Alguna vez ser de izquierda fue una especie de inteligencia crítica subversiva que rompía el canon de la política tradicional, representada por el sentido común de derecha, hoy, como la izquierda es parte del canon político y maneja a destajos eso que llaman la agenda pública nacional con el protagonismo de la escena impúdica del reivindicacionismo a todo evento (educación gratuita, defensa de derechos de género, mapuchismo, cambio de sistemas de pensiones, etc.), es igual o tan conservadora como la derecha, sólo cambia el color de piel y las costumbres vestimentarias (a pesar del abajismo y de los negros UDI). La institucionalización de la izquierda es un triunfo histórico, sobre todo tomando en cuenta que fue perseguida criminalmente hasta no hace mucho tiempo.

No todos los que pertenecemos a algunas de las subculturas de la izquierda local hemos tenido la posibilidad de sobrevivir sin sobresaltos, muy a distancia de las nuevas generaciones oportunísticas surgidas en la zona de confort de la democracia cautelada y filiadas por la mediocridad y el fracaso del proyecto socialista. Y hemos sido testigos directos de sus giros movimientales y tribales, y de su ansiedad por ocupar áreas de poder sin proyecto estratégico claro.

He participado de varios proyectos políticos con grupos de la izquierda no ligados a la concertación o NM (a los que siempre le negamos la calidad de serlo, porque en términos latos los considerábamos unos traidores) en los pueblos que me ha tocado habitar. Lo de Valpo, por ejemplo, fue un logro objetivo: ganar el municipio, al menos simbólicamente, vino a concretar un deseo que no tenía itinerario en el proyecto histórico del pendejismo izquierdistoso y que alteró la comodidad de la lucha de trincheras.

Ojo, aquí bien vale una leve explicación, porque hay que hacer un corte. Yo, como tanto otros vecinos y habitantes de la ciudad , pertenecía a un grupo ciudadano llamado La Matriz, hoy casi extinto por la barbarie política partidística, y que fue el que diseñó en parte el modelo de gestión del triunfo electoral y las bases programáticas del proyecto político. La paradoja del éxito político radica, en parte, en la pomada no partidista ni tribal que se vendió, sustentada en una alianza política (y de clases) muy amplia, en donde las palabras clave fueron ciudadanía y territorio (gestión local).

El Pacto Urbano La Matriz (PULM) era un grupo variopinto, muy pocos con experiencia política anterior y sobre todo con una vocación ciudadana y barrial, preocupado del entorno urbano y natural, y cuyas raíces estaban en las luchas locales, como la pelea contra la especulación inmobiliaria, como es el caso del grupo de vecinos del barrio O´Higgins o contra el proyecto de expansión portuaria, el T2, por nombrar luchas emblemáticas.

Hubo un momento en que hubo que acercarse a las burocracias partidarias universitarias, porque correspondía al modelo aliancista o de suma de voluntades. No podía ser de otro modo porque la trama legal beneficia al modelo hegemónico de las tribus partidarias. Y como nosotros no teníamos ese diseño amalditado y ventajista de las montoneras ideológicas, no nos interesaba la conducción obsesiva del proceso. Es decir, jugamos a participar de la democracia comprometida y de modo estructural.

Yo entre medio escribí un librito (un fanzine) que intentaba dar cuenta del trasfondo épico que podía tener la contienda y contribuir documental y teóricamente a un proceso “histórico” ciudadanístico que podía ser de interés para otros movimientos ciudadanos, pero no tuvo mayor relevancia porque apareció justo en el momento en que surgía el negociado del Frente Amplio en el mercado político y yo me opuse, como muchos de la Matriz, en un comienzo, y ese rechazo lo expresé en los medios. Y me cayó encima el stalinismo municipal y la cagada de libro pasó desapercibido.

No nos opusimos al Frente Amplio en sí mismo (de hecho voy a votar por Mayol en las primarias y por Brito en las parlamentarias, porque los RD son más decentitos), sino que no queríamos que se confundieran las cosas, porque el que resultó elegido alcalde no fue electo por ese colectivo, sino por el Movimiento Valparaíso Ciudadano. Y el escamoteo de un capital político suele pagarse caro. Ojo, el librito se llama “Valpo, la Patria Municipal”, por si quiere comprarlo, queridísimo lector. El texto sólo sirve como crónica inicial de un acontecimiento político, aunque valga callampa. Incluso, alguna vez mi editor se imaginó, ingenuamente, que podía presentarlo el mismo alcalde (porque yo hablaba hasta bien del cabro ese), quien no debe ni saber de su existencia.

Parte del resultado de ese proceso es que toda la clase política chilensis, como táctica perversa, está apelando al capital ciudadano, como base de la afirmatividad republicana, compromiso que se abandona al momento de encaramarse al power, de eso no hay duda. Y hay una razón bien doméstica que nuestra ingenuidad no había sopesado en toda su magnitud, aunque algunos planteamos insistentemente que había que generar mecanismos para ocupar los cargos respectivos.

El detalle es que un ingrediente clave de este tipo de proyectos políticos es la colocación laboral de mucho patipelado ordaca que anda especulando ideológicamente por el barrio. Y el pacto la Matriz, creo o me imagino, no fue la excepción. A mucha de nuestra gente la cooptaron ofreciéndoles peguitas, y con eso neutralizaron la función fiscalizadora que debía ejercer nuestra organización, porque esa era su impronta. Puta que lo lamento.

El cahuín del barrio, porque esta ciudad es chica, dice que los autonomistas son de una voracidad patológica, algo ignorantes y a nivel de subjetividad (psicoanalíticamente, digamos) sólo quieren matar al padre.

Esta cultura pendejística del autonomismo ni siquiera es tributaria del marxismo o de los discursos del pensamiento crítico moderno. No es muy probable que hayan pasado por la escuela de Frankfurt, por el posestructuralismo o por el rock star de las redes sociales, Zizek. Yo creo que se han educado con los informes Unesco o algo así. Uno tampoco cacha mucho, pero por lo menos yo no me dedico a esa huevada de la política. Uno es apenas un ciudadano de segunda clase que cree que tiene derecho a la sobrevivencia cultural, al menos.