Una vez vi un documental sobre la envidia, y la cultura que mejor solucionaba el asunto era la judía que lo veía como un desafío de superación. Los marxistas también la tenían clara: la veían como expresión de la lucha de clases. El ostracismo griego era una manera más cruel de regular los excesos de poder: votaban anónimamente con el nombre de alguien escrito en una ostra, así bajaban al que tenía mucho poder. Habían varias tribus que resolvían ese problema de diversas maneras, algunas muy violentas. El tema es interesante.

Aunque escribimos completamente distinto, cada vez que me veo en un encuentro con Jaime Huenún, nos cagamos de la risa hablando de cualquier cosa, menos de literatura. Fue él quien me dijo que en casos de detectar envidias evidentes, hay que ponerse la ropa interior al revés. Entonces, cuando siento que puede haber ese sentimiento hacia mí, me pongo todo al revés, aunque haya sido -que no creo- una broma de Huenún. ¿Por qué habrá que cuidarse, precisamente los genitales y el culo, con la ropa al revés? Como sea, es un blindaje práctico y de armadura sencilla, así que porsiaca.

Últimamente, la cosa en literatura se puso definitivamente prosaica, con pica y cero fair play. Mátense si quieren, pero con reglas y sin lugares comunes. Afortunadamente, a los pobres vates no nos pesca tanto la prensa y estamos fuera de todo este hueveo. Suficiente tienen los que escriben versos con sus pellets y sus tratamientos de salud mental, los más viejos con sus jubilaciones miserables o los y las que ya vienen de vuelta como para meterse en tetes. Pero como en la narrativa hay plata, fotos en las revistas de papel couché y derecho a opinar, se arma evidentemente más lío. La novela Kramp, de María José Ferrada, me parece una nota alta, pero no entiendo por qué el maltrato. Políticamente, ella y su familia trabajan en plenas poblas, y María José hizo un trabajo muy hermoso y terrible sobre los niños asesinados en dictadura que fue premiado. Me parece súper injusta la crítica, puro antojo y capricho de dos académicas en distintos medios. Encima, el carterazo histérico de Patricia Espinosa coincidió con las declaraciones un poco apresuradas de Gumucio sobre el bullying. O sea, la semana literaria pasada no pintaba bien. Pero hay que acostumbrarse a argumentar, a disentir, sin descalificar. Y al que no le gusta, que se vaya para la casa. Es como en boxeo: Si no aguantas ni el menor golpe, para qué meterse a practicar.

¿De dónde nace exactamente la idea de que todo lo que no es porno-miseria y arte de la extrema pobreza es blanqueo y olvido de la dictadura? No es sólo una persona la que afirma eso, son varios, y algunos bastante jóvenes. El origen de esa nostalgia extraña es idealizar los años de lucha contra la dictadura, que rimaban con el post punk y toda una cosa que alguna gente considera glamorosa. Pues no lo era para nada, era el reino de la desconfianza y oscuridad. Un país con miedo y la decadencia que el miedo produce, genera un sentimiento miserable de lítost nacional que Dios quiera no tengamos que experimentar nuevamente. Dos amigos poetas señalan lo siguiente: si un marciano viviera y leyera la producción literaria en dictadura, pensarían que nada ocurrió. Me imagino que un marciano no comprendería absolutamente nada en ninguna circunstancia, no comprendo la frase del marciano.

El deseo, el placer, las ansias de un derecho rotundo a la belleza más básica, son una manera de resistencia, de buscar un mundo paralelo a toda esa mierda que se vivía entonces. El terriblismo, la queja, la estridencia, no ayudan a resistir y no articulan nada. La indignación no sirve.

Hablábamos con el poeta Sergio Alfsen y me contó que subrayó en un libro una frase de Winnicott donde describía el resentimiento que experimentan los neuróticos al encontrar rostros que son atractivos. “Todos los cuerpos contentos de vivir los incomodan. Sienten aversión a encontrarse con almas vivaces o entusiastas. Una divergencia más vindicativa que la de los pobres contra los ricos. Guerra irremisible de los analfabetos contra los letrados. A los hombres, que son pequeños y desdichados, todo les parece arrogancia. El enfermo no quiere de ninguna manera que su enfermedad tan fiel, tan pronominal, lo abandone; se sentiría mucho más seguro si la salud de todos fuera tan problemática como la suya. El feo no quiere de ningún modo que su peso o su desgracia desaparezcan; quiere que la belleza sea destruida y que la delgadez o la gracia no existan más sobre la superficie de la tierra”. Hasta ahí la cita, que contrasté con una frase de un artista punk de hace algunas décadas, que decía que en Chile, el que no es resentido es huevón. Paz y amor, hijos de puta.