Tenía quince años y estaba harto de ser virgen. Planifiqué una verdadera odisea que pensé que funcionaría. Yo estudiaba en la Alianza Francesa, así que con mi francés a cuestas, fui donde el rector y lo convencí de parar por un día las actividades escolares para filmar una película que honraría a Francia y Chile. El rector, que era un hombre muy culto, se movió de su silla y me preguntó: “De quoi sagit le filme” (¿De qué se trata la película?), “C´est l´histoire d´un groupe d´hommes qui veulent seduire les femmes”(Es la historia de un grupo de hombres que quiere seducir a mujeres). “Ah, Francois Truffaut”, me dijo con esa cinefilia impresionante, pero un poco pasada de moda. Con todo vigor, le retruqué: “Non, Jean-Luc Godard”. El rector aceptó mi proyecto, y preparé la película con mis compañeros Luis Weinstein, como director de foto, Roberto Bendersky que sería el asistente de dirección y Raúl Pellegrin, el productor ejecutivo. Contratamos a las más lindas compañeras y un grupo de estúpidos y guapos chicos. Llegó el día de la filmación y, efectivamente, el rector había cumplido su palabra: el colegio estaba solo para nosotros. Obviamente, el filme era muy intenso, a veces cómico y muy sexual. Las francesas se desvestían sin ningún complejo, pero a las chilenas había que convencerlas largo rato. Cuando terminó el rodaje, la producción organizó una comida. Yo dije “este es mi mejor momento para cazar a una linda chica, hacerle el amor y por fin perder la virginidad”. Había construido un plan que me daba poder y seducción. Pero ninguna niña quiso salir conmigo. Todas se fueron con los estúpidos y guapos chicos. Se suponía que por el hecho de ser el director de la película eso te traía mujeres. Indignado y desilusionado monté la película. Había que tener mucho cuidado. Me dije “esta es mi última oportunidad”: el estreno de la película. El filmes fue muy aplaudido y estuvo en cartelera en el cine Toesca durante un año. También fui invitado a varios festivales en Francia y gané el Premio Ópera Prima en Cannes. Pero no era un premio en cine lo que yo quería, quería una mujer. Al terminar el estreno, volvió a suceder lo mismo: las chicas lindas se iban con los bobos muchachos altos. Le comenté esto a un buen amigo, que ya había perdido la virginidad, y me dijo que lo que tenía que hacer era ir a una casa de putas que quedaba frente al Parque Forestal. “Si vas donde esas prostitutas tendrás tantos tips que luego asombrarás a todas las mujeres. Ninguna mujer quiere hacer el amor con un virgen. Y eso se nota, ellas se dan cuenta inmediatamente. Además estas putitas son bellas, delicadas y atienden en su propia casa”, me dijo. Estaba demasiado nervioso la noche que fui, así que me pasé de largo, pero volví sobre mis pasos, hasta que llegué a la casa correcta. Era un lindo departamento de burguesía baja. Estuve media hora a la entrada, pensando si entrar o no. Finalmente mi timidez me ganó, y me fui. Al día siguiente me envalentolé y llegué al departamento. Ahora estaba sumamente caliente y dispuesto a todo. La puerta se abrió y salió una bella jovencita, más linda que mis renuentes compañeras de escuela, que me tomó la mano y me dijo esa frase que siempre que me la dice una mujer me estremece eróticamente: “Ven”. Caminábamos lentamente, casi como en cámara lenta, y con toda dulzura, siempre sosteniéndome mi mano, me preguntó: “¿Cómo te llamas?”. “Benjamín”, le dije con las hormonas sacudiendo mi interior. ”¿Benjamín qué?”. No estaba seguro de darle mi apellido, pero al final lo solté: “Benjamín Galemiri”. Me sentía como en un filme de James Bond con una impresionante musa. Entramos a una pieza austera, pero muy digna. “¿Cómo te llamas tú?”, le pregunté para hacerme el macho. “Jezabel”, me dijo. No me interesaba su apellido y seguramente ella lo guardaba en una caja fuerte. Mal que mal, su trabajo se consideraba ilegal. Pero yo no sentía nada ilícito, todo era cariñoso: la manera de cómo me sacó la ropa, toda una reina del sexo, ella estaba casi desnuda, solo se sacó una blusa y una toalla que llevaba en sus partes púdicas. Mi corazón vibraba. Era muy bella y, al mismo tiempo, entregaba paz. Se estiró en la cama y yo la tenía dura como una roca. “Ven”, me volvió a decir. Y me lancé sobre ella y comencé a besarla en forma muy brusca. Ella me contuvo con sus manos y comenzó a guiarme en el camino del placer. Me enseñó lo fundamental en el sexo: la ternura. Me ayudó con una linda sonrisa a penetrarla y a que no eyaculara precozmente. Me dejó besarla, algo que en el mundo de la prostitución está prohibido. Yo la besaba torpemente, y ella me enseñó el arte del ósculo, la función de la lengua, yo estaba demasiado caliente, pero sin embargo tenía mi semen controlado. Yo la miraba como si fuera la Claudia Cardinale. Y se movía primero suavemente, luego como una tigresa. Me di cuenta de que ella también estaba excitada. Se dio vuelta, se golpeó las nalgas, con su mano me hizo que le hiciera lo mismo, y me ayudó a introducirle mi pene en su ano. No creo haber sentido tanto placer en mi vida. Luego volvimos a la posición del misionero, siempre con su ternura infinita, y en un momento en que la estaba besando, para mí el punto cúlmine del sexo, ella comenzó a sacudirse a un ritmo frenético, y yo no pude más y me fui. Desde entonces adoro a las prostitutas, aunque dejé de ir a los dieciocho años, pero como a Fellini, que las adoraba, las veo como mujeres bendecidas por Dios. Seguí yendo donde Jezabel. A veces no hacíamos el amor. Conversábamos como si fuéramos una pareja. Como estábamos en tiempo de dictadura, ella me ofrecía quedarme. Nunca olvidaré a Jezabel, de la que me enamoré, pese a que la sociedad prohibía esa clase de emociones con prostitutas. Muchos años después me la encontré a la salida de un cine con un hombre acompañándola. Se había casado. Tenía hijos. Yo recé.