“¿Has visto la película Matchpoint?”, pregunta desde el otro lado de la mesa Reinaldo Lippi, mientras abre un pequeño bolso gris que tiene cruzado al pecho.

“¿Te acuerdas de esa escena cuando el anillo pega en el borde, y no cae al agua, sino que cae adentro?”, continúa.

El empresario, fundador de la reconocida marca de ropa outdoor que lleva su apellido -la misma que vistieron expedicionarios del Everest y ex presidentes como Ricardo Lagos- saca del interior de su bolso un poco de tabaco, y enrola el primero de varios cigarrillos.

A comienzos de este año, medios como revista Capital y Diario Financiero celebraron la incursión del empresario Andrónico Luksic – quien el 2004 participó de una excursión a los Himalayas- en el rubro de la ropa de montaña. A través del fondo de inversiones privado Endurance, Luksic y otros grupos adquirieron el 40% de Lippi S.A. Una empresa que, según consignó la propia revista Capital, facturó cerca de 40 millones de dólares sólo en 2016.

¿El problema para Reinaldo? Desde hace seis años que no forma parte del directorio de la compañía que fundó, y cuatro desde que se desligó completamente de ella. De hecho, Lippi sostiene que el haberse asociado en 2005 con los actuales directores, Rafael Vielva y Rafael Cvjetkovic -en adelante, los “rafaeles”-, fue la “peor decisión de su vida”.

“Caí en manos de delincuentes del peor nivel, me metí a un mundo donde si no estás con un abogado, te cagan”, dice hoy, ya fuera de la empresa.

Una serie de demandas cruzadas entre Lippi, su exesposa y socia inicial, Vidalina Díaz, y los “rafaeles”, terminaron por quebrar un acuerdo que debía levantar el emprendimiento familiar. Y vaya que lo hizo: actualmente, Lippi S.A cuenta con 40 tiendas a nivel nacional, cinco en Perú, y ya prepara desembarcos en Argentina y Brasil. Eso, sin contar, los puntos de venta que mantienen en Europa, y Norteamérica, que consolidan a la empresa como la marca outdoor con mayor crecimiento del país, sobre sus competidores Patagonia y North Face.

“¿Te acordai de esa escena o no?”, insiste Reinaldo Lippi, intentando encontrar el encendedor dentro de su bolso. “Ese punto cambió toda la película. Si el anillo caía al agua, el hueón estaba cagado, lo pillaban. Pero cayó adentro, y cambió todo el curso de su vida”.

En este caso, el anillo al que Reinaldo se refiere, no cayó de su lado.

INICIO DE LA MARCA

“Cuando tenía 14 o 15 años”, recuerda Lippi, “llegaron al liceo Darío Salas unos señores a hablarnos de talleres de montañismo, y me inscribí altiro”. Se trataba de la Escuela Nacional de Montaña, una iniciativa de la Unidad Popular que buscaba acercar el andinismo a los estratos populares. “Un lindo proyecto que terminó costándole el exilio a varios andinistas famosos, entre ellos Claudio Lucero”.

Las primeras salidas a la cordillera consistían en cursos básicos en cerros de poca dificultad. Rápidamente, le tomó el gusto a la montaña. Pero tras egresar del liceo, y sin la posibilidad de seguir estudiando, se vio obligado a hacer de todo. Montó un negocio vendiendo chalecos que compraba en Tacna, y hasta repartió leche por todo Santiago.

A los 24, una funcionaria de la biblioteca de los jesuitas, a la que era asiduo, le comentó que estaban buscando a alguien para trabajar ahí. Se quedó por cinco años, sin nunca dejar de lado el andinismo.

“Salía a la montaña con los pocos recursos que tenía, lo que era totalmente habitual. En esa época, tener un saco de pluma era esperar que alguna expedición de gringos te lo quisiera vender. Mis primeros zapatos, por ejemplo, fueron unos de segunda mano que le compré a Gastón Oyarzún”, dice.

