Luego de realizar un boceto a mano alzada, Nishinja Das procedió a tatuar las líneas que darían forma a un gran dragón que cubre casi toda la espalda de Mukunda Hari Das, otro devoto de Krishna quien llegó decidido a tapar un antiguo tatuaje. La elección, en cuanto a diseño y simbolismo, estuvo lejos de ser un capricho así como el tiesto con cenizas de la “homa”, un fuego ritual y protector de la India, compuesto por bosta de vaca y ghee (mantequilla clarificada), que impregnaba el estudio cuando se dio por terminada la primera sesión de trabajo.

Las flamas de la “homa” representan la lengua del señor Visnú (dios venerado en el hinduismo) que devora todo lo pernicioso, limpiando la atmósfera de cualquier energía negativa que pueda contaminar al tatuado, un ser vulnerable al momento de recibir cientos de punzadas que penetran su piel, provocando sangramiento, principal vehículo de contaminación. Mientras el fuego hace su parte, se recitan mantras y se pide por la protección de quien se somete al proceso de tatuaje. Luego de iniciadas las punciones, el fuego se mantiene hasta su autoextinción, mientras un audio sigue reproduciendo mantras védicos hasta el fin de la sesión.

La opción del diseño se realizó a partir de una carta astrológica hindú, una “Nakshatra”, la que entrega una serie de símbolos, números, animales y elementos favorables y protectores, según cada persona, y que eventualmente pueden ser utilizados como elementos de diseño en el tatuaje. En esta oportunidad, luego de analizar los resultados, se definió que el dibujo debería corresponder a un “naga” antiguo, o sea, un dragón.

Nishinja Das es el único tatuador chileno, del cual tenemos conocimiento, que a su vez es devoto de Krishna. Su trabajo ha generado respeto transversal entre lo que se podría denominar “la vieja escuela” y las nuevas generaciones, que él mismo contribuyó a formar dentro de la escena nacional. Su carrera empezó a principios de los años 90, cuando prácticamente no había materiales para tatuar. Hoy, está convencido de que el tatuaje debe ser un servicio para ayudar a las personas y que debe reincorporar la tradición más antigua: la marca corporal como motivo de ritual y transformación; de amuleto, de protección.

“Empecé a estudiar culturas antiguas y me di cuenta de que los tatuajes eran como amuletos o bendiciones, que siempre se hacían bajo una razón muy espiritual. En Occidente se pierde todo sentido, se pierde todo contacto con lo antiguo. Las cosas se hacen porque están de moda, como se ponen de moda las rosas o los mandalas, por ejemplo. Antes, el simbolismo del tatuaje se tomaba en serio. Es cierto que un tatuador tiene que manejarse en el dibujo y en el diseño para no desordenar el cuerpo; pero el simbolismo tiene que estar, el acto ritual y el símbolo en sí”, sostiene.

Una de las tradiciones a las que hace referencia Nishinja es la del tatuaje tailandés conocido como Sak Yant, donde un monje budista plasma con una larga vara con agujas en su extremo, imágenes que contienen un fuerte sentido mágico y protector. El ritual ha ganado fama atrayendo a miles de creyentes que durante el mes de marzo se acercan hasta el templo de Wat Bang Phra, al oeste de Bangkok, para realizarse nuevos tatuajes y renovar el poder de los anteriores.

El ritual es tomado muy en serio por sus asistentes y se puede ver a hombres que incluso se contorsionan poseídos, transformándose en animales feroces que encarnan sus propios dibujos sobre la piel, como el tigre, el mono o el cocodrilo.

Uno de las particularidades de este ritual es la falta de esterilización de las agujas ya que se utiliza la misma para todos; también la tinta, cuyos ingredientes serían desconocidos y que incluso puede tener veneno de serpiente, algo que infringiría más poder mágico a sus portadores que van desde médicos a pandilleros.
El artista Cheto Castellano, quien ocupa la técnica del tatuaje para sus obras y ha viajado constantemente entre Estados Unidos y Asia, indica que existe una fe suprema en los poderes del Sak Yant, “tengo una gran amigo Tai llamado Piden que fue baleado y asegura que sobrevivió gracias a sus tatuajes mágicos. Yo le creo totalmente”, asegura.

Aunque las ocupaciones del público del Sak Yant sean transversales, Nishinja Das cuenta que para la obtención de uno de estos trabajos, más que el estatus, es primordial el compromiso interno con el ritual.

“Primero que todo el que te va a tatuar tiene que ser una persona que lleve una vida dedicada a lo espiritual, porque cuando te hace el tattoo, que es igual a una bendición y protección, te explica que la fuerza de eso va a depender de cómo lleves tu vida. Es por eso que te hacen prometer cosas, seguir ciertas normas de conducta que pueden ir desde una determinada forma de alimentación a restricciones con el sexo opuesto”, explicó.

