En los doce relatos que conforman “Mundo salvaje”, los animales simbolizan —como de costumbre— la inocencia. Encarnan la debilidad, la ausencia de entendimiento. Comparten con los niños la falta de poder, de soberanía. Son víctimas (o beneficiarios) de la voluntad humana, que ha redefinido su naturaleza o los ha obligado a adaptarse. “No sienten dolor” […] “Por eso no traicionan, no mienten, no te hacen creer cosas que no son”, se afirma de ellos en uno de los cuentos, ignorando deliberadamente que precisamente la falta de agencia detrás de su supuesta pureza es aquello que sujeta a los animales a un lugar de subordinación absoluta. Aunque tal vez, siguiendo a Frans de Waal y sus investigaciones sobre los chimpancés y otros mamíferos, podría decirse que algunos animales actúan, por ejemplo en sus relaciones, en base a principios de reciprocidad y empatía. Como fuere, y a pesar de ocupar los animales como una cifra y un punto de fuga para resolver sus narraciones (sobre todos los finales), López-Aliaga no ofrece una interpretación arriesgada o cuando menos novedosa del lugar que ocupan actualmente los animales en sociedad.

Lo que si hace López-Aliaga es demostrar, en algunos de sus cuentos, su experiencia en el género (“Mundo salvaje es su tercer libro de cuentos”). Relatos como “El año del chancho”, cuyo desenlace, aunque previsible, logra manifestar la crueldad que se anida en los corazones del privilegio; “León chino, “La voz de los pájaros” y “El bicho” no desentonan en el panorama actual; en ellos hay economía en el manejo del lenguaje y esa característica a estas alturas connatural a los cuentos: la inminencia de algo siniestro o desconocido, por lo menos de algo extraño, de algo que romperá para siempre el fluir de la vida.

En otros relatos, en cambio, esa inminencia no se da. Acaban siendo cuentos estáticos que, carentes de cualquier tensión, se leen como una sucesión de frases —varias de una parquedad exasperante—que marchan a la línea de llegada con la sola aspiración de volver pronto a la cama. “Un pájaro negro”, por ejemplo, no pasa de una postal nostálgica de trenes, enamoramientos juveniles e incesto, en el que el final llega apurado, como un quiebre y un recuerdo, marcando la distancia entre dos tiempos y unos buenos dientes y otros malos. “Crías”, el cuento que abre el libro, frisa la intrascendencia total.

A pesar de su veteranía y la incuestionable capacidad de López-Aliaga para estructurar relatos, “Mundo salvaje” es un libro al que se le echa en falta menos control, más libertad en el giro de las frases, más, en definitiva, salvajismo.

Mundo salvaje
Luis López-Aliaga
Emecé, 2017, 170 páginas.