-Tu cuerpo rechaza a tu pene, compadre —decreta el doctor Wagner con su pelo de nibelungo cortado a tijeretazos, mientras busca muestras por toda la consulta y las va acumulando en el centro de su escritorio como un soldado que llena su fortaleza de pertrechos—. Por alguna razón tu sistema inmunológico no reconoce a tu pene como parte tuya. Lo ataca o, más bien, no lo defiende, deja que actúen contra él todos los bichos que andan flotando en el aire, lo que todo el mundo tiene cerca pero que en ti florece y te perjudica. ¿Tú sabes cuántos gérmenes microscópicos hay en este dedo? Miles, millones, trillones. El universo es de los microrganismos. Sin ellos no seríamos nada, compadre. El pan, el queso, el vino, la levadura, todos los licores son eso, hongos microscópicos que lo descomponen todo; no habría civilización sin esporas, la cultura no es más que cultivos. El tiempo lo pudre todo, se come la madera, la roca, para qué decir la piel, los huesos, la caspa, somos como los lagartos que cambian de piel. ¿Me estás entendiendo, compadre, o estoy hablando en chino? A ver, compadre, a ver, para que me entiendas, lo tuyo es como un computador que manda señales equivocadas al computador central. Es como si de repente Marte se saliera del sistema solar o como si decidiéramos que Coquimbo ya no es parte de Chile. Es como Berlín, que antes era mitad de un país y mitad de otro. Eso es lo que tienes: el muro de Berlín en el pene. Pasa, pocas veces, pero pasa. No es tan raro, pero tampoco es común. Hay un caso en dos mil, algo así. Los huevones ignorantes lo confunden con micosis, con psoriasis, se quedan pegados en el síntoma para no ver la enfermedad completa. Yo te estoy diciendo la verdad porque se ve que eres inteligente. Me gusta explicar bien las cosas. Los médicos cumplimos una función pedagógica en el fondo… ¿Ah? No importa eso ahora, no importa, hay factores genéticos y factores ambientales. Pero eso no importa tanto ahora. Es una guerra. Una declaración de guerra entre tu pene y el resto de tu cuerpo. La vamos a pelear hasta el final amigo mío, no vamos a pactar, nada de huevadas, hasta las últimas consecuencias, vamos a ganar en toda la línea, confíe en mí, soy un samurái en esto. No te preocupes, maestro, tienes suerte de que te haya atendido yo. Cualquiera de los otros te tramitaría cien años, te tendría de examen en examen. Yo veo sólo al diez por ciento de los pacientes aquí. A casi todos los pacientes los atienden mis socias. Yo en general doy el visto bueno al final. Soy el dueño, pero contigo tuve una tincada. Medicina pública, la Chile, J. J Aguirre, época dura. Si esta huevada es mi pasión. Me metí en esto para salvar vidas y no para sacar bigotes con láser. Soy de los pobres huevones que creen todavía en la medicina con sentido social. Porque la dermatología es la huevada más frustrante del mundo. Dime una actriz, nómbrame una mina de la tele y yo te puedo decir qué tiene. Bueno, en realidad no puedo, porque está el secreto profesional. Compadre, tengo dos casas en el lago Ranco, una en una orilla y la otra justo en la del frente. Y una casa gigante en Maitencillo. Los niños ya se cansaron de viajar a Disney, ahora andan todos en Viena, están haciendo una gira por Europa con dos amigos cada uno a ver si se cultivan un poco los ignorantes, le tienen alergia a los libros mis hijos. Este país, este país se está yendo a la cresta. Estamos jodidos compadre, aunque yo no me puedo quejar, pero son puras tonteras de casos los que recibimos acá, puros granos que en el fondo dan lo mismo. Lo tuyo es de verdad, compadre, esto que tienes es realmente invalidante. Lo tuyo te puede cagar la vida. No te preocupes, te vamos a sanar. —Y su diminuto cuerpo de fogonero de barco se sienta para preparar la ficha—. ¿Nombre? ¿Edad…? La edad de Cristo. ¿Pareja estable? ¿Tienes sí o no pareja estable?

(…)

—Tú me muestras el pico y yo te muestro la zorra —se ríe Sara Said, mi compañera de curso, en los desvanes de una especie de novio pintor drogadicto medio millonario que ella tenía el año después de salir del colegio. ¿Qué gracia tenía ella aparte de esa risa torcida, los rizos de su pelo negro, la nariz ligeramente torcida, el toque tropical que jugaba ella a que era brasileño y era enteramente palestino? Enana sin cuello, cuerpo que no puedo imaginar desnudo. Qué manera de perder el tiempo. De tercero medio hasta segundo de universidad esperando el cumplimiento de su promesa, un beso y más, un buen culeón, “para probar, debes ser rico tú, para ayudarte de puro buena amiga que soy”. Promesa hecha a medianoche afuera de un festival de colegio. Promesa que nunca cumplió Sara Said. ¿Curada? ¿Volada? Solo distraída, hablando por hablar, como casi siempre hablaba.

—Ya, en serio, tú bájate los pantalones y yo me saco los sostenes.

Y contempla con curiosidad forense el cuerpo que le muestro, buscando el pantalón de pelo, buscando probar la leyenda escolar de que sólo tenía pelo de la cintura para abajo.

