El restaurante Vía Veneto en Barcelona fue inaugurado en abril de 1967, y es uno de los más exclusivos y costosos de la ciudad española. En su página web, se lo describe con un estilo belle epoque y una decoración modernista lujosa. Además se promueve su bodega de vinos, “una de las más completas de Cataluña”. El servicio es de altura. Los comensales tienen acceso a un “gran surtido de puros” y una carta en idiomas.

El 11 de septiembre de 1973 se dieron cita en el Vía Veneto un grupo de altos ejecutivos de la compañía estadounidense Pepsi Co. Entre ellos estaba Agustín Edwards Eastman, dueño de El Mercurio, quien, tras autoexiliarse, se integró a esta empresa, propiedad de su amigo Donald Kendall (Kendall fue también quien hizo los contactos para que Edwards se reuniera con Richard Nixon, en aquella cita mítica donde el presidente de Estados Unidos se convence de que el gobierno de Salvador Allende es un problema de “seguridad nacional”). En los 70’, Agustín Edwards fue nombrado directivo de Pepsi en Nueva York. Pero viajaba a España con regularidad, especialmente a Barcelona, por motivos de negocios.

En ese marco ocurrió la cena del 11 de septiembre. Entre los asistentes estaba la periodista española Josefina Vidal, quien por entonces era la esposa de un alto ejecutivo de Pepsi. En esta entrevista exclusiva, Josefina recuerda la sucesión de llamados, el nerviosismo y la alegría del magnate de las comunicaciones tras enterarse del golpe de Estado y la caída de Salvador Allende. De acuerdo al relato de esta mujer, Agustín Edwards estuvo informado minuto a minuto de los hechos que ocurrían en Santiago.

“Fue una coincidencia bastante trágica porque aquel día 11 de septiembre había una cena de ejecutivos de PepsiCo. En aquella época yo estaba casada con una persona que era director financiero de la compañía en España”, resume Josefina, quien ahora vive en Los Angeles, California.

-¿Qué recuerdos tiene de esa noche?
-La cena era en un restaurante bastante lujoso de la ciudad, el Vía Veneto. Cuando llegamos, entre las ocho media y las 9 (de la noche), Agustín Edwards ya estaba allí. Y estaba en un estado de agitación extraordinaria. Vino a la mesa donde todo el mundo estaba sentado y dijo “champagne francés para todos”. Y todos nos quedamos un poco asombrados. “Sí, mi amigo el almirante (José Toribio) Merino ya se ha hecho cargo de la situación”. Fue una sorpresa. Pues nada, ya sabes, pidan lo que quieran, por que él es mi amigo…, etcétera. Estuvo así, recuerdo, muy entusiasmado.

-¿Y en qué se notaba eso?
-Yo diría que no probó bocado esa noche, porque anduvo todo el tiempo de una mesa al teléfono, del teléfono a la mesa, o sea que estaba continuamente en comunicación. Recuerda que entonces no había teléfonos móviles, no se usaban.

-¿Estaba solo?
-No. Estaba con su esposa, una mujer muy distinguida y amable. Empecé a hablar con ella de Pablo Neruda y me dijo que le gustaba mucho su poesía. Nadie sabía entonces el trágico fin que también le esperaba al poeta.

-¿Qué impresión le causaba la alegría de Edwards? ¿qué sabía usted de la situación chilena?
-Nosotros en Barcelona habíamos seguido el desarrollo de los acontecimientos, todo el mundo estaba muy pendiente, había una gran simpatía y solidaridad con los chilenos y Allende. Yo recuerdo los periódicos, que a cada momento pensabas que iba a pasar algo. Y claro, fue una coincidencia estar esa noche con alguien que estaba muy vinculado al régimen.

-¿Usted sabía quién era Agustín Edwards?
-Sí, yo sabía que era el dueño de El Mercurio. Precisamente mi ex marido había estado en su casa en las afueras de Nueva York, en uno de sus viajes de negocios. Pero en aquel momento no sabíamos hasta qué punto él estaba involucrado. Y todo eso se hizo bastante claro esa noche tan trágica cuando él lo celebró con ese entusiasmo de brindar con champagne francés.

-¿Hizo más comentarios esa noche, sobre Allende o la situación política?
-Diría que no mucho, él lo daba como algo sobreentendido, de lo que estaba hablando. Pero piensa que con excepción creo de mi esposo y yo, los demás todos eran personas de Estados Unidos.

-¿Cuál fue la reacción en el resto de los comensales?
-Bueno, la reacción principal fue de asombro. Más bien hubo cierto silencio, ¿no? A mí personalmente me afectó y me sentí muy mal de estar ahí en aquel momento porque me di cuenta… No sabíamos qué había sucedido con el presidente Allende, qué había ocurrido con todo eso. No sabíamos que el palacio de La Moneda estaba en llamas. No conocíamos los hechos. Esto no lo supimos sino hasta después.

-¿Qué sintió entonces?
-Me sentí horrible, de haber tenido que estar compartiendo aquellos momentos que eran tan trágicos para el pueblo chileno y para el presidente Allende, con alguien que no diría que fuera responsable, pero que realmente se sentía completamente identificado con los que habían llevado a cabo el golpe. Fue muy triste.