Poco después de la hora de la cena del viernes 15 de julio de 2016, el sonido de los cazabombarderos en vuelo rasante empezó a inquietar a los habitantes de Ankara y Estambul: comenzaba el séptimo golpe militar de la Turquía moderna, que fracasó apenas unas horas después.

Nada hacía presagiar la asonada. Eran semanas de quietud política en el país euroasiático, que acababa de dejar atrás un año movido, con dos elecciones generales que dieron una clara victoria al partido islamista Justicia y Desarrollo (AKP), en el poder desde 2002.

El Parlamento se preparaba para el receso veraniego y el presidente, Recep Tayyip Erdogan, pasaba unos días de vacaciones en la costa del mar Egeo.

Comenzaron los rumores de tiroteos y la televisión informó de que unidades militares con tanques habían bloqueado en Estambul los dos puentes sobre el Bósforo, pero aún se especulaba con que fuera una operación antiterrorista de gran envergadura.

A las 23.05 hora local, el primer ministro, Binali Yildirim, apareció en televisión para anunciar que se trataba de un levantamiento militar por parte de “un grupo dentro del Ejército que se ha alzado”.

Poco después, el aeropuerto Atatürk de Estambul se hallaba totalmente paralizado, sin despegues ni aterrizajes, y rodeado por tanques, mientras que una academia de policía en Ankara era bombardeada desde helicópteros.

Pronto, los sublevados ocuparon la redacción de la radiotelevisión pública TRT y obligaron al equipo a emitir un comunicado en el que afirmaban, sin identificarse, que iban a deponer el Gobierno y reemplazarlo por una “Junta por la Paz en la Patria”.

En respuesta, numerosos diputados acudieron al Parlamento y los cuatro partidos con representación en el hemiciclo expresaron su rotundo rechazo a la asonada.

Poco después de medianoche, Erdogan apareció en televisión a través de la cámara de un teléfono móvil, desde su hotel en la costa del Mar Egeo, para condenar el golpe y hacer un llamamiento a salir a la calle a pararlo.

Luego abandonó el hotel y se trasladó en helicóptero al aeropuerto de Dalaman, donde embarcó en el avión oficial para trasladarse a Estambul, a 470 kilómetros de distancia.

Apenas una hora después de marcharse del edificio, un comando golpista llegó en helicóptero y asaltó el edificio, matando a dos policías.

Los altavoces de las mezquitas en Estambul y Ankara comenzaron a emitir rezos, y decenas de miles de turcos recibieron en sus teléfonos móviles un mensaje, firmado por el presidente, en los que se les exhortaba a resistir.

Varios generales salieron en televisión para asegurar que sus unidades se mantenían fieles al Gobierno, mientras que los funcionarios del AKP contactaron a los afiliados para convocarlos ante los edificios oficiales o hacer frente a las unidades golpistas.

En dos puntos en Estambul los soldados llegaron a disparar a la masa de civiles, pero, a la vez, una enorme muchedumbre afluyó al aeropuerto y los tanques empezaron a retirarse, lo que permitió a la Policía retomar el control de las instalaciones.

Avanzada la noche, helicópteros y tanques bombardearon el Parlamento en Ankara, destruyendo un ala del edificio pero sin causar víctimas entre los diputados ya reunidos.

Mientras tanto, el avión presidencial consiguió aterrizar en el aeropuerto de Atatürk y sobre las 04.00 de la madrugada local Erdogan ofreció una rueda de prensa en la que tildó a los golpistas de “traidores” y aseguró que iban a “pagar un alto precio”.

“Este levantamiento es un gran regalo de Dios para nosotros. Porque el Ejército será limpiado”, agregó.

Aunque en ese momento estaba ya claro que el golpe había fracasado, cinco horas después de que se confirmara su inicio, las escaramuzas continuaron aún durante varias horas.

En ese periodo, un avión rebelde incluso lanzó bombas cerca del palacio presidencial de Ankara, matando a cinco personas.

Momentos después, los soldados sobre el puente del Bósforo depusieron las armas, y en las horas siguientes se rindieron los últimos grupos atrincherados en algunos cuarteles.

El Gobierno cifró el número de muertos en 249, entre ellos 62 policías, a los que se suman 24 fallecidos en el bando golpista.