En su primera novela, María José Ferrada, autora de bellísimos y lúcidos libros para niños, pergeña un relato, suponemos autobiográfico, en el que su heroína, M, una niña de siete años, narra los viajes que a principios de los 80 emprendía con su padre, D, vendedor viajero de tornillos, tuercas, serruchos, ojos mágicos y cuanto producto ferretero imaginable de marca Kramp. Al modo de ver de D: “todo se puede entender mirando los cajones de ferretería”. M le da la razón: “(…) cada persona intenta explicarse las cosas con lo que encuentra a mano. Yo, a los siete años, había estirado la mía y había dado con el catálogo de Kramp”.

D es mejor empleador que padre: a cambio de algunas prebendas, llega a un acuerdo con M para que se convierta en su asistente de ventas. Comienza así el periplo de M y D por una serie de pueblos, sus respectivas cafeterías –en las que padre e hija comparten café y cigarrillos– y un elenco estable de colegas y un fotógrafo, E, que, tras la estela de un fantasma cercano, toma la decisión heroica y profundamente peligrosa de pensar por sí mismo. Por otra parte, la madre, es un personaje hermético quien M describe como si le faltara la mitad de su cuerpo, vive en una pregunta que solo al final de la novela será respondida.

“Kramp”, como mucha de la más reciente producción narrativa nacional, es ante todo una novela de padres e hijos con la dictadura como trasfondo. Sin embargo, la novela de Ferrada se distingue de las de sus pares porque el juicio moral no precede o informa la narración sino, más bien, es la consecuencia orgánica del examen de un periodo exacto de su vida. En “Kramp” la verdad de los acontecimientos que han marcado la vida de M se revela, como sucede en la mejor literatura, en un detalle: “Los zapatos excesivamente brillantes que antes eran el símbolo de una creencia (…) de un momento a otro me parecieron un truco para disimular la camisa gastada”. Más adelante: “mi recuerdo de infancia sufrió una fractura: crac. Y odié al Gran Carpintero no por la realidad, sino por la revelación que me envolvía en un desagradable, y hasta ahora desconocido, pudor: la mirada de los otros (…) D y yo nos desvanecíamos”. El lustre de los zapatos no significa lo mismo para una niña de siete años que para esa misma niña a los catorce.

De lenguaje sencillo, aforístico a ratos, “Kramp” es un pequeño volcán que, sin previo aviso, de pronto hace erupción, con una fuerza y un sentido privilegiado y sensato del peso de los afectos, y arrasa con un mundo entero. Se trata del fin de un oficio, del fin de una parte de la vida de su protagonista, del fin de la primera infancia y de los límites de la nostalgia y la perspectiva infantil, del despertar de la adolescencia y las prisas de crecer para quienes quieren entender el mundo. “¿Es bueno conocer el mecanismo de las cosas? ¿Saber cómo se mueven por dentro?” La pregunta es pertinente y, a la vez, imposible de contestar; y quizás no tiene mucha importancia. Pero lo cierto es que María José Ferrada ha escrito una novela en la que, por una vez, la relación entre padres e hijos no está cargada de prejuicios y la tragedia avanza con el pasmoso ritmo de lo inexorable.