Partió como un olor molesto, apenas una brisa ácida que hacía arrugar la nariz unos minutos, y que luego se iba, de manera tan imprevista como había llegado. Era marzo del 2015.

Yeimi Rojas, de entonces 15 años, había comenzado su primer año en el Liceo Industrial Eulogio Gordo Moneo, en la especialidad de mecánica automotriz. Como ella, cientos de adolescentes postulan cada año para uno de los 1800 cupos de matrícula que el establecimiento, conocido en Antofagasta por su excelencia de formación en áreas técnicas, entrega. A pesar de que Yeimi debía cruzar prácticamente toda la ciudad para asistir a clases -su familia vive en la entrada sur de Antofagasta-, estaba feliz.

Pero a finales de 2015 vino “el ruido”. Una explosión – “como un disparo, o como si se hubiese reventado algo”- que interrumpió por algunos minutos la clase. Cuando salieron al recreo, Yeimi encontró a sus amigos de cursos mayores corriendo hacia el segundo piso, aún con el buzo de educación física.

“Está la cagada abajo”, le dijeron jadeando, “el olor está brígido”.

Antes de terminar el año, los episodios comenzaron a ser más frecuentes. “Ahí empezamos a asustarnos, porque cuando nos formaban en uno de los patios, a algunos niños les venía un dolor de cabeza súper fuerte y otros, del puro mareo, se caían de la fila”, relata.

Luego de las primeras evacuaciones, y una vez fuera del Liceo, los alumnos comenzaron a unir cabos: las veces en que durante el año los habían mandado a la casa “porque no había llegado el profesor”, o porque “se había roto una alcantarilla”. Pronto, se dijeron, esto había dejado de ser una buena excusa para irse temprano a la casa. Algo estaba pasando en el Liceo.

SECTOR INDUSTRIAL

El Liceo Industrial Eulogio Gordo Moneo o LIA fue creado en 1966, bajo el nombre de “Centro Educacional Antofagasta”. Su primer edificio se levantó en el sector de Playa Blanca, en la zona centro de la ciudad, pero en 1969, se trasladó a su ubicación actual, entre las avenidas Antonio Rendic, Loa e Isabel Riquelme. En ese entonces, la zona era considerada como el extremo norte de la ciudad, un barrio industrial donde refinerías de petróleo y plantas de ácido sulfúrico convivían con las primeras poblaciones de obreros que se asentaron en la periferia.

Actualmente, la Municipalidad estima en 40 mil los habitantes del sector. Poblaciones como El Golf, Los Pinares y Salitreras Unidas conviven con aproximadamente 50 empresas en un terreno tipificado como de uso industrial. Una especie de “límite imaginario”, marcado por la avenida Azapa, separa la zona residencial al este -donde se encuentran el Cesfam Antonio Rendic, el Liceo y el jardín Junji Caracolitos- del de las empresas y la planta de tratamiento de aguas servidas, ubicadas hacia el oeste en la costa.

Amparo Robles (43), apoderada de tres alumnos del Liceo, creció en la Osvaldo Muñoz, población distante a sólo unas cuadras del sector donde hoy está emplazado el Liceo. “De niña se escuchaban ruidos fuertes en la noche, parecidos a explosiones, y yo me asustaba mucho. Un día mi papá me llevó afuera y, para calmarme, me dijo que los ruidos venían de la Fasa, la planta de ácido sulfúrico donde él trabajaba y que funcionó por años en la esquina de las calles Montegrande y Azapa. La chimenea sacaba un humo naranjo”.

Amparo es también presidenta de “Salvemos nuestra ciudad”, agrupación formada en 2016 por apoderados y juntas de vecinos del sector. “Al comienzo, cuando mis hijos y mi sobrino me contaban sobre las emanaciones, yo no les prestaba mucha atención”, dice. “Hasta que empecé a notar como ellos llegaban con sueño y dolores de cabeza del colegio. Dejaban la mochila y se tiraban a la cama, como atontados, por horas. Ni ganas de comer tenían a la noche”.

Ese año, muchos apoderados comenzaron a llevar a los niños al médico. Para su sorpresa, los doctores y enfermeros del Centro de Atención Médica (CAM) ya tenían un “método” de tratamiento para ellos. “Los miraban y decían, ‘ah, otro que viene del Liceo Industrial. Mándalo a tomar líquido y para la casa’”, denuncia una apoderada perteneciente a la agrupación. Profesores y funcionarios del Cesfam Rendic, quienes debían trasladarse hasta la Mutual para atenderse, afirman haber recibido el mismo trato.

