia que es solo comparable con el odio que la derecha golpista nos tiene a todos nosotros juntos”. El alcalde de Recoleta no se cierra a una futura alianza entre esas izquierdas (siempre y cuando ciertas fuerzas logren “reeducar a sus bases, para no seguir reproduciendo mecánicamente el odio y la intolerancia”), pero pide valorar el camino de transformaciones que el gobierno de Bachelet, si bien a duras penas, consiguió iniciar: “De asumir el camino del frente amplio en las actuales condiciones, el riesgo de involución resulta demasiado grande y nadie puede dudar que, para las expectativas de nuestro pueblo, una alianza de centro izquierda, aunque no sea aún posible la inclusión de todas las izquierdas, sigue siendo mucho mejor que devolverle la conducción del país a la derecha”.

Desde la vereda opuesta, el sociólogo Carlos Ruiz –ideólogo de Izquierda Autónoma– pone el foco en la lentitud que ha mostrado la izquierda para entender la sociedad neoliberal y actualizar su capacidad de respuesta. “No conocemos bien al enemigo ni sabemos cómo enfrentarlo. Seguir adornando el nombre de su victoria, como hace el progresista neoliberal, o exagerando sus grietas, para imaginarlo más vulnerable, como hace la izquierda infantil, solo prolongará nuestra deriva”. Más profundamente: “Los procesos de individuación acabaron aislando cualquier proyecto de ‘homogeneidad’, esa versión empobrecida de la igualdad que terminó imponiéndose en la izquierda […] la libertad del individuo, tan olvidada por la izquierda, acaba en el sitial cimero de la hegemonía capitalista actual. […] Claro, se puede alegar que no es lo mismo la libertad para construir la sociedad y entender la verdadera realización del individuo que aquella más pobre del hedonismo del consumo y el individualismo; de acuerdo, pero esa es una batalla a librar de la cual la izquierda se restó hace muchas décadas. La hegemonía neoliberal no brotó de la nada”.

Podríamos abundar en ejemplos que acreditan una superación de los moldes teóricos del siglo XX, y, en la presentación del libro, Claudia Zapata celebró el repliegue de “un foucaultianismo y un deleuzianismo que ya me parecía insoportable”, típico de la izquierda noventera. Ernesto Laclau, Jacques Ranciére y Julieta Kirkwood, además de Marx y Gramsci, son los intelectuales recurridos en estos ensayos. Eso sí, es una lástima que no podamos citar ninguna reflexión sobre el socialismo del siglo XXI, sobre todo si estamos en el continente que vio nacer los proyectos de izquierda más novedosos desde la caída del Muro. El espíritu que recorre el libro permite dar por descontado un rechazo al caudillismo, pero la suerte dispar que corrieron las políticas económicas y sociales de ese proyecto deberían ser una referencia obligada para quienes, omitiendo el factor autoritario, están promoviendo políticas más o menos afines.

EL SESGO GENERACIONAL

Gabriel Boric y Mario Sillard escriben el texto que mejor se adelanta a responder las críticas que pudieran venir de vuelta, confirmando que el diputado por Magallanes ha calibrado un discurso casi imbatible en la arena pública. Entre los cuestionamientos que rebaten está el generacional. Protestan que “la cultura militante de la Concertación” ha intentado colgarles una etiqueta de “inmadurez, ingenuidad e incluso una ‘violencia generacionalista’. […] Nos acusan de ser fetichistas de la política universitaria y de una rebeldía estética más que propositiva”. Y recogen el guante, para golpear con él: “Es cierto finalmente lo que dicen: hay un sesgo generacional en a quiénes convocamos hoy, pero no porque intrínsecamente la juventud sea sinónimo de rebeldía, sino porque nuestra generación nació en un régimen neoliberal, y con ello ha tenido que librar su propia batalla para comprenderse como actor ante nuevos mecanismos de opresión y abuso”.

La misma épica inspira los artículos de Camila Rojas (expresidenta de la FECH) y de las activistas Constanza Alvarado y Persida Roca, las tres nacidas en 1991. Se trata de un relato generacional ya sedimentado, que declara emerger desde el dolor y la exclusión para afirmarse como la generación que perdió el miedo; hijos de la transición que sienten haber crecido en un Chile ingrato, traicionero, donde la fraternidad era un sentimiento proscrito y la meritocracia una promesa falsa, pero que hicieron de tripas corazón para recuperar la esperanza, sacudirse la inseguridad de la juventud de los 90 y tomarse las calles en 2006 y 2011. “Este Chile, el de las y los endeudados, el de esa depresión que consume a muchos y muchas, de esa desigualdad y segregación profundas, de ese machismo y misoginia con cara y cuerpo de muñeca inflable, ese de la xenofobia y el terrorismo de Estado, del consumo y la desafección”, resume Camila Rojas, hoy precandidata a diputada por Izquierda Autónoma.

