Durante los últimos 25 años, los chilenos nos hemos acostumbrado a vivir cada vez mejor. Son muy pocos los países del mundo que han cambiado tan significativamente las condiciones de existencia de sus habitantes en este período. Irlanda, algunos asiáticos, y paremos de contar. Para más de alguna familia caída en desgracia o a la que el progreso le rompió la tranquilidad, esto puede ser falso, pero lo cierto es que se han multiplicado quienes hoy en Chile pueden desear harto más que la sobrevivencia. No pocos se frustran en el intento, porque a un cierto punto las viejas redes sociales muestran sus garras conservadoras, pero es evidente que esto sucede en la actualidad con menos fuerza que ayer. Hay más drogas y más delincuencia –es el mal de las ciudades que crecen-, pero ya no es raro que un joven aspire a seguir estudiando después del colegio. Sería fantástico que esto llegara a ser un derecho y nunca más un negocio ni un privilegio. En todos los barrios abundan los automóviles. En unos los que cuestan cientos de miles de dólares y en otros los que desechan los arribistas del momento, pero todos llenan las carreteras los fines de semana largo. Unos poquísimos van a Zapallar y muchos al resto de la costa central. Otros hacen picnic a mitad de camino. Las libertades públicas están bastante garantizadas. A nadie se le ocurriría quejarse por la censura. Los medios televisivos y de papel siguen en manos de los mismos, pero ahora tienen su contrapeso en internet. Es rara la noticia que no se sepa porque alguien pueda ocultarla. Ya los curas no dictaminan la moral. Los homosexuales han avanzado en sus conquistas y dan por hecho que avanzarán mucho más. Yo todavía no entiendo por qué a las mujeres se las castiga por abortar, pero apuesto que más temprano que tarde podrán hacerlo sin dar explicaciones. Han llegado extranjeros, gente de otras razas, de modo que a estas alturas se respira menos ese aire provinciano que hasta hace pocas décadas tenía el centro de Santiago. El aeropuerto está siempre repleto de gente que entra y sale. Muchos no han volado nunca, pero ha crecido exponencialmente el número de quienes lo hacen por primera vez. Nuestras autoridades son elegidas, y si bien es cierto que el dinero ha demostrado últimamente tener un peso inaceptable en la política, se han tomado medidas para disminuirlo. Nunca serán suficientes. El poder de la plata –el poder en general- es muy difícil de civilizar. No abandonar jamás ese empeño es el trabajo de los demócratas. Hasta hace poco discutíamos incluso la posibilidad de una nueva Constitución. ¿Se han fijado que ese tema comienza a desinflarse? Se suponía que para estas elecciones sería un asunto nuclear, pero ni a Guillier ni a Beatriz Sánchez parece importarles demasiado. Piñera da el asunto por muerto. Y pensar que poco tiempo atrás, la pelea de la izquierda era por una Asamblea Constituyente. Quiero decir que no nos damos ni cuenta, en medio del ruido vacío, de como desandamos. Los países no siempre prosperan. Esa es la ilusión que generan los tiempos de prosperidad. Entonces se pierde de vista lo que se ha conseguido. Los ricos encuentran que es poco lo que están ganando y los justicieros lo consideran insignificante. Pero resulta que los países no siempre van para mejor. El Salvador, por ejemplo, de donde regresé días atrás, aún no recupera el PIB que tenía a fines de los 70, hasta que comenzaron la guerra civil y después llegaron las pandillas y se siguieron matando por nada. La mujeres podían ser profesionales en Irán antes de que les cayera la burka encima con la revolución islámica. Venezuela tardará mucho tiempo en recuperar la bonanza desigual, pero bonanza al fin, que recogió a los exiliados chilenos por esa misma época. ¿Sabremos nosotros seguir avanzando hacia una democracia inclusiva o nos perderemos en el desprecio del presente?