Pinochet despertaba en cama como un niño, arrestado por un juez español, del que nadie había oído hablar en Chile antes de eso. La situación era abiertamente cómica. Pinochet no sólo nunca había logrado ser juzgado en Chile por sus crímenes, sino que viajaba a Londres con pasaporte diplomático e inmunidad parlamentaria que le otorgaba el ser senador vitalicio. Por más que alegó en su castellano ladino, no obtuvo de los agentes más respuesta que dos guardias en la puerta encargados de que el reo no se escapara. Lo que siguió no fue menos cómico: Evelyn Matthei vaciando botellas de whisky delante de la embajada de Inglaterra, Joaquín Lavín hablando como un títere las frases indignadas que Novoa y Longueira le dictaban en las concentraciones de rubias teñidas de Las Condes, Insulza explicando que defendía instituciones y no personas, Moreira entrando y saliendo de distintas huelgas de hambre.

Era por cierto, fácil indignarse. Fácil recordar el dolor que toda esa gente te había infringido. Fácil denunciar lo que todos los diarios del mundo, menos los chilenos, repetían. Era fácil saber lo que ya sabíamos. A los que integramos los primeros equipos de The Clinic (empecé en el número 3), nos pareció que la mejor manera de contar todo eso, y más, era reírnos. Creíamos que lo que más le podía doler al capitán general y a sus huestes, era justamente la falta de honor, de dignidad, de patriotismo y de pudor con que terminaba su reino. Reclamando porque la policía inglesa lo obligaba a dormir en la misma cama que su esposa y haciéndose el demente para luego soltarlo y verlo caminar dos ridículos pasos lejos de su silla de rueda en el aeropuerto de Pudahuel.

Que Pinochet estuviera preso en Londres era una fiesta. Y nos parecía que una fiesta era mejor aún que un acto de justicia, reparación o reivindicación para afirmar que, a pesar que nos había matado tantas veces, seguíamos vivos. Incluso los que lo defendían con más ahinco, sabían que todo esto era profundamente ridículo. Sabíamos que si queríamos contar esa alegría debíamos justamente contar con esta complicidad secreta e incorrecta que el humor implica. No sacábamos nada con hablar desde el deber ser, o desde el instinto vengador, sino hablar de lo que somos y como somos: machistas y feministas, tontos e inteligentes, racistas y tolerantes, embutido de ángel y de bestia, como decía Nicanor Parra, que naturalmente se convirtió en nuestro maestro.

¿Cuántos de los chistes de entonces serían posibles hoy? Tengo la sensación que todo sería considerado una frivolidad. Y lo era. Esa era su gracia, la frivolidad que sabe que no hay nada más profundo que la piel. En mayo del 2011, el equipo de The Clinic nos reunimos con los dirigentes de la FECH, FEUC, y FUSACH, para poner a su disposición el pasquín. Su lucha nos parecía la nuestra, consecuencia de muchas de las cosas que veníamos denunciando y de otras que descubríamos con ellos. Yo propuse que para la portada de la revista, Camila Vallejo posara desnuda de frente y para la contraportada, Giorgio posara de espalda desnudo. Los rostros de la dirigencia pasaron de la sonrisa a la franca indignación. Traté de explicarles que así luchaban los Hippie (la selección política del hipismo) en Estados Unidos en 1968. Y así Cohn Bendit y John Lennon o los surrealistas. Seríamos portada en todo el mundo, la revista se agotaría, seguí explicando, consciente de pronto que este era justamente el argumento que no podía dar. Ellos no querían vender su revolución, no querían “charquearla” o vulgarizarla, no querían convertir a la Camila en un objeto sexual y a Giorgio menos. Querían estadísticas, infografías, informes de asamblea para ayudar a orientar al militante en las marchas multitudinarias, llenas de auténtica dignidad, de perfecta entereza hasta que degeneraban en fuego, humo y agua.