El amor al prójimo desvalido (“nosotros”, “los chilenos”) y la cólera ante el verdugo insensible (“ellos”, “Chile”) confluyen en este relato que fluctúa entre los sentimientos de empatía y el sentimentalismo a secas. Una rabia solidaria y productiva, con ecos de Jorge González y Pedro Lemebel, comparte voz y cuerpo con unos despliegues de autocompasión y una total ausencia de ironía que, si no estaban bien vistos en la contracultura de hace treinta años, quizás sean incluso una manera de diferenciarse de aquella. “La dictadura, para nosotras, aún dura”, afirman Alvarado y Roca, ligadas al activismo de género, en un manifiesto que retrata a su generación como monstruos de laboratorio que se han salido de control, “cabezas negras” que han devenido plaga desde las periferias y que hoy les plantan cara a sus infames creadores. “Fue en el 2011 cuando las multitudes ahogaron al carcelero, que no es uno, sino muchos, todos los padres de esta espuria transición, todas las aves de rapiña que vinieron a disputarse el cadáver, ya frío, de nuestro espíritu”. Luego interpelan a los mayores en falta: “¿No han hecho el ejercicio de mirarse en el espejo de la historia? Ante nosotras, ustedes lucen como una tropa de mendigos desesperados, una bandada de palomas peleándose las migajas del pan que la dictadura sangrienta devoró y luego vomitó sobre este territorio en forma de sangre y desaparecidos. Nos preguntamos, ¿Por qué insisten? ¿Hasta cuándo? ¿No es, acaso, hora de enfrentar la muerte con dignidad y dejar que brote la savia nueva?”. Y así concluyen: “Hay un Chile que debe morir para que nazca uno nuevo. Que venga el dolor del parto a nosotras; podemos soportarlo. A diferencia de ustedes, miramos a la muerte de frente desde el día en que nacimos sobre esta tierra asolada”.

Así extractados, los pasajes no conservan la poética de las autoras, pero sirven acá para resaltar un sentimiento colectivo que es un dato de la causa, y que desvela a los protagonistas de la transición con esta pregunta: ¿por qué esta generación se asume un subproducto del Chile posdictadura sólo en calidad de víctima de sus injusticias, y no tiene ojos para advertir que ellos mismos son, también, la prueba irrefutable de sus méritos? En otras palabras: ¿fue un Chile injusto y opresivo el que obligó a los estudiantes a regresar a las Alamedas, o un Chile más libre y desarrollado les permitió dar ese paso? Por esa diferencia de perspectivas, o por la incapacidad de trasponerlas, parece pasar la grieta que incomunica a unos y otros.

LO QUE FALTA

Si las izquierdas aquí citadas creen que no habrá democracia real mientras el “consenso neoliberal” permanezca inmune, es obvio que no pueden llegar al poder sin haber resuelto cuál será su propio consenso. En “Chile actual…” se da a entender que por ahora saben contra qué y para qué, pero no exactamente qué, ni con la unión de quiénes. “Quizás lo más importante es en este proceso comenzar a bosquejar las líneas estratégicas que dibujen el horizonte de superación del neoliberalismo”, proponen Boric y Sillard al cierre de su artículo. “En eso estamos”, es todo cuanto adelantan sobre ese bosquejo. Suena precario, pero el horizonte que se le abre a esa sinceridad no debería ser subestimado. Hasta aquí, se han dedicado a acumular confianza en que imaginar otras maneras de vivir no tiene por qué ser un acto irresponsable o descabellado, y les ha ido bien. Apenas un mes atrás, discutir una reducción de la jornada laboral sonaba inverosímil, y ya parece que lo insensato es negarse a discutirlo.

