Antonio, de treinta y pocos, es informado de que, a raíz de una infección local, no tiene más remedio que circuncidarse. La promesa de la mutilación desata en él una crisis, amplificada quizás por su interpretación antojadiza del catolicismo y su despótica aplicación, en la que invierte —o lleva al paroxismo— las virtudes centrales de la moralidad cristiana —fundamentalmente la caridad y el amor al prójimo— y las instrumentaliza con el propósito de dominar al otro. Su conducta parece haber sido parida por un resentimiento absoluto a lo absoluto: es chico, alguna vez fue bello, pero a pesar de que a ojos de su familia no posee mácula alguna (“Eres perfecto como eres, no cambies por nada ni por nadie”, dice su madre, una mujer considerablemente afectada y para quien la asfixia es un modo prudente del amor), las otras mujeres de su vida —exceptuando a su hermana Isabel, que no es sino un apéndice de la madre—, Valentina, su polola, y Tamara, una amiga con la que vive trenzado en una lucha de poder, perciben en su presunta perfección un sadismo primitivo, una voluntad de poder que se parapeta en la debilidad y en la representación de un papel de vasallo digno de admiración que en realidad no es sino una forma de velar al amo que quiere ser. De otra manera no se entiende por qué todos están sometidos a los caprichos y designios de Antonio, salvo el Dr. Wagner, quien felizmente responde a uno de los tantos monólogos descentrados que Antonio ensaya sobre su prepucio, así: “Esto se lo estoy haciendo a usted y no a la historia de la humanidad”.

Mientras Antonio se lamenta en Chile por la muerte prematura de una parte de su cuerpo, Valentina se halla de viaje por el sudeste asiático, del que solo pretende volver después de un año. Ella es una hija reticente de su clase social, y su viaje una forma de huir de Antonio y de su mundo. Cuando Antonio no sabe cómo decirle a Valentina que pronto se quedará sin prepucio, Tamara le aconseja que le escriba porque, después de todo, a ella le encanta leer. Así, Valentina queda fijada en el texto como una señora Bovary, solo que desde la perspectiva de un idiota, es decir, Antonio. Pero Flaubert es la menor de las influencias francesas en “El galán imperfecto”, pues, como ya se habrá podido deducir, la más importante y llamativa es la del marqués de Sade, pues tal como el divino marqués, Antonio siente el impulso de decirlo todo o, como dice Foucault, “intentar convertir el deseo, todo el deseo, en discurso”.

“El galán imperfecto” es una novela de largos discursos y conversaciones improbables, que no completamente inverosímiles. Se trata de una comedia teatral en cinco actos en la que se contraponen puntos de vista pero en que nunca se alcanza, en parte porque Antonio infecta todo lo que toca (todos los personajes de la novela son en alguna medida Antonio) el tan mentado dialogismo o algo semejante. Y si hay comedia esta nace de un lugar oscuro y pringoso, una especie de voluntad de caverna, de llevar a los demás a la cueva en la que vive Antonio.

El crítico español Ignacio Echevarría hace poco dijo que Gumucio era un artista del impudor: “esa desinhibición con la que, sin caer nunca en el exhibicionismo, Gumucio pone en juego su vida personal, su biografía, su familia, su intimidad, sus debilidades, hasta su propia sexualidad”. Es posible. Antonio, que en cierto sentido es una extensión quebrada de su autor, es alguien que necesita ofender, controlar, en suma aparecer ante los demás, para verificar su existencia pero que, equivocadamente, se considera inocuo (“de puras ganas de ofender, soy inofensivo”). Y si es un galán imperfecto, muy distinto, por cierto, del aquel del poema de Parra que inspira el título de esta novela, es porque las galanterías tradicionales le están vedadas por su aspecto e historia. La seducción, o bien dicho la confirmación de que puede seducir a una mujer, es más importante que la presunta finalidad del cortejo, el sexo. De hecho, la única escena explícita de la novela podría ser considerada una violación.

“El galán imperfecto” no está al mismo nivel de los buenos libros de Gumucio (“Memorias prematuras”, “Milagro en Haití”, “Mi abuela”, etc.), lo que no es óbice para confirmarlo, una vez más, como uno de los escritores mejor facultados para incomodar, provocar y pensar. Si su trabajo en medios de prensa no escritos parece un payaso y, en ocasiones, derechamente un imbécil, su obra narrativa, que no está exenta de payaseo y pesadeces varias, es de una sofisticación intelectual que pocos de sus contemporáneos se pueden

El galán imperfecto
Rafael Gumucio
Literatura Random House, 2017, 209 páginas