Ese algo sensacional fue Pulgasari.

De largo la película más famosa que Shin Sang-Ok rodó en Corea del Norte, Pulgasari: el devorador de hierro era tan representativa de lo absurdo y lo contradictorio del cine norcoreano, el propio Shin y Kim Jong-Il, que se ha convertido en una de esas películas de culto que es buena de lo mala que es, como Vampiros del espacio, de Ed Wood, Santa Claus contra los marcianos [Santa Clos conquista los marcianos], de Nicholas Webster, y The Room, de Tommy Wiseau. La superproducción más ambiciosa en la que se embarcó jamás la industria nacional norcoreana, Pulgasari es uno de esos clásicos abominables que son objeto de retrospectivas nocturnas en cines alternativos y de arte y ensayo de todo el mundo.

Hasta Pulgasari, Shin había sido un buen cineasta, y en ocasiones un gran director. La cinta marcó un punto de inflexión en su carrera: era la primera vez que se entregaba en cuerpo y alma a una película y que rodaba un bodrio. Una transformación súbita e inexplicable, tras la cual Shin jamás recuperó su toque mágico.

Kim Jong-Il y Shin Sang-Ok, sin embargo, nunca consideraron Pulgasari como un fracaso en toda regla. En cuanto se estrenó, la cinta cosechó un éxito sensacional. Shin jamás reconoció de quién había sido la idea, pero no cuesta imaginárselo. Los ídolos cinematográficos del director eran Chaplin, Renoir y Rossellini; los puntos de referencia de su productor, las películas de Bond, Rambo y Jason Vorhees. Y Kim Jong-Il no tenía por costumbre tomar la iniciativa, sino imitar, copiar los éxitos extranjeros que había visto: Nación y destino era la reacción a una saga japonesa que llevaba años proyectándose; Héroes desconocidos, una copia de las películas de espías alemanas y checas; La chica de la flor, una continuación de los melodramas clásicos chinos. Ahora, estaba listo para copiar otra de sus franquicias favoritas, también japonesa.

Pulgasari iba a ser la respuesta norcoreana a Godzilla, con la diferencia de que, en lugar de la paranoia provocada por la lluvia ácida, un tema que tocaba muy de cerca a los japoneses después de Hiroshima y Nagasaki, el subtexto de Pulgasari aludiría a la lucha de clases, el comunismo y el bien colectivo.

La película transcurre en una provincia coreana durante la Edad Media. Los granjeros, oprimidos por un gobernador déspota y sus soldados, no tienen qué llevarse a la boca. Un viejo herrero que se niega a obedecer las órdenes del gobernador es arrestado y encarcelado en una cabaña de madera. Para matar el tiempo, hace con el puré de arroz la figurita de un dragón con cuernos. El herrero muere durante su cautiverio y su hija hereda la figurita. En un giro surrealista, la niña se pincha el dedo mientras cose y una gota de sangre se derrama sobre el pequeño dragón, Pulgasari, que cobra vida mágicamente gracias a esa gota. La criatura se alimenta de hierro, como corresponde a la creación de un herrero, devora todo el metal que encuentra a su paso y rápidamente pasa de ser una linda mascota que duerme en la cama de la niña a un monstruo con cuernos gigantesco, aterrador e invencible, un monstruo musculoso y de colmillos largos y afilados… un monstruo, sí, pero con conciencia social. En lugar de destruir todo lo que encuentra a su paso, como Godzilla, Pulgasari se alía con los granjeros para enfrentarse al gobernador y ataca su palacio. Los soldados del gobernador intentan detenerlo por todos los medios (llegan incluso a dispararle misiles, misiles del siglo XIII, nada menos) y, al final, logran provocar una avalancha de rocas que sepulta a la bestia. Sin embargo, no cuentan con la hija del herrero, que se hace un corte en el brazo y vierte su sangre sobre aquellas rocas para, milagrosamente (e inexplicablemente también, ya que la sangre no llega a Pulgasari), devolver la vida al monstruo. Pulgasari mata al resto de los soldados, aplasta de un pisotón al gobernador y destroza el palacio.

El apetito de Pulgasari es insaciable. Después de haber devorado las espadas, las armaduras y las armas de los soldados, le toca el turno a las herramientas y a los enseres de los granjeros, todo cuanto sea metálico. La economía de los campesinos no basta para alimentar a la bestia. Y la película insinúa que, si el pueblo no encuentra la manera de saciar el apetito de Pulgasari, éste acabará con todos. Al final, la chiquilla que le había dado la vida se oculta dentro de una gran campana y engaña al monstruo para que se la coma. Pulgasari se traga la campana, pero con la niña en su interior, no puede digerirla y acaba saltando por los aires, dejando tras de sí solamente a un pequeño Pulgasari del tamaño de la figurita original. Antes de que el dragoncito pueda sembrar el terror, un rayo de luz divina lo destruye. La película acaba con un plano de la chiquilla que, entre los escombros, no puede evitar que una lágrima le ruede por la mejilla.

