Me mandó un whatsapp el Gabriel Boric pidiéndome explicaciones por una columna en que pelo a los autonomistas de Valpo por su irremediable voracidad, entre otras cosas. En buena onda, eso sí. Y le envié una largo correo reivindicando el espíritu fiscalizador de la política hoy día y contra el conservadurismo de alinearse ideológicamente a todo evento con el cara de líder que te tocó según gracia divina y que te sustenta el drenaje utópico.

El concepto clave de la otra política, para no decir nueva, es diversificar el régimen de la alteridad (no sé exactamente qué es eso, pero debe implicar miradas oblicuas y relaciones horizontales, etc), ampliar las expectativas de diálogo, con otro registro de lo hablable, y mejorar la performance gestional. Y sobre todo, no llevarse para la casa las instituciones o no considerar la política como una toma impúdica de lugares públicos.

Yo lamentaba amargamente las operaciones perversas del hegemonismo centralista contra las opciones ciudadanas locales, que debieran ser hoy en día el centro de la lucha política emancipadora. El Frente Amplio es la negación de la autonomía y de la independencia política, que fue alguna vez una de las ofertas estratégicas de la izquierda, y al final resultó una impostura engañosa. Lo importante es que todo debe terminar en una resonante derrota que es lo que nos corresponde como destino histórico.

El otro día comentaba con mi editora lo del protagonismo pendejo en literatura y en política de toda esa generación maldita, mamona e insaciable, que copa la escena mediática con su imaginería de lo no resuelto y su resentimiento contra nuestro fracaso estratégico. Y todo ese negocio que han hecho con nuestros proyectos inconclusos. Es decir, ocupando impúdicamente un capital que no les corresponde. Yo asumo que no les tengo paciencia a las nuevas generaciones perversas. Su chulerío kitsch los conduce inexorablemente por la barbarie arrogante o el síndrome maximalista de una generación que lo quiere todo, es decir, nada, sólo el vacío de la insaciabilidad perturbadora. Quieren y adoran la picantería presidencial y, por lo tanto, aspiran a ocupar lugares donde imponer y colocar sus banderas cochinas y mal impresas. No hay oferta genuina en todo esto. Lo mejor es que nadie gane, insisto. Y eso ya es un hecho, no creo que vote mucha población, a pesar de la publicitación absolutamente sobredimensionada de los medios.

Extrañamente, aquí no funciona el viejo argumento con que nos manipulaban los publicistas de no visibilizar lo que no vende, la política no le interesa a la gran mayoría de la población, pero como es preocupación de las élites no hay problema, estamos condenados a soportar esa habla persuasiva a la que le tributan desde el cerderío facista más putrefacto, pasando por un liberalismo que asume las culpas del modelo y un progresismo corrupto, rematando en el delirio izquierdistoso más pendejístico y mamón.

Justo que estoy en esa problemática de mierda, en que empieza a fallar el suelo republicano, y una amiga organiza un viaje a Buenos Aires. Y lo encontré de todo gusto, para cambiar de atmósfera un ratito. Va mi editor y otras amigas cómplices. Argentina está en una joda política distinta, pero es útil ver los contrastes y también las cosas comunes. Aunque es muy distinto ir de paseo. Me sirve para escapar de Chile un rato. Además, aprovecho de reencontrarme con mi amigo argentino con el que hicimos el camino del inca hace 36 años, en pleno invierno boliviano, en una época en que casi toda América latina estaba invadida por dictaduras. Ese reencuentro es hermoso, porque la amistad es una de las patrias más bellas.

Mis amigotas con las que viajo son impresionantes. Sin mujeres como esas nuestro país no funcionaría. Hacen del acto de viajar una poética del desplazamiento. No concibo mi vida político cultural sin estos quiebres de la continuidad. Eso incluye tener muchos más amigas que amigos, lo que es más interesante políticamente hablando, porque el mundo es mucho más amplio y adquiere otras complejidades. Es un tipo de mirada que provoca efectivamente ese desplazamiento posible del objeto provocado por un cambio en la posición del observador, que correspondería a la definición que da Zizek del concepto de paralaje (palabrota rara).

Es decir, es necesaria una mirada otra, a partir de una reubicación postural que implique que el objeto político adquiera otra forma y hablemos de ello de otra manera. Podemos estar de acuerdo con la tesis negativa de que la educación no debe ser un negocio, pero en la práctica sí lo es ser dirigente estudiantil, porque luego viene la carrera política, por dar un ejemplo.

Termino estas líneas difusas en un departamento en Buenos Aires, en un barrio bonito que no me atrevo a decir cuál es, por temor a desperfilarme demasiado. Acabo de llegar de la librería El Ateneo en donde compré un libro de la Hannah Arendt y unas novelas de Antonio di Benedetto. Viajar es la única verdad.