El otro día descubrí que la borra del café limpia muy bien el güater o el retrete (o excusado), porque es abrasiva y elimina esa especie de costra sedimentaria que suele depositarse en el fondo. Además, sirve de abono para las plantas. Como tomo harto café, de grano tiene que ser, recojo el residuo en un lechero viejo, en el que también acopio el agua del lavaplatos cuando se lava la loza, ese que desperdicia la dueña de casa clásica. Dicha mezcla acuosa, previo raspado con papel de diario de todos los restos de comida (para evitar que el lavaplato sea un basurero), lo tiro al güater, en vez de tirar la cadena y malgastar agua. Soy más ecológico que la chucha. También recojo el agua de lluvia para regar mi jardín y reciclo todo lo que más puedo mi producción de basura o de residuos. Hago hartas otras cosas análogas, pero no los voy a aburrir con eso, porque responde a prácticas disciplinares que un ciudadano orgánico y con consciencia urbana, realiza sin aspavientos ni histerias escénicas. Esta cuestión es seria, no es para los políticos vende pomadas.

Las conductas domésticas que acabo de mencionar son de la más profunda consecuencia política y no hay, que yo sepa, ningún proyecto político que tenga ese espíritu o esa entrega. La política debiera ser más doméstica, como lo propusimos alguna vez en un colectivo político local de carácter ciudadano, que veía la cosa pública no como un sistema de ganar posiciones, sino, sobre todo, como un modo de ocupar la ciudad y resolver sus problemas. Es decir, nos interesaba la política como el diseño de enclaves humanos sustentables.

Me gusta la metáfora de la basura (la administración de la misma y su capitalización), porque la gestión política fundamental hoy día, se define por lo que hace una ciudad, un país, con sus residuos. Lo que implica temas de planificación urbana y de sustentabilidad. Los municipios no debieran dedicarse a otra cosa que no sea eso. Un país, por otra parte, su objetivo estratégico, en la modernidad actual, sólo debiera estar dedicado al cambio de la matriz energética, a la producción de alimentos y al problema del agua. Y, por cierto, todo lo demás es tecnologías de la administración democrática (lo social, la educación y todas esas cosas blandas se resuelven con una buena tecnología de los acuerdos).

En fin, soy un simple ciudadano que padece la barbarie de la megalomanía política de los partidos que pretenden instalarse, o los ya instalados, en el aparato estatal para defraudarlo y para escenificar relatos sicóticos de construcción de mundo. Y, mientras tanto, en mi barrio, el municipio se echa un belloto añoso y patrimonial, y yo soy amante de los árboles nativos. Y recordé la frase de mi gurú agricultor que yo tuve en Chiloé que me decía que “el árbol podía vivir sin el hombre, pero el hombre no podía vivir sin el árbol”. Recuerdo que la cuestión llamada “ecológica”, al igual que el capítulo “cultura”, son a lo más un decorado programático, un protocolo por cumplir con lo políticamente correcto, pero nada estructural que constituya el corazón de una propuesta.

Estaba en medio de este micro drama político ciudadano, cuando recibí la invitación del grupo de fundadores del Pacto Urbano La Matriz (PULM) a una reunión de camaradería en un restorán local. Sin duda, una gran iniciativa que amenaza con convertirse en un acontecimiento. Nos prometimos amor prolongado e hicimos el análisis político correspondiente. El motivo era sobre todo afectivo, pero como todo en la vida es político, hablamos de la huevada policástrica local y de muchas cosas más. Puta que la pasamos bien. Habíamos una veintena de chiquillos y chiquillas. Una de las conclusiones del encuentro fue afirmar la dimensión ciudadana de la política y la necesidad de fiscalizar y hacer cumplir el programa ciudadano, y por cierto, quedamos de juntarnos otra vez. No hubo una quejumbre generalizada, sino más bien entusiasmo orgánico. También, como es lógico, hubo muchas conversaciones laterales, sólo faltó el bailongo. Y, por supuesto, que fueron nuestros dos concejales.

Alguien, de pronto, preguntó a boca de jarro: “Que levante la mano el que no esté trabajando en la municipalidad”. Y todos los allí presentes la levantamos. Ese es un dato clave, los fundadores siempre estuvimos muy distantes de la política como colocación laboral, que es el gran paradigma que impone la política tradicional. Conscientes de que el efecto Javiera Blanco es la culminación simbólica de esta crisis que atenta contra el corazón mismo de lo que podríamos denominar la democracia.

Porque ese engendro burocrático llamado gobierno de Chile, cuando decide la operación política de neutralizar al parlamento, es porque ya se terminó la posibilidad de lo político. Si alguien en la NM se imaginó que en segunda vuelta alguna negociación con el FA u otros grupos para frenar a la derecha, la prueba de esa imposibilidad la dio el propio gobierno.

El mismo gobierno que decidió reflotar la vulneración de los derechos humanos a través del modelo SENAME de perversión administrativa. Cuando vi, como muchos viejos televidentes, el testimonio del parlamentario René Saffirio en Tolerancia Cero, se nos había olvidado que la añosa tele todavía puede producir impacto, me di cuenta que, como muchos otros ciudadanos, que Chile entró en el pantano de las democracias blandas latinoamericanas.

Finalmente, no me quedó otra alternativa, aprovechando el sol de la mañana en el puerto, que ir a yoga e intentar una meditación improbable o, al menos, recuperar una respiración que siempre trata de escapárseme del cuerpo.