Cuenta transitaba por tres vecindarios centrales: comía en Vitacura, tomaba una copa en Bellavista y dormía en Providencia”.

Pero ahora, en una de sus última visitas a este terruño, se dio el tiempo de recorrer este rincón de Santiago que describe como “un barrio triangular cerrado parcialmente al tránsito por el cerro Santa Lucía hacia el oeste y el parque Forestal hacia el norte”.

“Las sinuosas calles adoquinadas y la arquitectura regia de Lastarria representan un marcado contraste con los distritos comerciales con edificios altos del este, donde se concentran la mayoría de los hoteles de Santiago”, dice.

Habla de que el lugar tiene “encantadores cafés” y “varios hoteles boutique se han adueñado de edificios del siglo XIX, al tiempo que satisfacen exigencias modernas, como piscinas en la azotea y certificaciones LEED”.

El cronista recuerda, o más bien cuenta a quienes no conocen Chile ni menos esta parte de Santiago, que Lastarria “alguna vez fue un destacado enclave intelectual y bohemio”, pero  “perdió gran parte de su esplendor a lo largo de la segunda mitad de siglo conforme se erigían más suburbios modernos lejos del centro a donde se mudaron varios de los entonces habitantes de Lastarria”.

Gill cuenta además que tras ese periodo en el olvido, Lastarria renace en 2002 cuando surge un mercado de antigüedades y libros usados que se instala en la plaza Mulato Gil de Castro.

Desde entonces, Lastarria sigue su periodo de renovación, o más bien de reencantamiento, cuando en 201o se inaugura el Centro Gabriela. “El goteo de visitantes ha pasado a inundar el vecindario y ahora gran parte de Lastarria se ha convertido en el mejor lugar de la ciudad para sentarse a observar a la gente”, dice al respecto.

También, a propósito de ese renacer, cuenta que antes los turistas no alojaban en el lugar porque no había dónde, pero que “ahora Lastarria está repleto de opciones”.