Faltaban pocos meses para que terminara primero medio, pero Rey no aguantaba más. Desde séptimo básico que se mordía la lengua con tal de no responder al constante acoso de sus compañeros. Insultos, golpes, encerronas, escupos y burlas, eran parte de su rutina diaria. Martirio al que hasta ese día, pensaba estar acostumbrado.

– Tengo que ser un buen católico- se decía a sí mismo todos los días como un mantra.

No conocía otra forma. Así lo había criado su familia y el cura de su escuela de básica, Nuestra Señora de Andacollo. Ese colegio era su edén. Cantaba en la iglesia, tenía amigas con las que soñaba ser una de las Sailor Moon y bailaba coreografías al son de la música de Kudai. Pero ninguno de esos atributos lo ayudaba en el Instituto Nacional. No había feeling. Ser el niño “bueno, mateo y amanerado”, solo provocaba la irritación incontenible de sus 45 compañeros del primero H.

Eran pasadas las cinco de la tarde y durante el recreo, Rey intentaba ignorar al matón de turno. El Pipe. “Me hueviaba todos los días. Lo más suave que me decía era ‘maricón culiao, no sé cómo no te matai si nadie te quiere’. Me pegaba un pape cada vez que se paraba. Me tenía chato y exploté”, recuerda Rey. El detonante fue su mamá. “Tu vieja es puta y tiene un hijo maricón”, fueron las palabras que lo hicieron olvidarse del rosario.

– Traté de pegarle combos pero no era mi talento. Me lancé como gata fiera sobre él y como buen cola, le arañé toda la cara con mis uñas largas, mientras me pegaba en la cabeza. Descargué años de frustración y rabia contra él- cuenta Rey.

El curso estaba en llamas. La pelea solo se detuvo cuando Rey, semiinconsciente por los golpes, dejó de arañar la cara de su compañero. Ambos fueron a enfermería para que los revisaran. Solo cruzaron miradas, el problema entre ellos estaba resuelto.

Al rato llegó la profesora jefe a pedir explicaciones. La enfermera intentó defender a Rey, mostrando sus lesiones en la cabeza, pero no importó. Lo mandaron a inspectoría. Su comportamiento no era digno de un institutano.

-Después de la pelea me atendieron los mismos inspectores a los que acudí cuando no aguantaba más el bullying. Siempre me dijeron que así eran los colegios de hombres. Tenía que estar agradecido. Me retaron por no pelear como hombre, arañar la cara era de mariquita-, recuerda.

Su papá, presente en la reunión, tampoco le prestó ropa. Incluso se comprometió a pagarle un dermatólogo al compañero de su hijo por si le quedaban cicatrices. “Decidieron que yo alteraba los ánimos así que me cambiaron de curso. Me sentí mártir de novela mexicana. Estaba orgulloso de mi alter ego de pantera, pero era tan injusto”, cuenta Rey ahora.

Esa pelea le cambió la vida. El niño bueno que había sido siempre llegó hasta ahí. Tenía que sobrevivir en el Instituto Nacional. Eran tiempos de ser una Cola Mala.

EL ACÓLITO

“Rey Feliz” es el seudónimo que el periodista de la Universidad Católica, autor de Cola Mala, utiliza para contar su historia sin tapujos. Hoy tiene 23 años y trabaja en un medio, por eso prefiere mantener su anonimato. “Se me ocurrió después que murió mi mamá de cáncer el 2012, justo cuando entré a la U. Nunca había sido dueño de nada y no tenía idea lo que era ser feliz, así que ese nombre me pareció irónico y apropiado”, explica.

Además de ser un relato sobre el bullying homofóbico en el Instituto Nacional, Cola Mala también ahonda en la discriminación que sufrió por ser gay en su propia familia. “Siempre tuvimos una relación de mierda. En el colegio y en mi casa, era un hueón enfermo, cochino y desviado que había perdido el camino”. Pero no siempre las cosas fueron así.

Durante su infancia, Rey y su madre eran muy unidos. Salían juntos a todas partes y le celebraba todos sus cantos y bailes. “De hecho me compraba muñecas en la feria y me decía que no se las mostrara a mi papá. Pero yo me emocionaba tanto que se las mostraba igual y quedaba la cagá en mi casa”, recuerda.

La familia de Rey es de clase media, oriunda de Santiago Centro. Parte de sus tíos son carabineros y en su mayoría, aman a Pinochet y Sebastián Piñera. Crecer en un hogar tan conservador, cuenta Rey, lo llevó desde chico a querer ser acólito. Rezaba sagradamente todas las mañanas y tardes. De hecho, en su pieza tenía un altar con la Virgen María, para poder rezarle cada vez que quisiera.

– En la básica era fanático. Creía que si abría la biblia al azar, el primer pasaje que leyera me tendría la respuesta para una decisión importante. Para mí era un horóscopo que seguía al pie de la letra- cuenta riendo.

