El ojo que ves no es
ojo porque tú lo veas;
es ojo porque te ve.

Ni encantador ni elegante, de andar taciturno, adicto solamente al tabaco y al café, Antonio Machado ya era un bicho anticuado para su época. “Su mirada era tan profunda que apenas se podía ver”, escribió Rubén Darío. Nacido en Sevilla en 1875, se ganaba la vida como profesor de francés en colegios de provincia (Soria, Baeza, Segovia), casi siempre a la espera de una plaza en Madrid que su pobre currículum le impedía alcanzar. De amores escasos, en 1909 se casó con la quinceañera Leonor Izquierdo, quien falleció de tuberculosis tres años después, tragedia que lo llevó a pensar en el suicidio y a escribir algunos de sus poemas más entrañables. Recién a fines de los años 20 inició un romance furtivo con Pilar Valderrama, una mujer casada que en su obra es llamada Guiomar.

Su poesía, por otra parte, destacó por su sobriedad en tiempos de embriaguez. Sencilla en sus formas pero exigente al oído, de frecuencia honda más que sexy, tampoco es hoy una apuesta segura para seducir a públicos iniciados en el déficit atencional. Si a esto sumamos su figura de caballero desaliñado y medio sonámbulo, al que sus alumnos llamaban “Don Antonio Manchado” por su vestuario a mal traer e impregnado de las cenizas que caían de sus cigarros mientras él miraba para otro lado, se entiende el contraste opaco que irradiaba este poeta entre las vanguardias de los años 20. No obstante, él se rió de “futuristas iconoclastas” e “incendiarios de museos” con un humor que, un siglo después, hace más gracia que muchas de las gracias que hacían sus contemporáneos, y las ideas estéticas que elaboró por entonces, teñidas en apariencia de un españolísimo rezago, quizás fueran más atrás para ir más adelante. A esta última hipótesis se asoma “Para qué sirve la sed” (UDP), antología a cargo de Andrés Braithwaite e Ignacio Echevarría.

Sus libros de poesía fueron apenas tres. “Soledades” y “Campos de Castilla”, los primeros, contienen sus poemas más conocidos y se los considera, en general, su mayor expresión como poeta. Sin embargo, la antología que nos ocupa prefiere la picardía de su obra posterior, que integran “Nuevas canciones” y los textos sueltos que publicó después en verso y prosa. Es el Machado más filosófico y epigramático, también más coloquial, y que sugiere a los antologadores un promotor temprano de las ideas que Nicanor Parra llevaría a puerto un par de décadas más tarde.

Este enfoque le da colores propios a la nueva antología de un poeta tantas veces antologado. Quizás el costo sea una selección algo fría de sus libros emblemáticos, al parecer amagada por el fastidio que provocó la beatificación de Machado a manos del progresismo español, que erigió al poeta en héroe cultural de la guerra civil y en modelo de virtudes republicanas (un “santón laico”, resume Echevarría, quien dedica las primeras páginas del prólogo a desembarazarse de esa leyenda). Como sea, acá recogemos la invitación a indagar en ese segundo Machado, menos atendido y, si ya no hay lugar para líricos, más actual.

–Daréte el dulce fruto sazonado del peral en la rama ponderosa.
–¿Quieres decir que me darás una pera?
–¡Claro!
(en “Juan de Mairena”)


El féretro de Antonio Machado, que seis milicianos republicanos quisieron cargar a hombros desde el hotel al cementerio, en Colliure, Francia. Atrás, al centro, su hermano José, que en 1940 se exilió en Chile y se quedó en el país hasta su muerte, en 1958.

 

Hacia 1920, Machado era un poeta muy escéptico de la buena salud de la poesía. Se quejaba de nuevas tendencias que, presumiendo de corregir a las antiguas, reincidían en su mayor desacierto: hacer de la poesía el afectado ejercicio de llamarle a todo de otra manera. Su apuesta, en las antípodas, era religar a la poesía con el folclor popular, cuyos aires conocía desde su infancia sevillana y nunca dejaron de cautivarlo. En la misma línea, proponía desconfiar de toda prosa reluciente que no recordara a la palabra hablada.

Suena parroquial, pero era el resultado de una notable aventura intelectual que Machado había emprendido en solitario desde su ostracismo en las provincias. Sus voraces lecturas filosóficas (la Universidad de Madrid lo terminó doctorando en Filosofía, examinado por Ortega y Gasset), además de reflexiones literarias y sociales con amplia perspectiva histórica, lo llevaron a considerar inevitable un cambio de época: tendría que emerger un nuevo ethos cultural, un nuevo repertorio de valores, para contrarrestar el subjetivismo individualista heredado del siglo XIX, fruto de la modernidad en vías de convertirse en su manzana podrida.

