Desde niño, me gusta la cultura japonesa, en especial los dibujos animados y el manga. Era fanático de Dragon Ball, los Super Campeones, de Robotech, las Sailor Moon. Era muy bueno también para dibujar manga. Mi sueño era ser mangaka y se lo repetía siempre a mi mamá. Ella me apoyaba, pero el problema es que todo ese período en que quería ser dibujante de cómic nunca estudié y en el colegio me iba súper mal. Y cuando empecé a estudiar en octavo, dejé de dibujar. Yo rayaba mucho con Japón y me metí a un curso de japonés en el Instituto Chileno Japonés. Mi idea siempre fue vivir un tiempo en Tokio y aprender más de la cultura. Incluso, junté plata para hacerlo.

En 2002, empecé a practicar lucha libre influenciado por los shows que veía en la tele de la WWE. Y empecé bien amateur: Entrenaba con un amigo en el patio de su casa en Machalí, sin round y solo con un colchón, pero la pasábamos bien. Ahí, ya me había puesto el seudónomimo de Guanchulo. Sonaba bien el nombre. Aún no practicaba lucha libre de forma regular y me gustaba dibujar a los jugadores, como Mick Foley, a quien seguía, pero le ponía el nombre de Guanchulo. Foley era gordito, entretenido y siempre le pegaban. Pero todo el mundo lo amaba. Yo quería ser como él en ese tiempo.

Viendo la WWE, empecé a darme cuenta que también luchaban japoneses y me entró el bichito de querer algún día practicar lucha libre en Japón. Admiraba en especial a Dick Togo, un japonés que se hizo famoso en la WWE. Y, cuando él decidió retirarse de la lucha, hizo una gira mundial como despedida. Cuando pasó por nuestro país, visitó mi agrupación Max Lucha Libre, en Rancagua, y como yo sabía un poco de japonés lo ayudé en la traducción. Creamos un lazo. Su última pelea la hizo en Bolivia, porque admiraba al Che Guevara, y me invitó a participar de una lucha allá. Los bolivianos eran buena onda, muy amables, y súper buenos luchadores. Es cosa de ver a las cholitas luchadoras. Allá tuve la oportunidad de conocer a sus discípulos, porque era una persona de prestigio que había creado su propia escuela de lucha libre en Japón, de generar lazos y vi su trabajo en profundidad. Ahí, de patudo, se me ocurrió preguntarle si había alguna posibilidad de probar suerte en Japón. Y me dijo que “sí poh, hueón”, porque yo le enseñé garabatos chilenos. Y partí al poco tiempo, en 2012, a Japón. Al principio, como los japoneses son muy competitivos, me costó hacerme un espacio. Imagínate que en cada promoción hay personas que llevan trabajando seis años y sacándose la mugre para poder subir en el ranking y llega un desconocido, flaquito, con bigotes, que ya tiene luchas encima. Entonces, no me pescaban. Al año, recién me aceptaron.

Ahora estoy trabajando en DDT Pro Wrestling Japan -una de las empresas indie más importantes de Japón, como una especie de WWE en Estados Unidos, que tiene revistas, un programa de tele, merchandising de los luchadores- donde soy el único latino que está ahora luchando. La empresa se caracteriza por hacer luchas bien locas y muy llamativas. Y atraen a mucho público, sobre todo femenino, porque los luchadores de DDT, a diferencia de todas las otras empresas, podríamos decir que son un poco más guapos. Por ejemplo, la DDT tiene un show que se llama Boys donde participan los luchadores más bonitos y solo van mujeres. Yo soy parte de Boys. Además de luchar, al final los luchadores bailan canciones pop, no es que termine siendo un striptease por si aca, ja, ja, ja. La empresa elige a los más lindos de manera muy simple: ah, tú soi bonito, pa dentro. Y los feos tienen su propio show, a los que pueden entrar solo hombres. Y como es un show de feos con público hombre, hacen cosas contrarias a de Boys, que es para niñas, bonito y elegante, no, allá es violento, luchas con round donde al final unas modelos terminan haciendo striptease. A las competencias van muchas seguidoras, pero no son como acá, solo te tiran papelitos de colores y gritan tu nombre. Tampoco son de andar con carteles para no tapar la vista de quien esté atrás. Así de respetuosos son. El fan es distinto al chileno: silencioso, aplaude cuando tiene que aplaudir y solo dice “oh, ah”, muy correctos. No tiran botellas, no te van a insultar tampoco. Los fanáticos son bacanes. Si le gustan, hacen poleras con tu cara, te dibujan, te hacen regalos. Pero hay algunos que son bien locos que te siguen para todas partes, no te saludan, y después cuentan en un foro que te vieron en el supermercado. O se quedan pegados mirándote. Es extraño ser conocido allá, porque acá no me conocen mucho, salvo los seguidores de la lucha libre.

