El neoliberalismo se erige sobre lo que podemos llamar una lógica de la acumulación ilimitada. Es decir su finalidad (en términos económicos, porque en términos políticos esto también se replica, pero eso es otro asunto) es simplemente acumular riquezas sin fin. Acá, la palabra finalidad cumple un rol clave, porque se trata de una finalidad que es exclusiva y excluyente: toda la actividad humana se orienta al incremento incesante de la acumulación de riqueza y a nada más.

El asunto es la razón neoliberal. Cuando se instaló a punta de fuego y sangre durante los peores años de la dictadura, fue un claro ejemplo de lo que Harvey llamó como restauración de poder de clase. Pero establecido el nuevo mapa de distribución de riqueza, el neoliberalismo requirió para su establecimiento, trabajar sobre el aseguramiento de sus propias condiciones de reproducción. Entre estas habría que mencionar dos elementos clave y que se encuentran ciertamente articulados, por más que aquí los separemos analíticamente. Por un lado está la extensión del mercado a todas las áreas de nuestra vida, bajo el supuesto que la competencia es el mejor vehículo para el desarrollo humano y el despliegue de la libertad; y, por el otro, la generación de sujetos para los cuales la extensión del mercado a todas las áreas de su vida sea algo razonable y por lo tanto estén dispuestos a participar de ese régimen de competencia con normalidad. Con dispuestos, queremos decir “incorporado”, es decir, pre-reflexivo, natural. Si ambos elementos se desarrollan, el neoliberalismo borra su origen y nos parece que la forma como nos desenvolvemos es la que ha existido desde siempre, que no hay otra posible, y como dice Zizek, se nos hace más fácil imaginar el fin del mundo antes que el fin del capitalismo.

En Chile esto se aplicó al pie de la letra. Respecto de la extensión del mercado a prácticamente la totalidad de la vida social, ya se ha escrito mucho, principalmente desde el 2011 en adelante. A partir de las movilizaciones en torno al sistema educacional, cayó el velo que no nos permitía ver cómo a partir de la denominación casi ontológica del Estado como Estado subsidiario, prácticamente la totalidad de sus servicios fueron convertidos en mercados.
Ahora, como decíamos, para que lo anterior funcione requiere de sujetos “neoliberalizados”. Esto fue la gran victoria cultural de la contrarrevolución capitalista impulsada en dictadura y dentro de la cual los años concertación cumplieron un rol crucial, permitiendo este decante cultural, que no ocurre de un día para otro, sino que requiere de generaciones completas. Y ciertamente se logró. Se logró cuando se disolvió todo lazo de solidaridad social, cuando el consumo se transforma en el principal mecanismo de integración social, cuando la vida no es más que trayectorias individuales, cuando los índices de confianza intersubjetiva son paupérrimos, cuando la participación en organizaciones es una experiencia ajena a la vida de las personas y cuando alcanzamos los niveles de desafección política que hoy tenemos. Pero también se comprueba cuando se socializa como normal –y principalmente en la propia izquierda- el lenguaje neoliberal. Cuando ya no hablamos de gobierno o gobernabilidad, sino de gobernanza (como si administrar un país fuera administrar una empresa), cuando la focalización pareciera ser la única manera razonable de administrar el gasto público, donde el desarrollo de capital humano (y la desaparición del trabajo como fuerza de trabajo) es algo que se persigue, o donde el emprendimiento se transforma en un modo de subjetivación.

Todo esto se logró en el país y la evidencia está a la vista, pero lo que ahora está quedando a la vista de manera más grotesca son sus consecuencias. El caso del SENAME quizás ha sido lo más brutal que hemos visto en el último tiempo, y debe llevar a darnos cuenta que estamos en un punto de inflexión en nuestro país, en el cual, ya no sólo la vida social ha quedado subsumida al mercado, sino que la propia humanidad de nuestra sociedad.

Cuando comenzó el conflicto educacional, la conclusión a la que socialmente se llegó fue que era incompatible que si consideramos a la educación como derecho, ésta pudiera ser administrada por instituciones que lucren. La razón es obvia, sin embargo por el denso velo ideológico que existía por todo lo anterior descrito no lo veíamos: si la finalidad del sistema educacional es la educación no puede ser el ganar dinero, porque si es esto último, la educación queda subordinada a ello. Las consecuencias fueron evidentes (carreras falsas, infraestructura precaria en todos los niveles, deuda, mala calidad, etc.). Si vemos las pensiones es exactamente lo mismo porque es la misma lógica. Si la finalidad de las administradoras es lucrar y no dar buenas pensiones, entonces lucran y no dan buenas pensiones. Las consecuencias están a la vista.

Lo del SENAME no es diferente. La privatización de más del 90% del servicio y su consiguiente orientación a la ganancia responde a la misma lógica, que en este caso mostró su cara más perversa. Si en un sistema orientado a restituir y/o reparar los derechos de niños vulnerados y reinsertarlos socialmente, su finalidad real es lucrar, entonces su finalidad no son las orientaciones recién dichas, y estas quedan subordinadas al lucro. Esto quiere decir, subordinadas a la contabilidad, subordinados a la maximización de las ganancias, al uso eficiente de los recursos, a la reducción de los costos. ¿Qué podría esperarse sino precisamente lo ocurrido si esta lógica opera además en un contexto de vulnerabilidad inimaginable, pobreza, destrucción, violencia, drogadicción, infancia y adolescencia? Es una ecuación obvia y por obvia, escalofriante.

En el conocido estudio de Hannah Arendt a propósito del Juicio a Eichmann (encargado de logística del holocausto nazi), la filósofa plantea que el coronel nazi, que fue presentado como el mayor asesino de Europa, no era un genio del mal, sino más bien un funcionario del mal. Cualquier persona, plantea, en determinadas circunstancias podría operar de este modo. Inmerso dentro de una lógica en la cual la maldad se hace “como trabajo”, el mal termina por banalizarse. En Chile, hoy, la barbarie neoliberal la hemos banalizado y sólo si entendemos esto podremos ponerle un alto. Se transformó en banal lucrar sean cuales sean las circunstancias, y la barbarie producida cuando la finalidad en todas las áreas de la vida social sea el lucro y sólo el lucro nos ha terminado pareciendo normal, admisible. La hemos banalizado. ¿Qué son sino barbarie las pensiones de miseria que reciben los jubilados, las y los abuelos trabajando como empaquetadores en supermercados, los niños violados, vejados, muertos en el SENAME? Estamos en un punto de inflexión donde debemos imperativamente preguntarnos hoy por la sociedad que hemos construido y por dónde está la humanidad en ella. Hemos banalizado la barbarie neoliberal y las consecuencias están a la vista.

Si bien todos los responsables deben pagar política y penalmente por los hechos ocurridos, si reducimos nuestra mirada a las responsabilidades individuales cometeríamos un craso e imperdonable error. Acá hay responsabilidades individuales, sí, pero hay principalmente y ante todo una lógica de funcionamiento donde lo del SENAME es sólo un ejemplo más (quizás de los más terribles por sus consecuencias) en el entramado de instituciones operando desde esta lógica, junto con una sociedad socializada en ella que opera como sostén. Es esto lo que debemos transformar. En momentos de disputas de proyectos sociales, debemos entender que a la barbarie neoliberal debemos oponerle un proyecto que ponga a la humanidad por delante.