Al poco tiempo, según cuenta Amparo, uno de sus sobrinos comenzó a presentar problemas de memoria. “Pensé que estaba entrando en la edad del pavo, pero él angustiado me decía ‘tía, es que no me acuerdo, se me están olvidando las cosas’. Ahí, hablando con otras apoderadas, me di cuenta que los niños empezaron a tener cuadros de ansiedad, alergias y aquellos que habían sufrido de asma cuando más pequeños, les había vuelto”.

Agrupados con dirigentes sociales de las poblaciones vecinas, del Cesfam Rendic y con el Centro de Estudiantes del Liceo, “Salvemos nuestra ciudad” organizó diferentes manifestaciones. Vistiendo ropa negra y mascarillas, los profesores y estudiantes desfilaron por el sector industrial y hacia el centro de Antofagasta. El 3 de agosto del 2016, cientos de alumnos terminaron una de las marchas lanzando huevos al edificio de la Intendencia. “Queremos que ellos sepan lo que es vivir con un olor a huevo podrido”, apuntó a la televisión local un alumno del LIA. Un lienzo colgado del frontis del liceo, rezaba desafiante: “Notifíquese, el LIA empieza la ofensiva”.

Los requerimientos de la comunidad a las seremías de Salud, Educación y Medio Ambiente se hicieron cada vez más frecuentes. Los apoderados querían saber qué tipo de gases existían en el sector, cuál de las empresas era la responsable, y qué planes tenía el Gobierno Regional para los alumnos.

El 2016, la cartera regional de Salud, encabezada por Lila Vergara, comenzó una fiscalización a las industrias de la zona. En uno de los informes, solicitados vía Ley de Transparencia por los apoderados, se detallan varias irregularidades de las empresas del sector. Cytec, fábrica de productos químicos, fue multada y obligada a paralizar sus funciones por mantener “patios destinados al almacenamiento de sustancias peligrosas (…) a la intemperie”. Caso muy similar al de Ceanol, que además de ser obligada a tener que retirar las “sustancias peligrosas” que mantenía al aire libre, fabricaba piezas de fibra de vidrio “sin autorización y sistemas de control de emisión”. A Cobra Technology, una empresa de lavado de cátodos de cobre, se le multó por usar riles -o residuos industriales en estado líquido- para sus procesos de limpieza.

Para la alcaldesa de Antofagasta, Karen Rojo, las fiscalizaciones de la autoridad sanitaria no han sido suficientes. “Actualmente ellos tienen los instrumentos para poder calificar a una empresa como contaminante o molesta. Eso le permitiría a la Municipalidad tomar las riendas, y sacar a esas empresas mediante un decreto. Cosa que se ha hecho en el pasado con otras industrias”, asevera.

La seremi Vergara, sin embargo asegura que su cartera hace un seguimiento de acuerdo a lo que señala la ley. “Eso significa que en el momento en que las empresas hacen las mejoras respectivas, nosotros hacemos la constatación, y luego les levantamos las sanciones. Es deber de la Municipalidad administrar el territorio”, sostiene.

Como las emanaciones persistían, la seremi de Educación, Jacqueline Barraza, en conjunto con la dirección del liceo, propuso retrasar hasta las 11:30 horas el horario de entrada de los estudiantes de jornada diurna, para así evitar que los alumnos estén expuestos a las emanaciones que son más frecuentes por la mañana. “Es decir, hicieron que los alumnos se adecuaran al horario en que las empresas contaminaban”, dice Amparo Robles.

Además de los documentos solicitados a los organismos regionales mediante Ley de Transparencia, Robles envió más de una carta a la presidenta Michelle Bachelet para contarle el problema que atravesaba la comunidad. A cambio de una respuesta de la Presidenta, recibieron un correo del Coordinador de Requerimientos de la Presidencia, firmada por Felipe Salas -remitida el 16 de diciembre de 2016- donde se recomendaba a los apoderados “transformar el problema en una oportunidad, para realizar talleres sobre la importancia de vivir en un ambiente libre de contaminación”. Lo sintieron como una burla.

Paralelamente y ante la inoperancia de las autoridades, la Corporación Municipal de Desarrollo Social (CMDS) adquirió un equipo sensor multigas. Un aparato del tamaño de una tablet capaz de medir la concentración de ciertos tipos de gases y compuestos en el ambiente. Ante cada nueva emanación, la prevencionista de riesgos contratada especialmente para atender estos casos en el Liceo sacaba el aparato, se dirigía al sector donde el hedor fuera más fuerte, y medía la atmósfera.