¿Chistes? Fue imposible encontrar entre los estudiantes de la reunión una comisión que se hiciera cargo de escribir chistes para las dos páginas iniciales del The Clinic. ¿No se ríen ustedes? les pregunté. Sí, claro, nos reímos. Pero igual tenían problemas con los chistes. Encontraban que muchos eran sexistas, racistas, clasistas, amarillistas y muchas palabras terminadas en istas. Tenían razón. No sacaba nada con explicarles que los que los habíamos inventado veníamos de una generación donde no se podía decir en serio ni la mitad de lo que ellos gritaban en sus marchas. No les pude contar como el humor fue nuestra máscara para salir del silencio. Ellos creían que el silencio ya no era posible, eso les hacía sentir que las palabras eran banales, que no tenían costo, que eran perfectamente reemplazables por cifras y números.

Esta división era la punta del iceberg de otra más profunda. Estos jóvenes -y los que siguieron más todavía- creían en el control. Pensaban que si pudiéramos reprimir nuestros deseos malvados, construiríamos una sociedad mejor. Nosotros creíamos en el descontrol controlado, la idea que en el fondo de nuestro subconsciente hay un niño que es un sabio y un salvaje, que se burla y ama al mismo tiempo la civilización. Misógino, feminista, porno y sesudo, del Colo-Colo y de la Chile, The Clinic era y es (ahora menos) todo eso, porque sus lectores son todo eso. The Clinic es popular, o sea vulgar muchas veces, y otras veces poético. Es lo que ellos no eran ni querían, y siguen sin querer, ser: Populares. Por supuesto que sí les interesaba –y les interesa ahora- el destino del pueblo. Por supuesto que darían su vida por salvarlo de la pobreza, la “vulnerabilidad”, la “situación de calle”, la “discapacidad” o la “exclusión”. Les interesa el pueblo, pero desprecian su lenguaje. O más bien, están convencidos que el pueblo no tiene lenguaje, ni cultura, ni humor, ni amor, ni historia, ni leyenda. No creen, como creían mis abuelos de la Unidad Popular y mis tíos curas de la Teología de la Liberación, que el pueblo no es desposeído sino poderoso, que no es marginal sino central, que no es pobre sino rico. Dueños de la riqueza invaluable de saber qué es tener, pero también que es no tener.

No era yo por cierto, el encargado de enseñarle a esos jóvenes el poder secreto del pueblo. Pertenezco, como ellos, a la clase privilegiada de un país asquerosamente desigual. Aunque por razones que sería largo explicar aquí, sé desde muy chico que se ve más desde el fondo de la sala, que desde los primeros bancos. Sé también, como lector y como escritor, que nada sale del miedo a decir, a pensar, a contradecirse. Que la literatura nace del poder indecible de sí mismo o del resto, como cerdos (y peces) que refocilan en el barro de las palabras sin temor al lugar inesperado, al que puede llevarlo una metáfora o un chiste de más.

Esa fiesta se acabó de a poco a partir de esas maravillosas marchas del 2011 que coincidieron con la primavera árabe que aún sangra y desangra Aleppo. Mis alumnos me explican –para que yo entienda- que es más importante luchar contra los piropos callejeros que buscar trabajos dignos y bien pagados para las mujeres que educan solas a sus hijos. Que el lenguaje crea realidad. Piensan entonces, que si dejan de decir la palabra muerte, hambre, lengua o pichula estas realidades dejarán de existir. Pero el policía blanco de Ferguson no sabe ya como nombrar respetuosamente al negro que masacra a patadas y palos. Quizás lo hace por eso mismo, no tiene insultos ni bromas a su disposición, sólo le queda la violencia física. A los pobres se le ha quitado la casa y el sueldo, ahora se le quita incluso el lenguaje, se le secuestra la forma de nombrar sus vidas.

El lenguaje crea realidad, para en el fondo quitarle a la realidad la posibilidad de crear lenguaje. Estamos como nunca en manos del peor tipo de fanático, el que lee los chistes de manera literal, el que cree que para evitar que la gente muera puede abolir por decreto el invierno, en vez de abrigar a las víctimas de este. El mismo tipo de fanatismo que lleva a Donald Trump a eliminar de un solo decreto el calentamiento global y que lleva a un grupo musulmanes fanáticos a matar a un grupo de dibujantes para defender el honor de Mahoma. El humor negro, como la noche que asusta a los niños, tiene que ser iluminado por ráfagas de ametralladora y manchas de sangre, para que los semidioses que creían que podían reírse de todo, recuerden que son solo humanos.