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El rodaje de Pulgasari concluyó el 28 de diciembre de 1985, y cuando la película se estrenó, varios meses más tarde, se convirtió en el mayor éxito de Shin en Corea del Norte. La avalancha de espectadores fue tal que dos desertores, uno residente a la sazón en Pyongyang y el otro en las provincias, recuerdan que varias personas murieron aplastadas en la lucha por una entrada. Las salas estaban tan abarrotadas que muchos norcoreanos nunca lograron ver la película pese a intentarlo en varias ocasiones.

También Jong-Il estaba entusiasmado con la cinta, que consideraba una expresión de la lucha del pueblo contra la codicia, la riqueza privada y la opresión. El monstruo simbolizaba al Partido; era su representante colectivo o, mejor aún, un trasunto del propio Kim IlSung, el hombre que había liberado la nación de los opresores. Pero ¿acaso era ésa la lectura correcta? Cuando, muchos años más tarde, la película se estrenó finalmente fuera de Corea del Norte, muchos aseguraron que la intención de Shin había sido otra: la gente honrada se moría de hambre para satisfacer a Pulgasari hasta que, finalmente, el espíritu inocente de las masas, representado por la chiquilla que había creado el monstruo con su propia sangre, se sacrifica para que vuelva la libertad. Para esos espectadores, Pulgasari seguía siendo el trasunto de Kim Il-Sung: el antiguo héroe del pueblo era hoy una bestia egoísta de apetito destructivo e insaciable; solo el derramamiento de sangre podría salvarlos.

¿Era Pulgasari la película de propaganda del Partido de los Trabajadores más disparatada y más obvia, tal y como creía Jong-Il, o la metáfora de una revuelta, hábilmente presentada por Shin como otra cosa? El propio Shin nunca despejó la duda. «Es una película de monstruos −respondía, cuando le preguntaban−. No hay ideología.»

En cuanto hubo acabado el primer montaje, Shin se lo hizo llegar a Kim Jong-Il junto con otra película que había terminado de rodar: Hong KilDong. Menos de una semana después, en la Nochevieja de 1985, Choe Ik-Gyu irrumpió en el despacho de Shin Film. El Camarada Amado Líder, anunció Choe emocionado, había visto las últimas películas y estaba tan encantado con Shin y con su equipo que quería recompensarlos por su esfuerzo. Shin, acompañado de Choe, cruzó el auditorio del edificio; fuera estaban aparcando tres camiones cargados hasta arriba. Convocaron a los setecientos empleados de Shin Film.

En voz alta, el director Choe anunció:

−El Camarada Amado Líder está encantado con Pulgasari y Hong Kil-Dong. Ha enviado estos obsequios en gesto de agradecimiento por vuestro esfuerzo. Tomadlo como un gran honor.

A continuación, se puso a leer una lista de los bienes que transportaban los camiones al tiempo que los descargaban.

−Lista de obsequios: cincuenta venados, cuatrocientos faisanes, doscientas ocas salvajes, doscientas cajas de naranjas…

Y de los camiones salieron cincuenta venados recién cazados; cuatrocientos faisanes por desplumar; doscientas ocas ahumadas; cestos y cestos de naranjas de Japón… Muchos trabajadores no podían contener las lágrimas mientras Choe Ik-Gyu leía el mensaje.

−Al Amado Líder le ha encantado que todos los trabajadores a las órdenes del presidente Shin y de la vicepresidenta Choi hayan puesto todo su empeño en crear tan excelentes películas −dijo−. Os ordena que trabajéis todavía con más ahínco el próximo año para filmar unas obras aún mejores…

Como era habitual en Corea del Norte, la carta seguía y seguía.