Siempre supo que era gay. Por eso, en quinto básico, creó un plan infalible: “A los 15 iba a tener polola para no levantar sospechas y a los 30 me iba a casar. Eso para mí estaba escrito en piedra, me iba con el secreto a la tumba”. Pero los planes cambiaron cuando su papá decidió que iría al Instituto Nacional. Como era el primero de su curso, parecía una evolución natural.

Las primeras semanas como institutano fueron increíbles. Odiaba que el colegio pareciera cárcel, pero amaba que fuera enorme. Ahí se sintió especial por primera vez.

– El primer día te dicen que tu colegio es el foco de luz de la nación. Que eres hijo de la meritocracia, un líder. Que puedes ser presidente. Que ellos te transformarán en un hombre hecho y derecho. Y yo, al principio, les creí todo- dice Rey.

Ese discurso se repetía en todas las clases y eventos escolares. Para sus compañeros, el Instituto Nacional era un símbolo de patriotismo. Y uno de los hombres que representaba todos esos valores, era incluso más emblemático que el mismo colegio: el profesor de matemáticas Belfor Aguayo.

A pesar de que no hacía clases en el curso de Rey, varias veces hizo reemplazos. Aguayo no perdía la oportunidad de dar clases de hombría a sus alumnos. “Nos decía que debíamos ser hombres proveedores, que las mujeres dependían de uno para sobrevivir y que nuestros hijos no podían ser mariquitas. Es una eminencia, pero es un machista peligroso para toda una generación de jóvenes”, cuenta Rey. Sus compañeros no pensaban lo mismo. Después de sus discursos, lo aplaudían de pie.

Como Rey no compartía la opinión de la mayoría, empezó a quedarse solo. Poco después, empezaron las burlas. “Partieron preguntándome si era maraco a cada rato. Luego a rayarme los cuadernos para que perdiera la materia y dejara de ser el primero del curso. La competencia es brutal. Ahí me di cuenta que la mano se venía dura para mí”. Tenía razón. Todo fue de mal en peor.

EL BULLYING

Rey nunca pudo entender la admiración que los institutanos sentían por sus profesores. No recuerda ninguna oportunidad en la que los alumnos los hayan increpado en la sala de clases, a pesar de lo insólitas que fueran sus intervenciones.

Uno de ellos lo marcó para siempre. Rey recuerda que iba en segundo medio cuando un profesor de Educación Física entró por primera vez a su sala con una idea revolucionaria.

– Necesito saber quiénes son los homosexuales. Vamos sin vergüenza, levanten la mano- dijo el profesor, según recuerda el estudiante.

El silencio en la sala era absoluto. “Obviamente los maricones no levantamos la mano, nunca tan hueones”, cuenta Rey. El profesor fue más allá: “Soy abierto de mente, pero una vez encontré dos niños teniendo sexo en las duchas y eso no puede pasar. Por eso es mejor que los homosexuales vayan a bañarse a una hora y el resto del curso a otra”, sentenció completamente serio, dice Rey.

Como nadie dijo ni pío, la medida quedó sin efecto. “En ese momento no lo pensé, pero básicamente tenía una idea de campo de concentración, con los maricones a un lado y los hetero al otro. Por ser cola, los deseas a todos por defecto”, comenta Rey.

Para esos días el estudiante ya estaba acostumbrado a recibir discriminación por parte de sus profesores y compañeros. Séptimo, octavo y primero medio, habían sido una pesadilla: “hasta octavo seguía siendo acólito, entonces ni siquiera me masturbaba. Cuando mis compañeros se enteraron, me obligaban a ver porno en clases. Como yo no prendía nada, cacharon que era cola y nunca más me dejaron tranquilo”.

La rutina del bullying comenzó a empeorar. Rey cuenta que casi todos los días recibía insultos homofóbicos: maraco, maricón de mierda, puto, fleto, sidoso eran parte del repertorio. Cada vez que podían lo escupían en la cara y en la ropa. También le rompían cuadernos, golpeaban en los recreos y le pegaban chicles y cenizas de cigarro en su ropa. “Mi mamá se daba cuenta pero me decía que me siguiera sacando sietes no más. Ella no entendía nada y yo no podía decirle que me hueviaban por gay”, cuenta Rey.

El acoso también se volvió sexual. “De repente venían con el pico parado a mi puesto y me lo ponían en la cara. ‘Si eres maricón, yo sé que te gusta’ me decían agarrándome la cabeza. Todos se reían. Los profes sabían lo que pasaba, pero no hacían nada”, relata. Y agrega: “No me daba miedo, me daba asco. Nunca entendí el odio contra mí. Tampoco pensé en suicidarme ni nada, pero esa hostilidad me transformó en hueón frío y vengativo más adelante. No tengo rollos en admitirlo”.

