Agustín Edwards nació en París el año 1927 y cursó su educación primaria en Londres, mientras su abuelo, Agustín Edwards Mc-Clure, era el embajador de Chile en Inglaterra. Él mismo contó que estuvo cenando de niño con Churchill. Heredó una fortuna inmensa. Fue dueño de Chilena Consolidada, de CCU, Ladeco y del Banco Edwards, entre otros bienes y empresas. Lo bautizaron como Agustín y como millonario. La suya fue una especie de familia real chilena y él creció como un príncipe. Cuentan que le gustaba gastar como país en guerra, que mantenía varios yates en distintos lugares del mundo, siempre con jugo de naranja recién exprimido, listos para zarpar. Despilfarró una fortuna.
También heredó un periódico, uno de los más importantes de América Latina. Él lo convirtió en un actor relevante de la Guerra Fría. Sus relaciones con Rockefeller, con Kissinger, con Nixon, con la CIA están bien documentadas. Como veía el país desde lo alto, nunca imaginó la muerte en sus detalles. Aseguran que estudió periodismo, pero un periodista de verdad no habría podido actuar como él, porque no se hubiera contentado nunca con imaginar lo que estaba obligado a ver. Doonie tenía una fortuna de la que preocuparse, una manera de vivir que proteger, unas complicidades internacionales a las que serle fiel, una “virtud” – así todo fuera mentira- que enarbolar. Lo que hizo Edwards no es muy distinto a lo que cualquiera de su clase social –de la que fue el ejemplo más eximio- hubiera hecho. Los Edwards eran un poco gringos, pero admiradísimos por la alta burguesía nacional. Tener un amigo Edwards ya bastaba para ser mejor que los demás.
Agustín Edwards no sólo participó del Golpe de Estado, sino que puso el periódico que heredó al servicio de la dictadura pinochetista. Los grandes pliegos de El Mercurio cubrieron en las veredas cuerpos que más tarde desaparecieron, y al interior de sus páginas, en las noticias que no cubrió, muchos de ellos fueron enterrados. Pudo salvar montones de vida, pero optó por sacrificarlas. Nació para príncipe, pero a la hora de serlo, actuó como un cualquiera. Fue un ricachón bien educado, al que le gustaban las bibliotecas preciosas, que comía con los mejores cubiertos, que reconocía los cuadros valiosos, que había ido a tantos conciertos que ya tenía directores favoritos. Otro ejemplo de alta cultura donde la grandeza escasea. Quienes disfrutan viendo en él un demonio, son cobardes. Fue un hombre común, en una situación de mucho poder.
No escribió libros, no tiene frases memorables, no inventó nada, no ganó dinero en la Bolsa de Comercio, no perdió un brazo ni una pierna ni tiene una cicatriz siquiera por defender lo que sea. No creo que sus hijos lo admiren. Será recordado como el quinto y último Agustín Edwards de la saga aristocrática, el que pudiendo cambiar la historia la dejó correr su curso fácil, hizo todo lo que quería de él su entorno frívolo, disfrutó (según parece), pero salvo haber apoyado -como le correspondía- a las fuerzas de su entorno, haber obedecido a los intereses y vínculos de su clase, hacer de El Mercurio un refugio de ellos, convertir sus bautismos, matrimonios, veraneos y defunciones en noticias nacionales, mostrar el mundo desde Las Condes, Vitacura y Lo Barnechea, como el patrón del campo le cuenta a sus inquilinos lo que vio en sus viajes, no es mucha la gracia del personaje.
Ha muerto un gran defensor del rodeo y un amante del caballo chileno. Un señor muy elegante. El constructor de una cuidada iglesia en su campo de Graneros. El Doonie.