 

Es entretenido el mundo de la lucha libre en Japón. Yo he luchado fuera del ring, en bibiotecas, en casas, incluso en el tren. Y la gente paga harto por verte. Lo más loco, que he hecho estando en Tokio, fue luchar en un tren local, como si fuera de Pichilemu a Rancagua. Uno luchaba en el pasillo mientras la gente iba sentada mirando el espectáculo. Hay otras empresas, como Big Japan, que hacen luchas violentas muy hardcore. Los luchadores pelean con escaleras, sillas, tubos fluorescentes, alambre de púas, corcheteras. Es sangre y más sangre. Y hay fanáticos que pagan por ver a alguien enterrándole un tenedor a otro en la frente.

En Japón se gana plata. La lucha libre es un trabajo bien remunerado y no como acá que es un hobby. Pero no es fácil. Es un trabajo muy demandante y riguroso. Se entrena mucho. Y para cualquier movimiento que hagas, tienes que pedir permiso, hacer el típico gesto japonés de agradecimiento. Acá en Chile todo es más al lote. Mientras entrenas, todos se ponen a hablar, a contarse lo que hicieron el fin de semana. Cuando volví la primera vez desde Japón, a mi agrupación Max Lucha Libre, traté de enseñar lo que había aprendido, pero me enojé: nadie se callaba, todos hablaban, no me miraban. Allá están todos concentrados. Por eso el japonés es tan buen luchador, porque está enfocado en ser el mejor.

Los japoneses son muy herméticos y tienes que ganarte su confianza. Luego de que pasas las pruebas, como ser puntual y no mentirles, te aceptan y te terminas dando cuenta que no son tan cerrados. Y, en privado, se comportan como un chileno más: pueden llegar a ser flojos, cochinos, todo lo que no pensai de un japonés. Pero son tan herméticos y estrictos que a veces terminan haciendo cosas locas para relajarse, como los desfiles de Pikachu, por ejemplo. Y, como les gusta observar mucho, por eso todo les sale tan bonito, porque todo les pasa por el ojo. Por eso cuando hacen una caquita, como la del emoticón, les sale tan bonita y tierna.

Lo más difícil ha sido entablar relaciones humanas. Evitan la discusión. Si tú le cambias al tono, a uno fuerte, queda la embarrada: se ponen incluso a llorar. Una vez se me puso a llorar una persona por subirle un poco la voz. Le tuve que pedir disculpas. Allá la gente no se sube la voz entre ellos. Son muy sensibles. El que puede subir la voz, es el jefe o la persona que lleva más tiempo que tú en una empresa. Es muy jerárquico. Y no puedes responderles, sino queda la grande. No importa la edad, sino el cargo. Y eso corre hasta para salir a comer. Paga siempre el que tiene más experiencia laboral.

Ya llevo dos años y medio en Tokio. No sé si quedarme o no. Lo estoy pensando todavía. Por ahora, pretendo seguir aprendiendo para después regresar y enseñar lo aprendido. La lucha libre en Chile está en pañales. Hay más show, están trayendo luchadores extranjeros, pero la mentalidad de trabajo es muy básica y pobre. Y eso me gustaría hacer: ayudar a que la lucha libre sea vista como un trabajo y que la gente sea capaz de pagar las entradas, porque no saben lo que hay detrás de un luchador que está poniendo en riesgo su vida en el ring. Porque hay mucha gente que muere, otras que han quedado en silla de ruedas. De hecho, uno de mis luchadores favoritos murió en el ring. Recibió una maniobra y murió. En todo caso, me gusta vivir allá pero siempre se echa de menos a la familia. Me gusta que allá todo funcione. El metro es puntual. Está todo limpio. No roban. No existe el lanzazo.