—Pero no es tan así, tienes tus pelitos perdidos por el pecho también. Qué divertido, qué divertido —va su mano revisando mi piel como una agente de aduana a un sospechoso colombiano—. No eres tan feo. Tienes buen poto, bien paradito. Eres como un negro, no me habría imaginado eso de ti. De haber sabido te habría hecho el empeño.

—¿Y los sostenes? —le exigía cumplir su parte del trato.

—Estás loco. Ni cagando. ¿Qué te crees, que me voy a empelotar delante tuyo porque sí? Pucha, no sabía que eras tan degenerado. Mira este gallo —me denuncia al pintor y sus amigos que están probando la nueva cosecha de sus plantas de marihuana—, quiere que me empelote para él. Como se sacó la ropa quiere que me la saque yo.

En vez de cubrirme con el pantalón, me quedé con ellos a media asta, aumentando todo lo que podía nuestra desigualdad, como si de alguna forma mi humillación pudiera humillarla. Pero se puso a colgar acrobáticamente de la baranda para que su especie de novio que tenía entonces me pillara con los pantalones abajo, sonrojado por los cuatro costados.

—Perdona, perdóname—. Y el pintor estalló en carcajadas mientras Sara, con todo el brillo de su chasquilla, resbalaba como un bombero por la columna hacia el primer piso.

(…)

El aire suspendido en los bastidores del teatro, la vigilancia de los cazadores, la risa ahogada de los compañeros de curso, el grito unánime en cuanto todo está listo:

—¡Cagaste! —exclamaron al atraparme.

—¡Empelota! ¡Empelota! —se dieron ánimo, mientras yo chillaba como becerro a punto de ser sacrificado. Indignados pero felices, me agarraron entre dos, mientras otros dos al mismo tiempo me sacaban el pantalón del buzo para ver si era verdad lo de los pelos en las piernas que habían dicho las minas del curso. No puede ser, huevón. ¿Cómo va a tener un pantalón de pelo? No lo creo. Verdad, huevón, te juro.

Hasta que me sacaron el pantalón y pudieron saciar su curiosidad.

—¡Es verdad! ¡Es verdad, maricón culeado, maricón! —Y patadas y mordiscos, y mis brazos buscando equilibrio mientras me levantaban como un trofeo, lo más alto que podían, a la vista de todo el curso y de los otros cursos, arañando el aire.

—¡¡Pantalón de pelo!! ¡¡Pantalón de pelo!!

—¡Bájenme, bájenme ahora mismo! ¡Hijos de puta, hijos de la gran puta! —Y todas las caras del colegio, todas las risas, todos los llamados, toda la sorpresa. Pobre gallo, pobrecito. ¿Cómo le hacen eso a este gallo? Bájenlo, que alguien lo baje luego. Pero nadie se atrevía a tocar siquiera a los cazadores mostrando su presa.

—¡Las minas! ¡Las minas! —gritaron, dichosos de encontrar una dirección, unidos en un solo grupo, intocables entre la multitud que los admira y los reprueba. Quedaba la última frontera, el camarín de las niñas, al que jamás se les ocurriría entrar si no vinieran coronados por mi cuerpo que gimotea:

—¡Noooo, eso nooo! ¡Malos! ¡Tontos! ¡Feos! ¡Apestosos! ¡Brutos! ¡Asquerosos! —Y el vapor y los chillidos de pájaros y las toallas que nos lanzan y que misteriosamente calman a la manada.

—¡Gómez, Salas, Lorca, a inspectoría! Ya pues, ya pues, altiro. ¡Quezada, Cabezas, anotación negativa! —Todo mientras las niñas me cubren con las toallas que les quedan, todo mientras me llevan como pueden hacia la humedad del fondo del camarín para que nadie más me toque ni me moleste. Sus pelos mojados goteando sobre mi cuerpo, sus hombros, sus cuellos, sus tetas en flor, y los inspectores que buscan a machetazos un camino, las caras de los agresores, los nervios de las agredidas.

—Nada —miento—. No importa, da lo mismo —miento más todavía, tuerzo mis hombros y mis brazos, escondo la vergüenza que en el fondo no siento, disimulo el orgullo que no puedo ni debo sentir. Me peinan, me limpian la cara, me sientan sobre las tablas de madera, culpable de mi inocencia.

Feliz, ¿es necesario subrayarlo una vez más?

Feliz, vergonzosa, completa y terriblemente feliz, eso, terriblemente feliz, recién nacido, resucitado en cuerpo y alma, cuerpo y alma unidos en el mismo balbuceo perfecto, en medio del vapor y esos brazos que me felicitan por sobrevivir a los energúmenos despreciables.

—¿Es verdad que tienes eso? El pantalón de pelo. ¿Es así? —pregunta Samantha.

—Ya pues, no sean pesadas, no le pregunten eso. —Cuando estoy a punto de correr la toalla para probárselo, me defiende por fin Sara Said, la ironía de su sonrisa, el poder infinito de su desprecio rizado, su cuerpo flexible hasta la inexistencia, puro cuello largo, el dibujo de unos senos que no crecieron, la soberbia de un culo que sabe demasiado. Y veo en sus ojos de águila una salvación y una condena, la idea de que hay algo que se llama pudor que no tengo. El pudor, esa coquetería, ese sexto sentido o un quinto, o un sentido anterior a los otros que mi propia teoría de la evolución se saltó para quedarse con la vergüenza y la provocación. Algo que estoy dispuesto a inventar para Sara Said los próximos seis años de mi vida de prisionero, para que sea ella la dueña.