Agustín Edwards era tu sobrino. ¿Lo conociste?
-Nunca lo vi en persona. Una vez le dije a mi hermana Carmencita Edwards Cruchaga, mi segunda madre, porque la mía estaba loca, que quería contactarme con él. Ella me miró y dijo: Voh pa lo único que querís a Agustín es pa pedirle plata.

¿Y lo querías para eso?
-Obvio. Pero me quedé callado, porque ella era súper dictadora, fascista a cagarse, de Patria y Libertad, pero yo quería la plata y pega. Traté de entrar al Banco Edwards, pero no me dejaron por ser pariente. Pero en El Mercurio de Valpo cooperé cuando cabro en la parte cultural. Ahí conocí a un par de amigas lesbianas que sacaban fotos de sociales cuando yo andaba medio psicótico. Me entrevistaba en la sección de Nostradamus y yo salía en la foto con diez relojes en los brazos. Y lo echaron por hablar mal de Agustín a través mío.

Eres el más extrovertido de la familia Edwards.
-Sin duda, soy el más loco de la familia. Soy el patito feo. La Sonia Edwards también lo era. A ella no la conocí, me habría encantado.

¿Qué une a los Edwards?
-El apellido no más. Está la línea de Joaquín Edwards Bello que somos nosotros, los locos, y están los Agustines viejos que son conservadores y fascistas donde cabe Agustín. Sebastian Edwards, el economista, sobrino directo mío, está en mi línea y escribe novelas retontas. Pero también hay un montón de curas y monjas entre los Edwards, y un montón de matrimonios con primas, incluyendo la familia de Agustín, porque se gustaban y no tenían el acceso al mundo. A través de exobreros, de la misma familia, he sabido más de Agustín. La gente me cuenta cahuines.

¿De qué te has enterado?
-Conozco todos los sitios de Agustín. Por ejemplo, abajo de su casa en Reñaca, había otra donde vivía su hija Dodó. Y yo iba siempre a verla. Y me ponía a escuchar cómo píaban los pollos de Agustín. Y pían tremendamente grande más que los pollos de Ariztía. Con la Dodó Edwards hacíamos seminarios de meditación medios jipis. La Dodó era una hija putativa de Agustín. Él tuvo muchas mujeres. Y por ahí estuvo con una francesa y nació la Dodó. Pero eso no se sabe.

¿Era mujeriego?
-Terrible, mírale las ojeras. Un amigo contador me contaba anécdotas de Agustín. En los ’60, trabajaba cerca del hotel Portillo y decía que Agustín se tomaba el hotel y armaba tremendas partusas donde todo pasaba. Hombres y mujeres se metían debajo de los sofás. Las medias orgías que se armaban. A mí no me consta que sea verdad, pero me cuesta dudar: Los Edwards son todos cacheros y Agustín no tenía nada de pechoño.

¿Cómo te lo imaginabas con las mujeres?
-Más divo que yo. ¿Cuántas esposas he tenido? Unas tres con hijos. Y pololas, amores furtivos, no me caben ni en los dedos de los pies ni de las manos. Y varias fallecidas, una suicidada, otras muertas por sida, qué sé yo. ¿Sabes lo que me dice mi hija? “Papá, soy tan caliente como tú”. Pero ahora estoy hace cinco años en voto de castidad.

¿Por qué?
-Hasta que aparezca alguien que valga la pena. Estoy así desde que se fue mi última compañera, a quien se la regalé a un mapuche.

¿El adn caliente viene del lado Edwards?
-Claro, el apellido Edwards tiene una genética muy potente. Pero, como somos ingleses, la hacemos piola. De seguro Edwards la hacía piola. Imagínate, estuvo aliado con la CIA, tenía la mentalidad de la Scotland Yard, tuvo de socio al Mossad, sabía pasar piola.

¿Es verdad que una vez cagaste en el cementerio inglés, en Coquimbo, donde está enterrada parte de la familia Edwards?
-Sí, en el año 2000.

Andabas descompensado.
-Sí. Echaba de menos a mi tercera esposa y me fui a buscarla a La Serena. Me fui a vivir a la playa durante tres meses frente al departamento de la Cecilia. Con la poca plata que tenía, me puse a recorrer el Valle del Elqui y Coquimbo. En una de esas, me acordé que había un cementerio inglés, en Coquimbo, lleno de telarañas, de la familia Edwards.

Y partiste para allá.
-Sí. Pero la cuidadora, una viejita que parecía una bruja, no me dejó entrar. Me vio muy loco y mal vestido. Yo andaba harapiento, no me bañaba y comía de la basura. Como no me dejó entrar, volví en la noche y le pongo el medio mojón en la puerta del cementerio. No contento con eso, volví en la mañana y la viejita estaba sacando la caca, ja, ja, ja. Me hice el loco. Entremedio, andaban unos pacos en un carro policial. Y pesqué al perro del paco y le di un beso con lengua en la nariz. Los pacos abrían así los ojos. Ándate, hueón, ándate. Me veían como un demonio. Eso fue un acto poético por la familia Edwards. Es una forma de hacer catarsis, de sacarte la locura y los odios sin hacerle mal a nadie.

¿Cómo será recordado Agustín Edwards?
-Como una bestia, como un demonio.

¿Qué te habría gustado decirle a Agustín?
-”Mira, viejo, no te odio pero no te quiero. Tenemos diferencias de opinión, pero voh estai convencido de lo tuyo y yo de lo mío, así que nada que conversar, salud”. Pero estoy reenojado con Agustín. No solo porque no me dejó parte de la herencia o de gerente general de Paz Ciudadana, o de director o máximo accionista del Merculo del Loco Edwards, y nunca me invitó, no solo a sus islas en el sur de Chile, como invitaba al borracho del Almirante Merino, sino por no invitarme a sus partusas en el Hotel Portillo, por eso lo odio.

¿Te has limpiado el poto con El Mercurio?
-¿Estai loca? Me lleno de infecciones con la tinta. Es terrible limpiarse el poto con hojas de El Mercurio. El diario sirve pal asma o las enfermedades del pulmón, pero pal poto no. Te daña, me lo dijo un viejito en mi casa, una vez que lo hice: no, hueón, la tinta es horrible pal culo.

¿Te consideras un heredero natural de Agustín?
-No soy el heredero natural de Agustín, sino el huacho Edwards, el cacique de la tribu de los poetas locos, su peor adversario.

¿Has festejado su muerte?
-Anoche festejé harto con cerveza y vinito tinto con los amigos vecinos de mi cuartucho y estoy esperando dos litros de Exportación Concha y Toro pa seguir celebrando. Anoche con mis amigos mapuche bailamos en la ruca el sismo que nos mandó Agustín.

Anduviste de luto antes que muriera.
-Sí, por la celebreition for de death of the Doonie, yayay tatat marichiweu. Menos mal que finalizó esta huevá de la death of Doonie. Por suerte que tengo paciencia inglesa para soportar que hablaran de su muerte durante dos meses. Y paciencia a punta de olanzapinas, copete, marihuana y tabaco. O sea, en el fondo, he estado muy flemático, meditativo, como dirían los Osho o Krishnas. Ahora pura celebration. Viva Kali, Aum y el Kamasutra, marichiwei.