De pronto la indignación se convirtió en virtud. Desmoronadas ya del todo las utopías socialistas, no fue la revolución el camino de los inconformes, sino la rabia. La condición del revolucionario ya no fue el deseo de otro lugar al que todos los esfuerzos debían dirigirse, sino el nivel de molestia experimentado frente a un presente de abusos. Mientras los viejos izquierdistas buscaban reubicar sus antiguas creencias en los pliegues del capitalismo vencedor, y otros se rendían para entregarse sin demasiados complejos al imperio del dinero, los jóvenes inquietos no hallaban otra causa que la furia y el desdén por los protagonistas de ese fracaso, a los que sin más consideran traidores. Furia porque unos pocos concentraban la inmensa mayoría de la riqueza, porque las decisiones las tomaban siempre los mismos, porque la democracia (donde se supone que la había) olía a mascarada. Pero furia además por no haber vivido ese tiempo en que la épica revolucionaria tenía un asidero.
El Movimiento de los Indignados (o 15M) nacido en España el año 2011 resumió ese sentimiento que rondaba también en otros lugares de Europa y del mundo entero. Eran los tiempos de la Primavera Árabe, de Occupy Wall Street y de las marchas estudiantiles en Chile. Cada uno de ellos sabía perfectamente lo que no les gustaba, pero ninguno tenía claro a dónde dirigirse. Las alternativa profundas se habían esfumado, dejando la rabia presa al interior de ellos mismos.
Al cabo de los años el resultado fue desastroso. En España siguió la derecha, en los países árabes desembarcó el fanatismo religioso, en EE.UU. terminó con Trump en la presidencia y en Chile nos tiene ad portas del retorno de Piñera.
Pero no es eso lo que me da vueltas ahora, sino esto de reemplazar la fuerza de un proyecto por la intensidad de una emoción. De pronto pareciera que ser de izquierda fuera estar indignado, que no fuera ir hacia otra parte sino remitirse a una experiencia interna, que en lugar de mirar a los otros se reconcentrara en uno mismo. Es cierto que Lira Massi decía que los socialistas parecían andar con zapatos que les quedaban chicos, pero al menos creían saber dónde se encontraban los que tenían una horma que les acomodara. Ahora, en cambio, da la impresión que ser de izquierda es jactarse del zapato incómodo. El más revolucionario de pronto se confundió con el más molesto. Una manera, a fin de cuentas, bastante individualista de vivir lo que alguna vez fue la búsqueda del cambio social y la solidaridad con los que viven en el desamparo. Alguna vez el acento estuvo en transformar los modos de producción o en construir al hombre nuevo, pero ahora, atrapados en el capitalismo triunfante, parece sólo quedar la dimensión de nuestro desagrado como testimonio de compromiso.
¿Y si pasáramos de la indignación a la reflexión, del llanto al pensamiento, adentro al afuera, de la autosatisfacción virtuosa a la estrategia para cambiar las cosas? O al menos del llanto a la risa, que es el mejor modo de habitar en la confusión.