Cuando Choe acabó de leer, los responsables de cada una de las divisiones de Shin Film dieron un paso al frente para, por turnos, jurar lealtad a Kim Il-Sung y a Kim Jong-Il, y todos los trabajadores cantaron «La canción del general Kim Il-Sung» («Tan querido es a nuestros corazones el glorioso nombre de nuestro general | Nuestro amado Kim Il-Sung, de fama inmortal…») y «La canción del general Kim Jong-Il» («Artista de gran alegría | Que glorifica el jardín juche | Larga vida, larga vida al general Kim Jong-Il»). El administrador de Shin Film dedicó toda la noche a distribuir los regalos entre el personal: los cuadros superiores se llevaron a casa un venado entero y cajas de naranjas, mientras que los que estaban por debajo se tuvieron que contentar con unas cuantas naranjas y un poco de faisán. Al día siguiente, el 1 de enero, Shin y Choi organizaron su propia fiesta para sus ejecutivos, unas cuarenta personas en total. Todos seguían todavía eufóricos por aquellos obsequios inesperados. Jong-Il solía hacer regalos a su círculo más íntimo, pero era extraño que el personal raso los recibiera, ya que el reglamento oficial del Partido de los Trabajadores prohibía los regalos entre sus afiliados, pues se consideraba una práctica contraria a los principios socialistas. Pasaron la noche comiendo, bebiendo, cantando y bailando, incluso Shin y Choi entonaron junto al resto de los asistentes canciones tradicionales coreanas.

La pareja tenía motivos para estar contenta, pero también sentía una honda melancolía. Las canciones que entonaban («Canción de esperanza», «Arirang») eran canciones de despedida, y ambos esperaban que aquélla fuera su fiesta de despedida.

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La película más taquillera de 1985, Regreso al futuro [Volver al futuro] había recaudado 210 millones de dólares solo en Estados Unidos. Evidentemente, el Líder no esperaba que Shin Sang-Ok y Choi EunHee compitieran con Robert Zemeckis y Michael J. Fox, pero Pulgasari solamente había costado dos millones de dólares, así que todo apuntaba a que sería rentable. Y Kim, él mismo un capitalista intuitivo, se inspiraba en Godzilla: los juguetes, las secuelas y todo tipo de productos relacionados con la película podían ser una fuente adicional de ingresos…

Así, en las semanas previas a la Nochevieja de 1985, después de hablarlo durante más de dieciocho meses y de muchas dudas, Kim JongIl accedió finalmente al plan de Shin de establecer una oficina permanente en Viena que produciría películas norcoreanas y las exportaría a todo el mundo. La primera fase de la misión de Shin, le contó Kim, era encontrar un coproductor austriaco interesado en adquirir el 50% de la compañía y en financiar la primera película de la sucursal vienesa de Shin Film: Genghis Khan. Shin siempre había soñado hacer una película sobre el gran conquistador mongol que, en el siglo XIII, había construido el imperio geográficamente ininterrumpido más extenso de la historia. Cuál sería su sorpresa cuando descubrió que Kim Jong-Il también había soñado con ese mismo proyecto, y durante casi tanto tiempo como él. Ambos compartieron su frustración por los retratos que el cine había hecho de Khan. La vida del mongol se había llevado a las pantallas en cinco ocasiones, pero nunca lo había interpretado un actor de Asia oriental. La película más célebre la había protagonizado Omar Sharif, un egipcio, en 1965, y una década antes, el mismo papel había recaído en John Wayne en El conquistador de Mongolia [El conquistador], un filme épico, en CinemaScope y producido por el multimillonario Howard Hugues (la frase con la que se anunciaba la película decía: «¡Lucho! ¡Amo! ¡Conquisto!… ¡Como un bárbaro!»). La película de Hugues, en la que indios navajos interpretaban a los mongoles, fue un fracaso estrepitoso y contribuyó a la ruina de sus estudios, los legendarios RKO. Rodada en Utah en pleno verano, un año después de que a unos doscientos kilómetros de allí se hubieran realizado un gran número de ensayos nucleares a cielo abierto, El conquistador de Mongolia probablemente también tuvo algo que ver con la muerte, a causa del cáncer, de 50 de las 220 personas que trabajaron en la película, entre actores y equipo de rodaje, entre ellos el director Dick Powell (leucemia, 1963) y los tres protagonistas: Agnes Moorehead (cáncer de útero, 1974), Susan Hayward (tumor cerebral, 1975) y John Wayne (cáncer de estómago, 1979). Howard Hughes no volvió a producir ni una película más.

Tanto Shin Sang-Ok como Kim Jong-Il habían visto la cinta de John Wayne, pese a que tal vez no estaban al corriente de la polémica que la había rodeado, y coincidían en que el emperador mongol, una de las figuras más importantes de la historia de Asia, se merecía un trato mejor. Y, por supuesto, afirmaba Jong-Il, la historia de la vida de Khan era ideal para abordarla desde una perspectiva ideológica: ¿acaso no era, en el fondo, el fundador de un gran imperio, la persona que había unido a los pueblos de Asia?

PRODUCCIONES KIM JON-IL PRESENTA…
Paul Fisher
Editorial Turner + Océano, 2015, 397 páginas. En librerías.