Sintetizada al máximo, su percepción era que el idealismo ilustrado, al proclamar la omnipotencia del sujeto para dar forma al mundo desde su propia cabeza, había barrido con el prestigio de la experiencia, ocasionando un nefasto efecto colateral: donde la experiencia pierde autoridad, la presencia del otro pierde centralidad. Y en esa doble devaluación –de la experiencia y del otro– veía Machado el origen de su mayor enemigo filosófico, sino espiritual: “Nosotros militamos contra una sola religión, que juzgamos irreligiosa: la mansa y perversa que tiene encanallado a todo el Occidente. Llamémosle pragmatismo, para darle el nombre elegido por los anglosajones del Nuevo Continente –que todavía ponen el mingo en el mundo– para bautizar una ingeniosa filosofía o, si os place, una ingeniosa carencia de filosofía. La palabra pragmatismo viene un poco estrecha a nuestro concepto, porque nosotros aludimos con ella a la religión natural de casi todos los granujas, sin distinción de continentes”. Para vencer al pragmatismo, entonces, era preciso que dejáramos de buscar la verdad en el monólogo del “yo fundamental” y volviéramos a buscarla donde siempre estuvo, en el diálogo con el “tú esencial”.

No es el yo fundamental
eso que busca el poeta,
sino el tú esencial.

Machado se había formado en la poesía del siglo XIX, romántica y subjetiva, a la cual admiraba pero también juzgaba obsoleta. Sobre todo, por haber engendrado la fe “un tanto perversa” de que la única manera de resistirse a la expansión de una cultura racional, mecanizada, utilitaria, era refugiarse en el solipsismo. Lo cual pavimentó el camino a su pecado capital: la licencia que se atribuyó el poeta para despreciar el lenguaje genérico, que compartimos todos, con el fin de perderse a gusto en su extrañeza, en su “borroso laberinto de espejos”.

La poesía del siglo XX había renegado de esa fe, pero quizás sólo en apariencia. Por un lado, persistía “la creencia supersticiosa en la virtud mágica del enigma”, que Machado estimaba “la parte débil” de Mallarmé. “Crear enigmas artificialmente –decía– es algo tan imposible como alcanzar las verdades absolutas. Pueden sí, fabricarse misteriosas baratijas, figurillas de bazar que lleven en el hueco vientre algo que, al agitarse, suene; pero los enigmas no son de confección humana: las realidad los pone y, allí donde están, los buscará la mente reflexiva con el ánimo de penetrarlos, no de recrearse en ellos”. Y por el otro lado, los nuevos poetas españoles –precursores de lo que se llamó “poesía pura”– tendían demasiado a la especulación intelectual, a solazarse en metáforas de admirable ingenio combinatorio pero que “no navegan, como antaño, en el fluir de la conciencia psicológica […] no señalan intuiciones, nunca reflejan experiencias vitales, carecen de raíz emotiva”.

Así, entre el culto al misterio sin lógica y la aspiración a una pureza demasiado lógica, la poesía parecía obstinada en separar aguas con la razón y el sentimiento, es decir, con “las dos formas de comunión humana”. Nada nuevo bajo el sol: refugio en un yo autosuficiente, tan seguro de sus medios que sólo aspira a ponerse de acuerdo consigo mismo. Por eso Machado no veía en el positivismo científico de su tiempo una antítesis del romanticismo, sino la continuidad natural de su encierro subjetivo: si el romántico cree que la humanidad le cabe adentro de su propio espíritu, el positivista se permite reducir toda esa humanidad a “mero accidente cósmico”; si el primero terminó vendándose la vista, el segundo sólo se fía de su microscopio.

Es aquí que Machado, convencido de que nadie se basta a sí mismo –porque nadie, en realidad, es solamente “sí mismo”– reivindica el pensamiento que se crea a partir del diálogo, cuyos modelos originales encuentra en la dialéctica socrática y en la del Nuevo Testamento. La primera porque “inventa la razón humana”, a través de la cual todos podemos entendernos, y la segunda porque “funda la fraternidad de los hombres emancipada de los vínculos de la sangre. Sólo Platón y el Cristo supieron dialogar, porque ellos más que nadie creyeron en la realidad espiritual de su prójimo”.

