De seguro, como debe hacerlo cada domingo, Andrés Velasco sentado en el comedor de su casa, o en el comedor de diario de su cocina, o donde sea, agarró los periódicos y al abrir el cuerpo de Reportajes de El Mercurio y ver el título de la columna de Carlos Peña no pudo más. Se revolvieron lo huevos. O dicho de otro modo, los huevos revueltos le cayeron mal.

Sí, porque Peña analiza en este escrito por qué fracasa el exministro en su intento de constituir su partido o movimiento político Ciudadanos, ex Fuerza Pública, y lo hace sin guardar nada, dejando de lado los eufemismos, estrujando las posibilidades de reflexión hasta advertir que el asunto raya en el rídiculo, “que es la peor forma del fracaso”, dice.

“Hay varias explicaciones para el fenómeno”, advierte Peña, para quien la primera y más obvia es la personalidad del economista. “Velasco no tiene carisma. Ese extraño rasgo que hace que un político establezca lazos de intimidad a distancia con la gente hasta lograr que esta piense, siquiera por momentos, que hay algo trascendente allí, es un rasgo que decidió huir de él. Velasco -según muestra su figuración pública- es un ego anegado de sí mismo. Y un ego exacerbado no es lo mismo que el carisma. Algo parecido habría que decir de Jorge Errázuriz, otro de los inexplicables líderes de Ciudadanos. Errázuriz tiene dinero, pero no carisma. Si no tuviera dinero sería -como todos saben- invisible. En él abunda la ausencia de los rasgos que hacen al político”, observa.

“Si Velasco y Errázuriz fueran personalidades contenidas, con conciencia de sus límites, si no olvidaran eso de que un político no llega tan lejos como lo auguran sus virtudes, sino cuanto le permiten sus defectos, el tropiezo del Servel sería un simple fracaso; pero, contrastado con la imagen que cada uno transmitía de sí mismo, lo que pudo ser un tropiezo acaba siendo un ridículo”, opina Peña.

Agrega que otra razón del fracaso son la ideas que propone Velasco y así lo explica. “Sobra decirlo, tiene ideas; pero ninguna de ellas apunta al significado de la vida colectiva, sino que casi todas parecen el fruto de una consultoría. Velasco y Ciudadanos deben aprender que las políticas públicas sin política, sin narraciones que hagan sentido a la vida colectiva, son vacías. En política, como en la vida, se puede soportar cualquier cosa si se puede contar una buena historia acerca de ella, y Velasco, desgraciadamente, no ha sabido contar ninguna. Y ocurre que, sin la capacidad de elaborar esas tramas de significado que confieran sentido a la acción colectiva, es imposible hacer política de veras”.

Para cerrar, plantea que “Velasco incurrió en el error de creer que -en vez de tejer ideas y significados- bastaba comportarse a la altura de su autoimagen para ganar la adhesión de la gente. Incurrió en la frecuente y torpe confusión de quienes tienen, respecto de sí mismos, una apresurada conciencia de ser una élite, creyendo que basta esa conciencia para que los demás adhieran a lo que dicen o piensan, sin advertir que, en los tiempos que corren, creerse parte de una élite es la mejor forma de asegurarse que nadie seguirá sus pasos”.