Dentro de sus primeras expediciones, destaca una cuando intentó cruzar a Argentina. “Fuimos seis andinistas y dos arrieros, y los milicos argentinos nos confundieron por espías chilenos. Nos agarraron a balazos, y nos detuvieron varios días en un regimiento en las afueras de Mendoza. Incluso, me hicieron simulacro de fusilamiento. Me vendaron los ojos, me llevaron a un pasillo y escuché a alguien gritar ‘fuego’. No pensé nada, sólo sentí una sensación muy rara a la altura del pene, creo que me estaba meando. Pero no dispararon. Ahí se me acercó un soldado argentino, ‘tomá, fúmate un faso’, me dijo. Cuando salimos, hicimos dedo al primer bus a Chile”. Ese viaje, recuerda Lippi, debía ser una celebración por su cumpleaños número 18.

“Era súper difícil conseguir ropa de montaña. Entonces yo me la hacía, y me la hacía bien”. Confeccionó su primer saco de pluma con tela de paraguas, y su primera carpa la elaboró a partir de un paracaídas amarillo dado de baja. “Como cosía derechito –mi vieja que era costurera me había enseñado-, me fui haciendo todo”, dice.

En el año 84’ lo despidieron de la biblioteca, luego de que lo sorprendieran imprimiendo panfletos para un 1° de mayo. “Cuando me fui me pagaron 40 lucas. Dejé 20 mil para materiales y telas, y 20 para comer. Así empecé”.

El primer mes, en un taller artesanal que montó en su casa, hizo la primera mochila para vender. “Era color burdeos, me quedó espectacular. Creo que de ahí en más nunca me faltó nada. Ahí empecé a ver futuro, y a parar la olla bien. Junto a la Vidalina, con quien me casé el 83’, empezamos a trabajar en lo que sería la empresa”.

Pero en esos primeros años, Lippi aún no era Lippi. “El nombre de la marca surgió con una expedición al Himalaya, cuando le hice a Rodrigo Jordán parte de su equipo”. En ese entonces, las mochilas y carpas que hacía en el taller de su casa no tenían logo. “Un amigo me mandó uno muy simple. Dos montañas superpuestas y la palabra ‘Lippi’. Yo lo dibujé con un lápiz sobre telas blancas, y las pegué a las mochilas que se fueron al Everest”.

A comienzos de la década del 2000, y ya con el icónico taller de avenida Italia funcionando gracias al boca a boca, la amenaza de que otras empresas del rubro aterrizaran en Chile los hizo moverse. Tras varios años de crecimiento, Reinaldo Lippi y Vidalina Díaz decidieron que era el momento de buscar nuevos socios para que la empresa despegara.

Ahí entraron los “rafaeles”.

“NO SE NECESITAN ABOGADOS”

Año 2005. De un lado de la mesa, Rafel Vielva y Rafael Cvjetkovic, ambos ingenieros industriales de la Universidad Católica y empresarios con trayectoria en el rubro de la ferretería y ropa de seguridad. De su lado está también su abogado particular -y quien hoy forma parte del directorio de Lippi S.A-, Patricio Piddo. Del otro, Reinaldo, Vidalina, y un joven abogado amigo de la pareja, Daniel Stingo.

Las partes, que ya han pasado casi un año intercambiando correos con fórmulas para la constitución de la sociedad, están a pocos pasos de concretar el negocio. Lippi sonríe, espera que este sea su gran salto. Vidalina y Stingo, en cambio, están reticentes. Para romper el hielo, Stingo hace una broma, haciendo referencia a la desordenada personalidad de Reinaldo.

—Perdón, pero yo no voy a permitir que te refieras en esos términos de mi socio— habría dicho Vielva —Reinaldo, por favor dile a este caballero que se retire—.

Para sorpresa de Vidalina y Stingo, Lippi acepta. En una escena insólita, la pareja se quedó sola, negociando con los empresarios y su abogado. Hoy, Reinaldo se lamenta: “Fui un idiota. Pensé que mi socio me quería cuidar”.