El modelo de poeta que emergió de estas reflexiones es el de un “creador de conciencias” –no ya un expositor de la propia– tal como lo fue Shakespeare, “gigantesco dialogador”. Así fue que Machado, a mediados de los años 20 y sin tener noticia de un tal Fernando Pessoa, se puso a crear heterónimos, que en adelante iban a firmar casi todos sus textos en prosa y poesía. Los escritos de Juan de Mairena, poeta y profesor de retórica, ni siquiera eran escritos, pues correspondían a los diálogos que había sostenido en otro tiempo con sus alumnos, a los cuales advertía: “El ademán garboso nos ha perdido. Yo os aconsejo que habléis siempre con las manos en los bolsillos”. Y también: “En España no se dialoga porque nadie pregunta, como no sea para responderse a sí mismo. Todos queremos estar de vuelta, sin haber ido a ninguna parte. Somos esencialmente paletos. Vosotros preguntad siempre, sin que os detenga siquiera el aparente absurdo de vuestras interrogaciones. Veréis que el absurdo es casi siempre una especialidad de las respuestas”.

Por otra parte, Abel Martín, poeta y filósofo que había sido el maestro de Mairena, se ocupó de poner en orden la sesuda metafísica de Machado –que es también una erótica– orientada a demostrar “la esencial heterogeneidad del ser”. Un buen resumen de esa fórmula lo encontramos en un párrafo de Mairena sobre los diálogos entre Don Quijote y Sancho, en los cuales la presencia del otro no importa menos que los argumentos de cada uno:

“Don Quijote y Sancho no hacen cosa más importante –aun para ellos mismos–, a fin de cuentas, que conversar el uno con el otro. Nada hay más seguro para Don Quijote que el alma ingenua, curiosa e insaciable, de su escudero. […] Aquí ya no interesa tanto la homogeneidad de la lógica como la heterogeneidad de las conciencias. […] No olvidemos, sin embargo, que uno de los dialogantes está loco, sin renunciar en lo más mínimo a tener razón, a imponer y a persuadir de su total concepción del mundo y de la vida, y que el otro padece tanta cordura como desconfianza de sus razones. Y aquí nos aparece el diálogo entre dos mónadas autosuficientes y, no obstante, afanosas de complementariedad, en cierto sentido, creadoras y tan afirmadoras de su propio ser como inclinadas a una inasequible alteridad”.

“Inasequible alteridad” porque esa necesidad de complemento nunca termina de satisfacerse. Pero el drama humano reside en ella, advierte Machado, incluso en los dominios de la soledad: “Busca a tu complementario, / que marcha siempre contigo / y suele ser tu contrario”. De ahí su rechazo al sujeto que busca una verdad unívoca al fondo de sí mismo y, por extensión, a la poesía que encuentra esa verdad en el éter de un lenguaje encriptado. De ahí también que, como Cervantes, apreciara en los dichos populares una sabiduría más escueta y profunda, madurada en la conciencia colectiva de “un pueblo a quien no acaba de entontecer una clase media entontecida”. Y es que Cervantes, le importa aclarar a Machado, no fue un inventor de lenguaje, sino “un gran pescador de lenguaje vivo” que supo destilar la experiencia acumulada en “el refrán, el proverbio, la frase hecha, el donaire, la anécdota, el modismo, el lugar corriente” para crear con ellos esas dos conciencias complementarias que son Don Quijote y Sancho.

Algo de eso intentó el propio Machado en las dos entregas de sus “Proverbios y cantares”, donde hizo confluir la filosofía docta y la popular. Ahí, de nuevo, plantea la disputa entre la razón depredadora que sólo cree en aquello que le sirve y la razón más cordial que somete sus dudas y certezas a la dialéctica colectiva. A la “ingente tautología” construida por Kant para “poner a salvo la fe en la ciencia físico-matemática”, Machado opondrá en sus ensayos el “escepticismo metafísico” de los gitanos, fruto de la verdadera fricción con la experiencia. Y mientras “los anglosajones construyen su utilitarismo pragmatista para cohonestar la conducta de un pueblo de presa”, que mide la virtud y la verdad con la vara del éxito, Don Quijote encarna los valores contrarios que Machado se niega a subordinar: “Es muy posible que un pueblo que tenga algo de Don Quijote no sea siempre lo que se llama un pueblo próspero. Que sea un pueblo inferior: he aquí lo que yo no concederé nunca”.

Ciertamente, Machado pensaba todo esto mientras tomaba posición en el contexto político de los años 20 y 30, marcados por la novedad del comunismo –con el cual simpatizó a cierta distancia doctrinaria– y de la Segunda República española, causa que hizo suya y que lo motivó a retomar la actividad pública. Como sabemos, esa República se acabó el 1 de abril de 1939 con la victoria definitiva del bando franquista en la Guerra Civil. Antonio Machado había muerto el 22 de febrero de ese año, miércoles de ceniza, en el pueblo de Colliure, Francia, semanas después de exiliarse tras un desolador periplo desde Barcelona.

PARA QUÉ SIRVE LA SED
Antonio Machado
Ediciones UDP, 2017, 178 páginas