El instrumento arrojó la presencia de ácido sulfhídrico y amoniaco. El primero, un compuesto de origen orgánico potencialmente mortal en altas concentraciones -sobre 25 partes por millón o ppm-, y que se caracteriza por irritar ojos, nariz y garganta. El segundo, si bien más desagradable al respirar, tiene un bajo índice de toxicidad, aunque en altas concentraciones podría dañar el sistema respiratorio. Y aunque existían “peaks” de concentraciones de hasta 11 ppm de amoniaco y 5 ppm de ácido sulfhídrico, en el papel esto no implicaba un riesgo mortal. Pero las mediciones arrojaron otra pista: ambos compuestos son característicos del proceso de tratamiento de aguas servidas.

La seremi de Salud cursó multas millonarias e instruyó sumarios a la estatal responsable de la planta de tratamiento Econssa, y a la empresa licitadora del servicio, Sembcorp. Problemas en la “línea de lodos”, es decir, en el tratamiento de la caca, y la falta de tapas en algunos de los depósitos, fueron algunas de las deficiencias encontradas por la seremi el 2016.

Pero en lugar de decrecer, las emanaciones comenzaron a hacerse aún más frecuentes. Si durante 2015 se contabilizaron 13 evacuaciones, al año siguiente esa cifra llegó a 32, es decir, más del doble. Algo no calzaba.

GLICOL, OXIMA Y HEXANOL

El Cesfam Rendic, dicen orgullosamente sus trabajadores y funcionarios, es uno de los pocos lugares del Parque Industrial que puede lucir un jardín, aunque esté compuesto apenas por tres pimientos y un par de plantas que lucen en el frontis del modesto edificio. Distante a dos calles del Liceo hacia el sur, el centro ha debido evacuar -con pacientes incluidos- en más de 30 ocasiones.

Como forma de protesta, desde hace dos semanas los funcionarios del recinto iniciaron una “atención a puertas cerradas”. “Sólo estamos entregando la leche y las vacunas para los vecinos”, dice una de las funcionarias del centro, que prefirió resguardar su identidad. Ella asegura que los problemas respiratorios y de migrañas entre el propio personal es algo habitual.

“Los vecinos venían y preguntaban, ‘oiga, ¿y van a atender mañana o van a cerrar de nuevo por los gases?’. La gente, tristemente, ya se acostumbró al mal olor, igual que nosotros. Si recién cuando llego a la casa me doy cuenta que estoy hedionda. Esta cosa se te pega a la ropa”, relata.

A mediados de mayo, el Cesfam adquirió su propio aparato multigas. Antes, cuenta la funcionaria, la forma en que decidían evacuar era bastante más artesanal: “aunque el olor a ácido fuera muy fuerte, si no teníamos tres pacientes con síntomas, no dejábamos el centro”.

Marcelo Castillo, director operativo de Sembcorp, asegura que los episodios de emanación de gas en el Liceo no tienen una relación directa con el trabajo en la planta, ya que, según sus propias herramientas de monitoreo, las concentraciones de gases como el ácido sulfhídrico y amoniaco detectadas en la planta de tratamiento son menores a las percibidas en los eventos del Liceo y Cesfam.

“Los propios representantes de la comunidad del liceo pudieron constatar lo anterior en una de las visitas que hicieron a la planta, que se extendió por cerca de dos horas. En el mismo momento que ellos visitaban la empresa, donde la situación era de total normalidad, el Liceo y CESFAM estaban siendo evacuados. Por ende, creemos que no existe correlación entre las situaciones de emergencia y la actividad de la planta”, afirma Castillo.

Versión que no satisface a la diputada radical por Antofagasta, Marcela Hernando . “Siempre se ha sabido que existen otras emanaciones en el sector, pero creo que existe consenso en que la empresa que más aporta es la planta de tratamiento de aguas servidas”.

Hernando, que ha solicitado constantemente oficios a la autoridad sanitaria sobre el funcionamiento de la planta, asegura que esta no cuenta con la capacidad para tratar todas las aguas servidas de la ciudad. “Esta planta fue dimensionada cuando Antofagasta tenía la mitad de la población que tiene. Ahora se le hizo una ampliación, que entra en funcionamiento este año, pero que no ha tenido los resultados esperados. Por otro lado, permanecen varios de los procesos con mal funcionamiento”.