La situación al interior de su casa tampoco era la mejor. Un llamado anónimo alertó a sus papás de su homosexualidad y además, lo echaron al agua con su pololo: nada menos que uno de los líderes de la revolución pingüina. Sus papas, profundamente conservadores, colapsaron. Rey lo negó hasta el final. “Me amenazaron con echarme así que les dije que estaba confundido. Por eso me llevaron a una psicóloga y psiquiatra para hacerme terapia antigay”.

Las historias que su psicóloga le contaba en las sesiones eran peores que una película de terror. “Me contaba que tenía pacientes que los habían obligado a tener un trío con un pene gigante y que terminaban hospitalizados. Otros que casi se habían desangrado por sexo anal. ¿Esta vieja no cacha de lubricante? Pensaba yo. Ya no estaba ni ahí”, cuenta rey.

Aparte de la terapia de shock, en su casa vivía bajo un régimen muy estricto. No podía salir ni visitar amigos. Su mamá le botó casi toda la ropa y no le permitió volver a usar pitillos ni poleras apretadas, solo talla XL. El acceso a internet era impensado. Sus padres seguían su vida con una lupa bajo amenaza.

Rey aguantó meses esas condiciones pero no pudo más y se arrancó a una parcela de sus tíos en el sur. Estuvo un mes fuera, hasta que su tía fue a buscarlo con carabineros. Volvió a Santiago y al colegio, pero no a la casa de sus papás. Ahora la casa de su tía, a pocas cuadras del Nacional, era su nuevo hogar.

Por más de un año, ni él ni sus padres se dirigieron la palabra. Solo en tercero medio volvió a su casa por petición de su madre, luego de enterarse que tenía cáncer terminal. Pero ya nada era lo mismo.

COLA MALA

La pelea en la que se involucró Rey a finales de primero medio, terminó salvándole la vida. De sus nuevos 45 compañeros, al menos diez eran gay y apenas llegó al curso, lo acogieron con brazos abiertos.

– Seguían hueviándome, pero ahora tenía apoyo. Podía bailar Beyoncé en los recreos y conocer al desconocido gueto cola del Nacional– cuenta Rey.

Con sus nuevos amigos se juntaba en la plaza colors. “Esa plaza es territorio cola en el Nacional. No se metían ni los matones ni los flaites. Nosotros tampoco nos íbamos a meter a sus canchas. Como en la selva, cada uno respetaba su territorio y se mantenía la fiesta en paz”, explica el estudiante.

Si bien los años de bullying no lo tenían deprimido, Rey dejó atrás su pasado de acólito y se lanzó a la vida. Descargó Grindr –tinder gay- y se juntaba con tipos distintos casi todos los días. No tenía filtro. Pololos de amigos, viejos cuicos casados, todo servía. “Recibí plata muchas veces y con eso me iba a comprar ropa. No me importaba la fama de puto”, sincera en su libro.

Pero en tercero medio se enteró que su madre, con la que no hablaba hace un año, tenía cáncer de mamas. Para verla más seguido, volvió a vivir con sus padres, pero ya no era lo mismo. “Mi mamá me pidió perdón, pero la verdad es que perdí el apego a mi familia después del desprecio que me mostraron durante los años que más los necesitaba”, confiesa Rey.

Fueron dos años duros, hasta que llegó la esperada licenciatura de cuarto medio en el Teatro Municipal. Rey fue con su familia, pero no quería estar ahí. Días antes había encontrado un grupo en facebook: “yo también voy a pifiar a Rey en la graduación”. Otra vez lo mismo y ahora, en presencia de su mamá enferma.

“A mí las pifias ya me resbalaban, yo ya era una perra. Pero no quería que mi mamá pasara por eso”, cuenta. Pensó que sus compañeros se arrepentirían pero no fue así. Apenas tocó el escenario, el abucheo se tomó el teatro. Su mamá, terminó llorando a mares. “Después de la ceremonia mis compañeros le regalaron un ramo de flores a mi mamá por sacarme adelante a pesar de su enfermedad. Para mí era un gran chiste. Un circo hipócrita”, asegura.

Llegó la PSU y Rey apostó por periodismo en la Católica. Semanas después, murió su madre. Ese año, el 2012, empezó a escribir Cola Mala para desahogarse y quitarse el sentimiento de culpa. No quiso dejar nada fuera. “Los diálogos no son exactamente idénticos porque no tengo súper memoria, pero todos los hechos son reales”, explica. Recién hace dos meses decidió recopilar el libro en su blog y subirlo a Facebook, a petición de varios fanáticos. La respuesta fue inmediata. 14 mil seguidores y cientos de mensajes privados de adolescentes contando sus historias le llegan todos los días.

– Yo jamás tuve la intención de victimizarme ni ser vocero cola. Solo quise ser lo más fiel posible a mi experiencia porque sé que hay muchos que pasan por lo mismo. Necesitaba decir que sí se puede sobrevivir a eso, sin transformarse en una cola mala como yo- sentencia Rey.

*Puedes leer Cola Mala en su página en Facebook y también en el Tumblr: http://elreyfeliz.tumblr.com/colamala