“Desde que llegamos a la reunión, Vielva parecía incómodo con la presencia de Daniel. Dijo que no era necesario traer un abogado, que lo que más valía era su palabra”. Vidalina sonríe al recordar esa frase. El 7 de enero de 2005, en la notaría de Iván Tamargo Barros, se constituiría Lippi S.A.

Según consta en el acta, el capital social fue de tres millones de pesos, dividido en 3.000 acciones. De ese monto, Vielva aportó $1.470.000, Cvjetkovic $630.000 y Vidalina Díaz suscribió $450.000. Reinaldo, por otra parte, aportó el dominio de la marca comercial Lippi, el cual fue avaluado en 450 mil pesos. Al final, los rafaeles quedarían con el 70% de las acciones, mientras que Vidalina y Lippi compartirían el 30% restante.

“Es decir, a Reinaldo no le pagaron un puto peso. Nada. La marca que habían desarrollado por años quedó a nombre de la sociedad”, recuerda Daniel Stingo, hoy panelista del matinal Mucho Gusto.

El acuerdo era que los rafaeles aportarían el acceso a créditos y el apoyo logístico, contable y administrativo, lo que se conoce como back office. Reinaldo y Vidalina, además de la marca, pondrían sus conocimientos en confección y los contactos con distribuidores internacionales que ya habían incorporado al negocio.

Al teléfono, Stingo recuerda haber recomendado fuertemente a Lippi el no firmar el acuerdo que, según él, “claramente lo ponía en desventaja”.

PROBLEMAS

En un comienzo, y fuera de las advertencias de su abogado, todo marchaba bien. Reinaldo asumió el cargo de gerente de desarrollo, y realizó viajes a China y Tailandia para buscar mejores proveedores. Incluso, a algunas de estas expediciones iba acompañado de Cjvetkovic. Y aunque durante los primeros dos años su sueldo fue de aproximadamente 250 mil pesos –pagados con boleta de honorarios-, Reinaldo estaba feliz, creía en que el negocio prosperaría. “Sabía que el tiro debía ser más o menos largo, que con el tiempo esto iba a crecer muchísimo”.

“Pero hubo cosas en el camino que nos hicieron dudar”, dice Vidalina.

Una de ellas, por ejemplo, fue el hecho de que, en un comienzo, todas las facturas de la sociedad fueran emitidas a nombre de Vicsa –en lugar de Lippi S.A-, empresa fundada en 2001 por Vielva y Cvjetkovic, dedicada a artículos de seguridad industrial.

Además, se dieron cuenta de que algunas de las clases industriales (categorías con las que el Instituto Nacional de Propiedad Industrial distingue productos), que Lippi había aportado a la sociedad, estaban inscritas a nombre de Vicsa. Es decir, por fuera de la sociedad. Una de ellas, la 25, contemplaba dos rentables productos: vestuario y calzado.

Para Rafel Cvjetkovic, el único de los directores de Lippi S.A que accedió a hablar para este reportaje, todas ellas fueron decisiones en común acuerdo, ya que en la época, Reinaldo mantenía problemas con el Servicio de Impuestos Internos.

“Conocimos a Reinaldo Lippi el 2003, a través de un cliente en común. En ese momento, Reinaldo venía de un mal negocio, tenía un montón de problemas económicos, con Impuestos Internos. Empezamos a conversar y decidimos crear una sociedad para desarrollar la marca Lippi”, cuenta Cvjetkovic.

— Imagino que usted como Rafael Vielva sabían de los problemas tributarios de Reinaldo. Y sabían también que así la sociedad no iba a poder andar.
— Si mal no recuerdo, nos enteramos después de iniciada la sociedad. Recuerdo que no pudimos iniciar el giro, entonces la empresa empezó a funcionar a través de Vicsa.

— ¿En cuánto se valorizó la marca que era Lippi antes de ser S.A?
— Creo que nunca valorizamos la marca, me parece. En el sentido de decir, “sí, esto vale tanto”. Lo que valorizamos mucho más fue el know how de Reinaldo. Yo creo que la marca no valía nada en ese momento.