Sin embargo, la planta de aguas servidas pareciera no ser el único responsable. Un reciente estudio encargado por el municipio arrojó la presencia de glicol, oxima y hexanol, compuestos potencialmente neurotóxicos utilizados en diferentes procesos industriales, como en la fabricación de lubricantes y disolventes de pintura. Aunque dichos resultados son preliminares, ya que no se han establecido las concentraciones de estos compuestos en el aire – aspecto fundamental para evaluar su toxicidad-, el hallazgo agregó otra preocupación a la comunidad, y abrió el debate sobre la labor de las diferentes industrias que funcionan en el sector: limpieza de placas de cobre, mantención de equipos para la gran minería y una embotelladora de la CCU, entre otros.

“NO VA A QUEDAR NADA”

Este año, lejos de mejorar, el problema se agravó hasta llegar a niveles absurdos. Sólo desde el inicio de clases hasta el mes de junio, el Liceo tuvo que ser evacuado en 42 ocasiones. Casi sin opción, una mesa conformada por la seremi de Educación, representantes de apoderados y profesores del Liceo decidió adelantar las vacaciones de invierno, sin que los alumnos hayan concluido el primer semestre.

“Muchas veces, entrábamos en el nuevo horario, a las 11:30 de la mañana, y en menos de 15 minutos ya estábamos evacuando de nuevo”, cuenta Yeimi Rojas. “Parecía una broma”, dice Marcos Alfaro, profesor de historia y uno de los representantes del Liceo en la mesa. “Las emanaciones que se producían en la mañana dejaban el ambiente contaminado por horas. Y los chicos, apenas entraban, sentían los efectos”, agrega.

Para Karen Rojo, el aumento de emanaciones es otro indicador de que la planta de tratamiento no puede ser la única responsable de lo que están respirando en el sector. “Este es el año en que más fiscalizaciones se le han hecho a Sembcorp, y donde se les ha exigido más mejoras al proceso. Resulta paradójico que entre más exigencias se le hace a la empresa, más emanaciones de gases hay en el lugar”.

Actualmente, el municipio se encuentra trabajando en una modificación al plan regulador de la ciudad, para así poder cambiar el uso de suelo. Un tema que preocupa en la alcaldía, ya que el nuevo Hospital Regional, emplazado en pleno sector industrial, está ad portas de ser inaugurado. “Claro que es preocupante. El Hospital tiene una capacidad gigante, es un centro complejo que espera ser referente en la zona norte, y no podemos permitir que se empiecen a sentir los olores en los pasillos”, plantea la alcaldesa.

La funcionaria del Cesfam, tiene una visión más lapidaria: “para mí que alguien arriba se está haciendo el huevón. Es muy contradictorio que las autoridades se presten a inaugurar un Hospital en un sector que todo el mundo sabe está contaminado”, dice.

Amparo Robles repara en un hecho sobre el que ni una de las autoridades que esperan inaugurar el hospital ha mencionado. Y es que, en el mismo lugar donde está emplazado el nuevo hospital, funcionó por más de 20 años la planta de tratamiento de ácido sulfúrico Eulogio Gordo Moneo, o Fasa. La misma donde trabajó su padre. “Hace años, con mi papá tratamos de buscar a sus antiguos compañeros de la planta, pero uno a uno nos fuimos dando cuenta de que prácticamente todos habían muerto muy jóvenes, y de cáncer. Poco después, mi viejo también se fue por un tumor en el estómago”.

La última información comunicada por la seremi de Educación, Jacqueline Barraza, es que a los estudiantes se les extenderán sus vacaciones, hasta al menos el 10 de julio y que aún se está evaluando dónde terminarán su año escolar. Paralelamente, empresas como Econssa, Sembcorp y Alto Norte, empresa minera que compra aguas tratadas por la planta, suscribieron un acuerdo de soluciones para reducir el impacto de las emanaciones. Uno de los puntos estipula que Alto Norte realice mejoras al “cierre perimetral del Liceo”, lo que según el profesor Alfaro, implica la construcción de un muro más alto para el establecimiento. Algo que difícilmente podría detener los efectos de las emanaciones en los alumnos.

El lamento de Amparo, es que lo que ocurre en el sector industrial es sólo un reflejo de lo que es vivir en Antofagasta, una de las regiones más saturadas por la contaminación en Chile. “Tienen que cuidar a Antofagasta, porque somos la gallina de los huevos de oro del país. Hoy todo se paga con el dinero del cobre y las industrias de acá, pero después vamos a estar muertos, y no va a quedar nada”.