Todo comenzó porque yo le vendí un chamanto a un empleado suyo, pero no tenía idea que trabajaba para Don Agustín. Seguramente él le preguntó de dónde lo sacó y vino a dar con mi paradero, acá en Doñihue, a mediados de los años 80.

Primero comenzó viniendo un representante de él, quizá era su tesorero o un amigo, nunca lo supe, pero yo tampoco preguntaba mucho. Este señor me indicaba las medidas y los colores que necesitaba Don Agustín y yo me ponía a trabajar rapidito.

Con los años vino a mi casa, porque necesitaba cambiarles los colores a los chamantos que le mandaba. Al principio se los hacía con tonos negros, pero parece que no le acomodaba mucho ese color, así que me pidió algo más claro: azul con burdeo. Él no exigía nada tan extraño, era más bien simple, sólo pedía que fueran anchos y bien gruesos, para que le duraran. No sé qué año habrá sido, pero esa vez fue la primera vez que lo vi. Antes ni sabía quién era.

Mientras tomábamos té juntos, él veía las mantas y chamantos. Siempre tenía poco tiempo. Me preguntaba cómo me estaba yendo en el negocio. Habían años en que con las demás artesanas no vendíamos nada y él se encargaba de comprarnos a todas algo para que tuviéramos ganancias. Los chamantos costaban como un millón y medio y a veces se llevaba más de la cuenta. Don Agustín era una persona muy caritativa. A mí, generalmente, me compraba tres o cuatro en el año.

Una vez en las clasificatorias del torneo de rodeo en Rancagua me lo topé. Yo había recién perdido a mi marido de una enfermedad muy rápida que me lo llevó en tres días. Me dijo “Filomena, te veo muy decaída”. Claro, Don Agustín, le dije yo, hace muy poquito perdí a mi marido. Esa vez me abrazó y me preguntó si había quedado muy endeudada con el entierro. Le dije que mi marido siempre había sido ordenado y que no había quedado tan desvalida. Me aseguró que nunca me faltaría el dinero ni el trabajo. Y que le digan eso a una que es artesana, da harta seguridad para seguir adelante.

Recuerdo una vez que hubo una exposición artesanal en Maipú y nos financió a un grupo de artesanas para que fuéramos en representación de Doñihue. Nos arrendó un módulo muy grande, era precioso. Nos puso las máquinas, los telares y cada uno iba mostrando su trabajo. Terminamos yendo tres años seguidos a esa exposición. También nos pagaba viajes a Osorno, Valdivia, Los Ángeles, San Carlos, Ovalle y muchos otros lados. A él le gustaba que nosotras estuviéramos mostrando nuestros productos a la gente.

Yo cuando estaba con él me sentía como una hormiga frente a un elefante, porque el nivel de Don Agustín y el mío eran muy diferentes. A veces me mandaba a buscar a mi casa para llevarme a la suya. Yo me iba desayunadita siempre, porque no sabía cuánto rato iba a estar allá. Era una casa grande, decorada con cuadros y varias cosas bonitas. Siempre llevaba mis chamantos y mis mantas y él se las probaba. Que él me recibiera en su casa y me ayudara es algo para sentirse muy agradecida.

No recuerdo que me haya dado algún regalo o alguna cosa especial, pero recuerdo que la primera navidad que pasé sin mi marido me mandó una tarjeta deseándome unas felices fiestas. Ahí me emocioné, fue algo muy grato.

Hace como seis años que no me ha pedido un chamanto o alguna manta. Coincidió con el tiempo en que estuvo muy enfermo, ahí se fue alejando, y fuimos perdiendo el contacto de a poco. Cuando me lo topaba en Rancagua, en alguna fecha del rodeo, pasaba por delante de mí y ya ni me saludaba. Yo creo que no me reconocía. Qué se iba a acordar de una simple artesana.