DIFICULTADES

El tatuaje ha acompañado a la humanidad desde tiempos remotos y en nuestra región podemos encontrar importantes demostraciones de aquello: como el descubrimiento de la Señora de Cao en Perú, una mujer que fue gobernante de la cultura Moche ( 450 D.C) cuyo cuerpo estaba tatuado con serpientes, arañas, peces, felinos y figuras astrales; parte de un código sagrado, una armadura de poderes y conocimientos que hicieron de su cuerpo una unidad simbólica entre el mundo natural y el sobrenatural, según explican en el Complejo Arqueológico el Brujo, donde exhiben el cuerpo.

En la Amazonía de Brasil, en tanto, aún es posible encontrar tribus que hasta hace pocas décadas seguían la tradición del tatuaje como rito de iniciación. Es el caso de los Mundurucu, donde los varones comenzaban a tatuarse cerca de 8 años de edad, principalmente en el torso y el rostro, terminando el proceso a los 20, cuando asumían la categoría de hombres-guerreros.

En Chile, sin embargo, las pistas de rituales relacionados al tatuaje son escasas, sin evidencias de una práctica intensiva por parte de las culturas prehispánicas que habitaron nuestro territorio. Por eso, hasta ahora, nuestro país se enmarca en la tradición del tatuaje plenamente occidental, ese que fue documentado por los marineros europeos de la Royal Navy como el Capitán Cook, entre otros, y que luego pasó por múltiples etapas: desde producto exótico a estigma carcelario; desde show friki a marca de rebeldía y, finalmente, como define el escritor norteamericano Michael Atkinson, a la fase de “supermercado” donde se relaciona de forma íntima con la moda y el consumismo. Precisamente este sería el estado en el que se encontraría la mayor parte de los países “occidentalizados”, incluyendo Chile, donde cada tatuado le da un significado propio a la marca corporal.

Ni siquiera la anexión de la Isla de Pascua contribuyó al desarrollo de un sentido más simbólico o ritual, básicamente porque cuando el Estado chileno se hizo del territorio Rapa Nui, el tatuaje ya había sido diezmado por la trata de esclavos hacia el Perú. Los primeros pasos hacia un rescate de la tradición isleña fueron de la mano de Andrés “Panda” Pakarati y luego por Mokomae Tattoo que, aunque representan un tremendo aporte cultural, no ha sido suficiente para cambiar el sentido que tienen el tatuaje contemporáneo y devolverle el simbolismo social de antaño de forma masiva.

Otro que ha buscado las raíces del tatuaje ha sido el viñamarino Leonardo Alarcón (Tattoo 69), quien mantiene un pequeño museo con objetos para tatuar de distintas épocas que van desde herramientas de la Polinesia a las primeras máquinas a motor. Además, en sus viajes, donde llegó conocer a Whang Od, la última tatuadora de la tribu kalinga en Filipinas, tuvo la original propuesta de llevar el tatuaje moderno a quienes aún lo hacen a mano.

“En general todos los pueblos indígenas que he visitado sacan el hollín de la olla de greda para usarlo como pigmento. También me di cuenta que todos salen a buscar el tatuaje indígena para traerlo a Occidente, yo opté por hacer lo contrario y llevar el tatuaje de Occidente hacia los grupos indígenas, muchos no conocían las máquinas eléctricas ni nada de lo que usamos nosotros para trabajar”, comenta.

Aunque en Chile todavía no se ha descubierto un raigambre que relacione al tatuaje con la magia o los ritos, sí existe una búsqueda de algunos profesionales por buscar experiencias que los trasladen a un sentido diferente del tatuaje. Francisco Salas Lapostol, otro baluarte de la vieja escuela, quien compartió con Nishinja Das en la clásica tienda “Viva la Vida Tattoo” (2004), recuerda un caso particular cuando hacia finales del año 2013 tatuó un signo de poder.

“Una amiga alemana se encontraba afectada por el síndrome de ovario poliquístico, la estaban a punto de intervenir quirúrgicamente. Antes de eso buscamos un tatuaje que la ayudara. Consultamos a una persona que entendía más de estos símbolos y el resultado fue una esvástica con una pirámide. Fue complicado porque ese signo se relaciona de inmediato con lo nazi, pero sabíamos que es mucho más antiguo y que tiene un fin sagrado, así que se lo hicimos de todas formas, a mano, sin máquina. Ella meditaba mucho y la idea era que luego concentrara sus pensamientos en este signo de poder. Increíblemente, dos meses después, estaba mucho mejor y no tuvo que operarse”, recuerda.

Algo similar le ocurrió a Mukunda Hari Das desde el comienzo de la sesión donde le tatuaron un dragón. “Sentí violentos cambios energéticos en todo el ambiente, pero siempre en un sentido espiritual y de purificación que me dejaron con una debilidad física y sensorial”.

La sensación lo acompañó por cerca de tres días. ¿Realidad o placebo? Una respuesta imposible de contestar. Lo único cierto, asegura Nishinja Das, es que cada persona tiene una relación especial con los símbolos. “Más que algunos crean o no, las cosas existen y están allí”, dice.

El regreso del tatuaje ritual ha comenzado.