Por Bernard Pautrat

A Nicanor Parra me lo topé en un libro. No sabría decir exactamente cuándo, pero fue hacia comienzos de los años noventa, en la diminuta librería Crisis de Valparaíso, magnífico espacio cultural fundado por el no menos diminuto Mario Llancaqueo, un gran caballero.

En la estantería “Poesía”, repleta a reventar de colecciones de autores chilenos en su gran mayoría desconocidos para mí, sobresalía un volumen por su formato casi cuadrado. Apenas logré liberarlo y ya me había cautivado. En la tapa despuntaba un enorme VERSOS, en una tipografía despampanante, negra intensa, mientras que en una tipografía mucho más pequeña, de manera vertical, trepaban palabras en minúscula que parecían efectivamente versos. Mi castellano era ya entonces suficiente para descifrar estas cuncunas de letras: “en vez de leche le salió sangre”, “era para morirse de la risa”; “estoy viejo no sé lo que me pasa” y otras. Todo promisorio. El papel también: un hilado holandés ligeramente satinado, imposible más seductor. En la contratapa, a su vez, se leía “VERSOS DE SALÓN / Nicanor Parra”. Un desconocido para mí.

Apenas lo abrí, el libro me confrontó no sólo a los poemas, sino al poeta. En efecto, a través de sus páginas, a intervalos regulares, reaparecía una misma fotografía, aunque encuadrada de manera diferente, escandiendo el libro: era la de un hombre ya no tan joven, con abrigo y bufanda al cuello, sobre el que se erguía un rostro hermoso, inteligente y sensual a la vez, ligeramente escéptico, con una mirada levemente pícara y unas ojeras magníficas. Gran frente elegantemente estriada. En algunas páginas la foto estaba como lacerada, por lo que el poeta aparecía, por decirlo así, cortado en rebanadas, sin perder nada de su prestancia. El hombre me gustó; los primeros versos que descifré me gustaron; el libro entero me gustó, y decidí darme el gusto. No era caro en la época. A poco andar supe que se trataba de la segunda edición de Versos de salón, publicada en 1970 por Nascimento, editorial histórica de Gabriela Mistral y Pablo Neruda, y que este volumen extraordinario se debía a la colaboración entre el poeta y el fotógrafo Daniel Vittet, responsable de los cincuenta y nueve montajes fotográficos que ilustran la obra.

Lo que vino después fluyó como un río. La lectura de los poemas –por mucho que los descifrase a duras penas dada mi para entonces ignorancia del chileno– confirmó mi primera impresión: la banalidad prosaica de los temas, el brío de su orquestación poética, la tonalidad irónica y por momentos sarcástica del conjunto, todo concurría para que amase la poesía del mentado Nicanor Parra, de quien ignoraba todo. Y es que, en lo que respecta a los poetas chilenos, no conocía sino a Neruda y a Gabriela Mistral, quizás por entonces a Huidobro. Orgulloso pues de mi hallazgo, interrogué inmediatamente en Santiago a un viejo y querido amigo chileno, Jorge Palacios, gran conocedor de la cultura nacional. “¿Nicanor Parra?”, me dijo, “pero si somos muy amigos. ¿Quieres conocerlo?” Claro que quería, aunque mi manejo y comprensión precaria del idioma me hicieran temer lo peor. Pero no, nada de eso. Un buen día, acompañado de mi esposa y de mi amigo Jorge, terminamos en La Reina frente a nuestro hombre. Seguía siendo el mismo, hermoso como siempre, con veinte años más. Afable como rey en sus dominios, tras hacernos servir un picoteo saludable, incluidas unas aceitunas violetas deliciosas, imposible más tersas, se puso a conversar conmigo. Debo haberle balbuceado lo mucho que me gustaban sus Versos de salón, lo que no pareció desagradarle, pero me embarcó rápidamente en algo completamente distinto. Tenía en mente que yo era filósofo –había publicado un libro sobre Nietzsche, enseñaba en l’École Normale Supérieure, que él consideraba lo máximo–, por lo que probó una apertura hablándome de Nietzsche, que por desgracia era una pasión ya hace tiempo extinta para mí. Entonces se desvió hacia Derrida, de quien también me había liberado. Me vi pues obligado a culebrear haciéndole el quite a sus preguntas, todo en un castellano miserable, por fortuna secundado caritativamente por mis acompañantes. Con todo, tengo del encuentro un recuerdo intenso: a tal punto el poeta en la penumbra, rodeado de los suyos, entre guiños de ojo y sonrisas que alternaban malicia y humanidad, emanaba un encanto total. Comprendí ese día que al hombre le gustaba agradar.

