Para comprender a cabalidad la alegría en Evópoli la noche de la primaria hay que remitirse al año 2011. El país se estremecía por el reclamo por mejores condiciones educacionales y, principalmente, desahogo financiero para familias endeudadas. Comenzaba a cundir el malestar de la nueva clase media formada al alero de una exitosa transición que demandaba la satisfacción de nuevos estándares con respuestas rápidas. Nuestra elite, sorprendida, no articulaba reacción ante un tsunami cultural que removía los cimientos de una estructura que – como se probaría urbi et orbi a raíz de los casos de financiamiento irregular de la política- requeriría de una cirugía urgente que la reconectara a los pulmones de un sentido común extraviado que ocultaba tras de sí un síntoma grave: la política no parecía un canal legítimo de representación del sentir de la población; peor aún, ésta aparecía como su peor escollo.

Así, la emergencia en casi todo el espectro de nuevos grupos de corte generacional, fuerte raíz ideológica, urbanos e hiperconectados fue la respuesta al anunciado colapso de partidos que no se renovaron y que, como moneda de cambio a la necesaria estabilidad de la transición, se acomodaron a un sistema de turnos y repartos abandonando progresivamente su nexo con las bases y, en algunos casos también, con su raíz ideológica.

Evópoli surge en 2012 como una mezcla de partido y ONG que aglutinaba a gestores del mundo social y profesionales independientes con el sueño de crear un proyecto a 20 años plazo que renovara a la derecha tradicional. Sus elementos diferenciadores no solo se encontraban en su evidente sesgo generacional sino en dos ejes fundantes que buscarían permear su accionar político: un eje liberal y uno de justicia social.

En el primero, se trataba de un proyecto liberal (algunos discutirán que liberal-conservador) cuyas referencias ideológicas se pueden encontrar en John Stuart Mill, Alexis De Tocqueville o Edmund Burke, así como en referentes más modernos como Raymond Aron y John Rawls. Es decir, un proyecto político que confía en las decisiones de los individuos y promueve su libertad estableciendo reglas claras para todos sus miembros.

Y en lo segundo, un eje fuerte de justicia social que prioriza las obligaciones de la sociedad con respecto a sus miembros más desvalidos para igualar sus oportunidades, potenciar sus capacidades y permitir su más pleno desarrollo dentro de la sociedad. Es decir, que fuesen el mérito o el talento y no el origen social los factores de diferencia entre unos y otros.

La primera alegría política se obtuvo en 2013 con la elección de un único diputado, Felipe Kast, que obtuvo más de 22.000 votos en el distrito de Santiago Centro.

Ya en 2015, bajo una nueva ley de partidos que impuso condiciones disuasivas a las agrupaciones en formación, vino el paso de movimiento a partido político siendo Evópoli el único en conseguirlo en las 15 regiones, inscribiendo a más de 19.000 militantes tras un intenso trabajo territorial apoyado en un entusiasta voluntariado joven. Solo dos meses después de formado, el partido se abocó a la municipal, consiguiendo 33 concejales y más 150.000 votos dentro del pacto Chile Vamos, que pasó, a su vez, de 33% al 39%, aumentando en 12% la participación del sector.

Con el verano llegó el tiempo de definiciones presidenciales y, en contra de las voces que auguraban las penas del infierno, se decidió levantar un candidato propio para disputar una primaria, lo que forzó una definición que probó ser acertada. Ello permitió dar movimiento a la estructura recién formada, desplegar territorialmente a los militantes y, principalmente, mostrarle al país las ideas que formaron parte del programa de 130 propuestas elaboradas por nuestro centro de estudios (Horizontal) que agrupó el trabajo de cientos de profesionales afines.

El resultado no puede ser más alentador.

Las primarias de Chile Vamos superaron en 75% la convocatoria de la anterior. Mientras las encuestas asignaban a Kast una posibilidad de 1% contra 11% de la candidata del Frente Amplio, éstos terminaron igualados en votación. Cuando la campaña cayó en la descalificación y el agravio, se antepusieron las ideas para evitar rebajar su nivel. Kast, que en la CEP de diciembre de 2016 marcaba un 40% de conocimiento contra un 60% y un 98% de sus contrincantes consiguió un 15,4% de la votación, 218.000 votos, aumentando en 45% lo conseguido en la votación de concejales y fue capaz de poner en el tapete temas tan relevantes como la imprescindible reforma al Estado o la prioridad de la agenda infancia en las políticas públicas, transformándose en un protagonista político ineludible para el futuro de Chile.

¿Qué viene ahora?

Al cumplir nuestro primer lustro buscaremos plasmar el sueño inicial de tener en el Congreso una derecha moderna, dialogante, abierta al cambio y que defienda su ideario con convicción. Que comprenda -así como comprendieron los socialistas de los años noventa la necesidad de incorporar los instrumentos del mercado para generar bienestar económico- el deber de acentuar los elementos de justicia social y el rol que compete al Estado para emparejar las condiciones iniciales y asegurar el despliegue de la libertad para las personas. De ahí la central profundidad que adquiere su reforma para hacerlo más eficiente, profesional y suficiente para enfrentar el nuevo estadio de desarrollo que el país requiere en un mundo cada vez más integrado y con una ciudadanía cada vez más poderosa y demandante.

Es cierto, Chile cambió y hoy debemos volver a mirarnos, a reconocernos entre chilenos que durante años se dieron la espalda, a atrevernos a cambiar la mirada y tender nuevos puentes.

Para eso seguiremos trabajando.

*Vicepresidente Evópoli. Exministro de Cultura en gobierno de Sebastián Piñera.