Me angustia cuando algo ocupa mi mente en tal nivel que me es imposible hacer mi vida de forma normal. La mayoría de las veces me pasa con niños: pienso todo el día en los whatsapps erráticos que envío y no logro estudiar para la U ni trabajar. Hoy me está pasando y no me lo merezco, la miseria no me la generé yo: el bus del odio. Siempre he creído que gastar energía pensando en lo difícil que fue mi niñez evangélica siendo gay no me va a llevar a ningún lado: me entristece, me hace perder la perspectiva- auto compadecerme tanto no es sano, hay gente que lo pasa y lo pasó mucho más como el hoyo que yo- y por sobre todo no me va a permitir avanzar y ser feliz. Mi método es sencillo: hablar lo menos posible del tema y si lo hago, hacerlo desde la risa, no desde el enchuchamiento. Últimamente se me ha hecho cuesta arriba: Marcela Aranda asistía a la misma iglesia canuta a la que me hacían ir de chico y su marido -Christian Yungue- era mi profesor de filosofía. El colegio fue una constante rodeado de Marcelas Arandas.

Corría feliz en la cancha del colegio, estábamos en educación física y jugábamos a las quemadas. Yo siempre llegaba al final del juego: media una cabeza menos que todo el resto de mi curso, era ágil, flaco y escurridizo. Amaba con mi vida triunfar, sobre todo luego de que me volaran el hoyo en fútbol o casi cualquier otro deporte que exigiera soportar cuerpos a cuerpo con compañeritos gigantes. Me quemaron. Grité chillón e histérico “TZUTZA” cuando la pelota me tocó. Mi profesor de educación física – se llamaba José María- me llevó donde la secretaria: una vieja mala que le caía bien a todos porque hablaba de hueones ricos y decía garabatos. Pensé que tenía suerte de que solo estuviera la secretaria buena onda, pero no. “Tzutza” es de mujer, los hombres no pronuncian la “ch” como “tz”- HABLA COMO HOMBRE- me dijo.

Christian Yungue era más afeminado que la cresta e irónicamente es también una de las personas más absurdas para luchar contra la diversidad sexual y los derechos de las mujeres que he conocido. Hasta hace poco lo tuve en Facebook y posteaba cincuenta noticias falsas al día: gays defendiendo la pedofilia en Canadá, Tritón poniéndole sangre de feto abortado a sus galletas, el “lobby gay” prohibiéndole a los niños tratar de mamá a sus mamás y de papá a sus papás y países legalizando las peticiones del “colectivo transespecie y zoosexual”, gente que quiere transitar a gatito o delfín y está enamorada de pulpos o nutrias. (Seria la raja que el último punto fuera real y todos pudiéramos tener cola jjj)

Solo así, desde la ridiculez, me deja de doler recordar ser pendejo en un mundo de Marcelas Arandas. Fue como el hoyo y eso que – como dice la canción de Alex Anwandter y el epígrafe de Arolas Uribe- yo no sufro como los que sufren de verdad. Muchas veces pensé en suicidarme porque odiaba el colegio, a los canutos y a dios. Me salvó saber que yo podría ir a la U, salir de Chile si me esforzaba, que mis hermanas mayores eran bisexuales, que todo iba mejorar. No todos tienen mi misma suerte y las Marcelas Arandas no hacen diferencias al odiar.

Deseo de todo corazón que ningún niño sufra por el mensaje que ella y su bus están entregando. Me duele saber que sucederá.

*Integrante –con Dominga Bofill- de la banda fleta Cola Condenada.