Un primer encuentro no podía quedarse sin segundo: sucedió durante un fin de semana, con vista al mar y en ambiente familiar. A las comidas exquisitas, donde se mezclaban con entusiasmo los mariscos y los buenos vinos, se sumaron pronto la música y el baile. Don Nicanor, centro de la atención general pero sin aspavientos, invitó a mi esposa a bailar; con un paso del todo sobrio, se dio el gusto de mostrar que era un buen bailarín. Fueron días de pura poesía, en los que tuve la ocasión de decirle, o más bien de repetirle pues ya se lo había ciertamente dicho en nuestro primer encuentro, que me gustaría traducirlo, traducirlo de comienzo a fin. La idea pareció gustarle, me dio inmediatamente su acuerdo, con un dejo de malicia en la mirada. De todas formas, pasase lo que pasase, a esas alturas ya contaba con mi simpatía, rendido como estaba ante los trazos de humor con que había coloreado esos dos días. Y es que al hombre le gustaba reírse, y lo poco que lo había leído me permitía darme cuenta de que estaba ante un humornegrista, especie de mi gusto.

Esos fueron nuestros únicos encuentros; dos muy buenos recuerdos. Pero con el pasar de los años dos amigos, Jorge Palacios y el fotógrafo Marcelo Porta, a quien debemos imágenes excepcionales del poeta en funciones profesorales, mantuvieron entre Parra y su eventual traductor relaciones en que la distancia no mermó la amistad. Por mi parte, gracias a Internet, seguía de bastante cerca la actualidad editorial del poeta, los grandes eventos de su vida pública y su popularidad creciente.

Fue sólo más tarde que comprendí mi dolor. En la fascinación del descubrimiento me había embarcado en esto de traducir a Parra de comienzo a fin. Lo que efectivamente hice, durante mucho tiempo, creyendo haberlo comprendido todo. Pero poco a poco, al instruirme paulatinamente sobre Chile, sobre su poesía, su literatura, su historia, y ante todo, sobre su cultura popular, sus maneras de hablar, proverbios, bromas tradicionales, juegos de palabras rituales, en fin, sobre todo aquello que el cineasta Raúl Ruiz llamó con acierto y precisamente a propósito de Parra “el grado cero de la chilenidad”, terminé comprendiendo que no, que no había comprendido nada de nada.

El virtuosismo de Parra en el arte de la alusión, del doble sentido, en la “talla” que cohabita con citas de la alta cultura clásica, no podía sino escapársele a un francesito pretencioso que ignoraba todo acerca de lo que debe ser llamado efectivamente la chilenidad. En cierto sentido, durante algunos años, yo entré a Chile por Parra tanto como entré a Parra por Chile. Tuve pues que revisarlo todo, tratando de ponerme a la altura del enorme talento del poeta. En el camino, iluminado poco a poco, comprendí por qué todos los chilenos que conocía lo encontraban tan agudo, tan divertido, y simplemente lo adoraban.

Logré no obstante terminar una traducción, si no de todo Parra, al menos de casi todos los poemas publicados hasta el año 2000. Tras lo cual, deseoso de compartir con los lectores franceses mi gran interés por el poeta, y por Chile, comencé a buscar editor. Contactados por mí, varios declinaron el ofrecimiento. Nadie veía o quería ver quién era este Nicanor Parra. Aunque precisara que era “hermano de Violeta Parra”, y hasta le tarareara a alguno “Gracias a la vida” al oído, manera de ubicarlo, seguían sin ver. Con el tiempo don Nicanor cosechaba premios: el Juan Rulfo en México (1991), en España el Reina Sofía (2001) e incluso, consagración suprema, el Cervantes (2011). Pero no, todavía no.

Sería necesaria la concurrencia de la misma pasión por la obra de Parra de Felipe Tupper, en la época agregado cultural de Chile en París, y de François Vitrani, director de la Maison de l’Amérique latine, así como la cálida acogida de Maurice Olender, quien dirige la “Biblioteca del siglo XXI” en Éditions du Seuil, para que el proyecto tomase forma. Les agradezco el haberme dado la oportunidad, amistosa y eficazmente secundado por Felipe Tupper, de hacer realidad este reto algo delirante que me había impuesto hace ya casi un cuarto de siglo, traducir a Parra, cuando hoy, confieso, lo considero en el fondo intraducible. Tratar al francés y a Francia como Parra ha tratado al castellano y a Chile exigiría un esfuerzo completamente otro. Me contentaría saber que doy al menos un atisbo por donde cada uno pueda penetrar en el universo de Nicanor Parra, lleno de un lirismo estallado donde se engastan perlas para los cerdos que somos todos.

Parra se me aparece hoy como un parrásito singular, quien a fuerza de parradojas, parrábolas e incluso parralogismos ha logrado contaminar toda la poesía no sólo chilena, sino en lengua española, y lo ha hecho en el lenguaje de todos, en el idioma de su pueblo, por lo que los chilenos, a quienes también les gusta reírse de todo en sus tierras movedizas, lo adoran.

Mírenlo en Internet: Parra rock-star, pícaro ilustrado, ecopunk del no future, declamando sus poemas con un arte de clown mientras los asistentes se retuercen de la risa –por buenas razones, quiero decir, con una risa lúcida. En verdad, poeta único este Parra.

A través de la distancia lo saludo, a él y a su prodigiosa edad: ¡Je vous embrasse, don Nicanor!

Texto traducido por Andrés Claro

Poemes et Antipoemes – Anthologie (1937-2014)
Nicanor Parra
La Librairie du XXIe siècle, 2017, 684 páginas