Por otra parte, la izquierda chilena, dado el énfasis privado de nuestra economía, goza de un margen mayor que la europea –o que el Frente Amplio uruguayo– para reformar el modelo sin bajarse del mundo. Todo indica que desmercantilizar los derechos sociales –además de la AC– será la punta de lanza que guiará el camino. Pero ya lo intentó el actual gobierno –o parte de él– y se enfrentó no sólo a la reacción de las “clases dominantes”, sino también a la ambigüedad de la ciudadanía, tan proclive a demandar un Estado más activo como reacia a poner en esa canasta los pocos huevos que ya tiene en la suya. Así el desafío vuelve a ser político, y más aún, cultural. ¿Lo advierten las nuevas izquierdas, a juzgar por este libro? Sí, pero dándose una licencia que podría volver a inmovilizarlas: reconocen las preferencias de una sociedad permeada por la lógica individualista, pero se resisten a valorar esas voluntades como soberanas, apurándose a describirlas como resultado de un prodigioso lavado de cerebro o, por último, como una elección forzada, sólo atribuible a la falta de alternativas. ¿Individuos que han ganado autonomía y hacen del consumo una vía de inclusión? ¡Vade retro! Autómatas cargando la cruz de sus deudas por un valle de lágrimas.

En una de esas tienen razón, pero ello no los dispensa de un paternalismo que en sus discursos se vuelve especialmente disonante, porque los pone en curso de colisión con los mismos cambios culturales que hoy les permiten encarnar la voz de los nuevos tiempos. Asimismo, que el Frente Amplio le saque partido a la crisis del sistema político parece de sentido común, pero atravesar ese umbral también le será indispensable para evitar que ese viento de cola termine siendo su freno, en la medida que exacerba el desprecio por lo público y el refugio en lo privado.

Conscientes de todo esto, quienes escriben en “Chile actual…” suelen hacerse la pregunta enunciada más arriba: con la unión de quiénes. Es decir, a qué actores sociales convocarán las izquierdas para formar esa mayoría que les permita romper el invicto de las élites. La variedad de las respuestas que se ensayan da cuenta de lo impreciso que es hoy ese proyecto. Al menos concuerdan en que van a requerir una combinación muy virtuosa de política institucional y movimientos de masas; que serán las dos cosas o ninguna. El analista político Ernesto Águila, militante del PS, define esa mixtura como un “neoallendismo” que debería reemplazar la orientación socialdemócrata que ha mantenido su partido desde que la “renovación socialista” impuso sus términos en los años 80.

De ahí en adelante, todo es tentativo. Diamela Eltit apela a descifrar el silencio de la abstención electoral, lo mismo que Carla Amtmann –militante de Nueva Democracia y exdirigente estudiantil en la PUCV–, aunque esta última hace notar que el año pasado ni siquiera en Valparaíso, con todo el revuelo de Jorge Sharp, la abstención bajó del promedio nacional. Nelly Richard cuestiona a Gabriel Salazar por suponer que la clase popular sería una fuerza contrahegemónica por naturaleza, como si sus intereses fueran homogéneos y bastara con organizarla para sabotear el orden establecido. En lugar de ese esquema propone, tal como Eltit, una izquierda que sepa moverse por una variedad de espacios –la calle, los sindicatos, el arte, las redes sociales– desde los cuales modular una poética comunitaria que no le haga asco a la política institucional pero tampoco se deje apagar por ella. Cristian Cuevas y Felipe Ramírez –exdirigente de la FECH, hoy a la cabeza de Izquierda Libertaria– son los únicos que centran su apuesta en revitalizar el sindicalismo y en la clase trabajadora como sujeto político, sin dejar de advertir la feble inserción que los movimientos de origen universitario han logrado hasta ahora en ese mundo. Son recurrentes las alusiones al feminismo, la diversidad sexual y el ambientalismo, pero todavía se lee entrelíneas un cierto temor a que distorsionen el enfoque de clases. Movimientos como No+AFP o los alzamientos territoriales producen un gran entusiasmo, aunque subyace la duda incómoda, no siempre confesa, entre dejarlos fluir a su arbitrio y ejercer un discreto padrinazgo. Todo esto explica que el Frente Amplio haya declarado recientemente que no se define como un movimiento de izquierda, y que, pese a toda su voluntad de sustentarse en bases sociales y no en la levedad mediática del duopolio, haya debido ir a buscar su candidata a los medios de comunicación.

En todo caso, estamos hablando de una fuerza política que no necesita ganar la próxima elección, y que corre con otra ventaja que sus adversarios harían bien en envidiar: es el único sector político que ha repensado a fondo sus ideas durante los últimos 15 años. Todavía están en eso, pero a ratos pareciera que son tantas las ganas de construir algo nuevo, tal la disposición a contribuir para hacerlo realidad, que las medidas de lo posible tarde o temprano querrán entenderse con ellos. ¿Serán correspondidas?

Chile actual: crisis y debate desde las izquierdas
Varios autores
Editora: Faride Zerán
LOM, 2017, 162 páginas