La novela política chilensis sobredimensiona a los personajes y secundariza el plan de obra, los juegos de intereses y la presentación de los conflictos de clase, incluyendo la dimensión tiempo espacio, y toda su complejidad histórica y cultural, que tiende a minimizarse. Se detiene sólo en lo anecdótico, en la descomposición de las entidades personales o con su mitificación, muchas veces puntualizando en los rostros, o en los rasgos corporales, como objeto de odio (“la gordi” o “el bracitos cortos”). No ve mecanismos o lógicas de reproducción ideológica o procesos latentes, se mantiene sólo a nivel de delirio conspirativo elemental, en donde el otro oculta su verdadera intención, y en que la intriga sólo se mueve a nivel palaciego y de altas esferas.

Este análisis narrativo de la situación política sintomatiza esta neurosis de estar siempre pendientes de los líderes y de la producción de caudillos que representen o encarnen algún delirio masivo o alguna furia sanadora. Falta la toma de conciencia autónoma y la formación política (y ciudadana) fuerte. Lo que parece predominar es la patética crónica del sentido común, tanto de derecha, como de izquierda.

Y en este panorama narrativo hay que saber morir, me refiero a tener estilo para cambiar el estado de situación personal. Es decir, hay que tener un diseño digno para el fin, sobre todo, de una escena política. Hay un pudor necesario y un decoro que forma parte de un proyecto de diseño (que no es publicitario ni comunicacional, solamente). Estoy aludiendo a la despedida de la Michelle, al fin de su mandato, a la cuenta pública que a nivel de protocolo simbólico es clave y debiera estar bien pensado o imaginado por ella. Ella pareciera estar terminando arriba, fortalecida y segura de sí misma. Frente a la falta de densidad de las presidenciales actuales, ella parece que toma palco.

Estoy pensando en ella, pero también en las minas que la quieren, pienso en mis amigas y en mis hermanas que le tienen estima, que han lamentado y sufrido con ella las humillaciones y los maltratos a que fue sometida por el mundo de “los cara de chilenos amargados”, en la solidaridad de género, que no es menor. Imagino, incluso, a Nabila Rifo atendida y contenida por ella, a ese modelo de contacto nos referimos. También la veo en las noticias presentando un programa de patrimonio (y en el día del patrimonio en su lugar de trabajo) en donde se la nota más dueña de sí misma. Quizás se liberó del modo chulo a que la sometió el socialismo criollo, quizás. No estoy hablando a favor de una figura política, sino constatando un registro escénico de la política.

Debe haber en todo esto un tono triste, porque ella es algo más que el gobierno que supuestamente dirigió, con tanto “cara de hombre”, cuicos y flaites, todos imbuidos de la soberbia patuleca de tenerlo todo claro y de saber lo que el país requiere. Este gobierno parece fallido o de mala gestión, porque no supo o no pudo manejar los modos de la demanda social ni tampoco quiso negociar o neutralizar la extorsión perpetua y el chantaje de la derecha empresarial, para hacer un resumen demasiado reducido. La cultura política ahí representada no tuvo el cuerpo para llevar a cabo reformas ni cambios, porque esos operadores ya habían adquirido intereses de clase. Fue el periodo de la judialización de la política, el momento cuando se hizo visible la criminalización del trabajo parlamentario, con el financiamiento irregular de campañas y la captura de miembros de las cámaras por algunas empresas, etc.

La NM la usó pérfidamente, a sabiendas de que todo se iba a ir a la mierda rápidamente, de que no había posibilidad de hacer lo que nunca se quiso hacer, que es el cambio de modelo económico político. Y sucedió lo que ya estaba previsto o lo que siempre pasa cuando se impone el reformismo engañoso, cualquier obstáculo te destruye, porque no hay un alineamiento causal, sino una impostura.

Alguna vez, en esas reuniones que solemos tener con mi amiga artista Andrea Goic para analizar el estado de la imagen y la iconografía de la fauna local, ella previó la venganza de su hijo, simplemente por sicoanálisis silvestre, porque así funciona el deseo de consumo que te engorda, no había otra.

Y lo demás lo hizo la confabulación machista institutana que todavía no se recupera del cierre del Parrón (esto es algo más que ficción), podrían haberlo comprado con la plata del partido, los muy miserables, aunque a esas alturas ellos estaban transitando por otra Providencia. Nos referimos a esa raza de mediopelaje, surgida de ese liceo maldito (sí, el Instituto Nacional), cuna de la política hombruna progresistona, que ha manejado los hilos de cierta política rancia y santiaguina rasca, hegemonizando perversamente el proceso que se llamó vuelta a la democracia, esos mal encorbatados, la utilizaron en mala a la Michelle. Ese clasemedianismo laico aspiracional, universitaroide y con picantes costumbres de consumo, esa siutiquería que pobló el territorio de la posibilidad de lo público, esos, que sabían que era imposible hacer calzar ese capital político con la podredumbre endémica. Y quizás el talón de Aquiles de su hijo, más la culpa, hicieron el resto.

A ella se la cagaron los cara de hombre. Ella es una especie de Juana de Arco, como me decía mi amiga Andrea, que quizás cometió el error de jugar a los soldaditos y subirse al tanque que la catapultó, pero es que eso era parte de una performance que tenía que ver con su biografía y sus dotes. Por eso la escena de la despedida no es cualquier escena.

Yo me imagino que la despedida debiera implicar la apuesta de un referente de mujeres que cambie efectivamente los presupuestos de la cosa pública. Debiera ser la afirmación de una construcción imaginaria centrada en un capital que la corriente cultural del movimiento de mujeres no ha sabido capitalizar, porque muchas se han entrampado en la ideología feminista, que por algo es tildada de facha en el manejo de algunos de sus enunciados (por la histeria dogmática de lo recién revelado).

Ahora podrá abandonar el estilo lady y desplegar su humor que anticipa al compararse en twiter con la princesa Leia y su lucha contra el lado oscuro de la fuerza. Síntoma inequívoco de que ella comenzó a relajarse. Llegó el momento para ella, para el yoga y las otras complicidades con sus amigotas. En esta despedida imagino mucho llanto, incluso no poca histeria y algo de culpa. De ahí debiera surgir una energía política distinta que cambie definitivamente el mariconeo político chilensis.