El escritor chileno Luis Sepúlveda ha encontrado en la literatura un espacio para la memoria porque, asegura, no quiere olvidar y por eso retoma en su nueva novela escenarios del Chile de Pinochet en contra de los que han defendido “la amnesia como razón de Estado”.

“El fin de la historia”, editado por Tusquets, es el título de la nueva novela de Sepúlveda (Ovalle, Chile, 1949), escritor afincado en la región española de Asturias (norte) desde hace más de 20 años.

En esta nueva obra recupera a Juan Belmonte, un viejo conocido con el que se siente muy identificado ya que dio parte de su vida a este personaje literario en el libro “Nombre de torero” (1994).

Su personaje y él tienen la misma edad, 67 años, y han vivido los duros años de la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990).

“El fin de la historia”, explica Sepúlveda, está dedicado a su compañera, Carmen Yáñez “Sonia”, la prisionera 824, y a “todas y todos los que pasaron por el infierno de Villa Grimaldi”, uno de los principales campos de exterminio y tortura del gobierno de Pinochet, como lo es también la mujer de su protagonista literario, Verónica.

Sepúlveda dice que la literatura es una forma de compartir con la gente la necesidad de preservar la memoria aunque, cree que toda la literatura lo hace y pone como ejemplo autores como Emilio Salgari, cuyas novelas de aventuras eran también escritos anticolonialistas, o las de Julio Verne, libros de “anticipación” que también denunciaban “el oscurantismo y la estupidez”.

“El capitán Nemo es el prototipo de anarquista ideal”, señala Sepúlveda, quien cree que el único deber del escritor es “escribir bien y contar buenas historias”.

La novela comienza con un episodio real ocurrido en 2005, cuando una delegación de cosacos acudió al Gobierno chileno para negociar la liberación de un criminal de guerra condenado por crímenes contra la Humanidad, Miguel Krasnoff, con el “folclórico argumento” de que era el último “gran atamán” (autoridad máxima para los cosacos).

El autor se planteó qué ocurriría si, efectivamente, estos cosacos enviaran a un grupo a intentar liberar Krassnoff, y cómo habría que hacerles frente, para lo que consideró que habría que recuperar literariamente a Juan Belmonte.

Es a raíz de este episodio cuando Belmonte, retirado con su mujer en una casa frente al mar tras haber librado mil batallas, muchas de ellas con Salvador Allende, es reclamado por los servicios secretos rusos para impedir esa operación de los cosacos.

Todo lo que hace Belmonte es por su compañera Verónica, que nunca se ha recuperado por completo de las torturas sufridas durante la dictadura, señala el autor, que explica que la mujer “pierde el contacto con la realidad”.

Verónica ha sido tratada en una clínica danesa especializada en víctimas de tortura, un centro real que el autor conoció para visitar a la hija de “un amigo muy querido” a la que también habían torturado: “Estaba vegetal, físicamente sana pero en un autismo permanente”.

Las secuelas de las torturas suponen para Sepúlveda un tema conflictivo: “O lo tratas con mucho pudor o no lo tratas”, explica, porque las víctimas tienen un “tremendo pudor” a hablar sobre ello.

En la novela, el autor realiza un “paseo por el siglo XX contado a través de los personajes”, pero alejado del ensayo, explica Sepúlveda, que ha reunido más de 600 páginas de documentación sobre la historia de los cosacos que luego se han convertido “en dos páginas de literatura”.

Entre otros personajes reales que aparecen en la novela está también Miguel Ortuzar, un chileno que fue cocinero del dictador ruso Iósif Stalin.