Según un estudio de la Unesco realizado el año 2012, Chile era el país que menos leía voluntariamente en América Latina: sólo un 7 por ciento de las personas afirmaba leer recreativamente, en comparación al 70 por ciento de Argentina y al 47 por ciento de Brasil, lo que parecería respaldar la idea de que niños y jóvenes leen poco.

Sin embargo, el éxito de fenómenos literarios -y también del cine, la televisión y del mercado- como “Harry Potter”, “Juego de Tronos” o “Los juegos del Hambre”, han logrado grandes cifras de ventas durante los últimos años. Harry Potter, que cumplió 20 años desde su primera publicación en junio de 1997, ha vendido más de 450 millones de ejemplares en el mundo.

Cabe entonces preguntarse de qué manera este tipo de obras, que se han mediatizado a través de formatos audiovisuales y que cuentan con un amplio mercado anexo que los difunde, han afectado la lectura de las personas, en particular de niños y jóvenes.

Para Anahí Troncoso, coordinadora del Diplomado de Extensión “Literatura para Infancia, Adolescencia y Juventud” de la Facultad de Filosofía y Humanidades, si bien este tipo de sagas no son comparables ya que apelan a públicos y géneros distintos, sí han podido atraer a muchos niños, adolescentes y jóvenes a la lectura, algunos asiduos a este hábito y otros que recién con esas obras se acercaron a los libros.

“Es conflictivo discernir qué tipo de lectura se construye, porque el sentido del consumo está muy presente. No obstante, las sagas apelan generalmente a grandes metarrelatos que motivan a los chicos y chicas, los entretienen, y ese acercamiento a la literatura es, desde mi perspectiva, una gran oportunidad. Esto no porque los jóvenes quieran consumir más obras, y por lo tanto los ‘índices de lectura’ se multipliquen, sino porque leer literatura es una oportunidad para comprender nuestro mundo y atrevernos a transformarlo”, explicó Troncoso.

En esa línea, la docente aseguró que si bien no conoce estudios que den cuenta de si este tipo de obras han influido o no en los índices de lectura, “hay que preguntarse qué es lo que miden exactamente esos índices ¿masividad?, ¿palabras por minuto?, ¿qué es lo que queremos medir realmente y para qué?”.

De esta manera, aseguró que el problema no se encuentra en si más gente lee o si la lectura se masifica o no, sino de que la literatura sea comprendida como un derecho cultural que se debe promover, cuidar, pero nunca imponer. “Creo que a la escuela como institución le falta mucho en este aspecto, porque el sentido de la lectura está muy reducido a resultados, evaluaciones, al desarrollo de competencias y no al diálogo crítico y reflexivo”.

Es por ello que, afirma, muchas veces libros como Harry Potter no son vistos como un material pertinente para los colegios, sin visualizar los grandes conflictos que se presentan en esas novelas, como la crítica al tema racial.

“Cuando les negamos a los chicos y chicas que incorporen sus lecturas al aula, aquellas que a ellos les hacen sentido, les negamos la posibilidad de diálogo. La lectura literaria habilita un espacio para conocer y mirar nuestro mundo desde un lugar diferente. De esta forma podemos repensar nuestra historia, nuestros conflictos y nuestras relaciones”, aseguró Troncoso.