Según consta en un documento elaborado por el abogado de los rafaeles, Patricio Piddo, la clase 25 –que compete calzado y vestuario- fue inscrita a nombre de Vicsa incluso antes de la constitución social “como forma de protegerla”. La importancia de quién hubiera registrado esa clase ante el Inapi, radicaba en las ganancias que producía: para el año 2011 esta clase significaba el 90% de las ventas de Lippi S.A.

Al tiempo, recuerda Stingo, los accionistas minoritarios comenzaron a protestar por esta situación. “En 2008 intentaron presentar una demanda para disolver la sociedad, porque los rafaeles nunca hicieron reuniones de directorio, o las hacían tarde mal y nunca. No aprobaron ningún balance con Vidalina o Reinaldo, y no daban explicaciones”.

“Desde el primer día que empecé a cachar que algo raro había. Una no será abogada, pero, que todas las facturas estuvieran a nombre de Vicsa, y que al final del trabajo, no hubiera lucas, me parecía raro”, dice Vidalina.

— Luego de firmar en 2005 la constitución de sociedad, ¿recibiste algún tipo de remuneración o hubo algún reparto de utilidades?
— Nunca, y tampoco hubo reparto de utilidades mientras yo estuve participando en Lippi SA.

— ¿Hubo citaciones a reunión de directorio?
—Alguna vez, pero fui a máximo tres en los años en que estuve allí. Por supuesto decían que no había utilidades. O que si las había, que las iban a ocupar en no sé qué cosas. A mí nunca me depositaron un peso.

“Creo que nunca nos repartimos un dividendo”, explica Cvjetkovic. “Si mal no recuerdo, siempre había que invertir más capital del que entraba como flujo. Las primeras tiendas las tuvimos años después”.

— ¿Entonces, reportaban pérdidas?
— Sí, yo creo que sí. El flujo de caja y los balances definitivamente eran negativos. Pero si tú confías en el negocio, puedes estirar este tiempo tanto como quieras. Después de 10 años, la empresa empezó a generar utilidades. Le creímos al negocio nomás.

Como consta en un escrito de demanda del año 2008, Vidalina buscó formas de disolver la sociedad por el “no cumplimiento de normas básicas de la sociedades anónimas”. En el documento, se acusaba a los rafaeles de no citar a juntas de accionistas ni entregar información respecto de la administración. Cuestión que, según otro de los escritos patrocinados por Stingo, “no se ha efectuado durante los casi cuatro años que tiene la sociedad”.

Todas estas iniciativas, finalmente, fueron desistidas. “No tengo claro qué pasó después”, recuerda Stingo. “Yo les dije que el acuerdo como estaba, no les convenía. Los Vielva tenían muy claro que estaban pasando por encima de ellos”.

ACUERDO DE SALIDA

Para los socios de Lippi S.A, los años siguientes fueron, al menos, convulsionados. Junto a las demandas de Vidalina, Reinaldo Lippi trató de recuperar para sí algunas de las clases industriales, como la 25, ante el Inapi. Esto llevó a los rafaeles a demandar a Lippi en 2011, por competencia desleal.

Reinaldo estaba desesperado. “Vamos a perder todo”, le decía a Vidalina. Según cuenta, la única solución que le propuso un abogado fue la de entablar un juicio marcario. “Eso lo hicimos en 2012, y teníamos todas las de ganar, porque era mi apellido. Pero su abogado, Patricio Piddo, me dijo textual ‘te vamos a tener entrampado 10 años en esto, y te vamos a devolver la marca hecha bolsa’. Ahí nos propusieron una salida acordada”.

“Él tuvo la oportunidad de seguir siendo socio. Personalmente conversé el tema con él en la época, pero no quiso seguir. Nos generó un juicio, y en los juicios hay peleas. Él terminó vendiendo sus acciones a un valor bastante alto para la época”, se defiende Cjvetkovic.

Finalmente, el año 2013, Vidalina y Reinaldo firmaron un acuerdo de salida, con el cual se desprendían del 30% que les pertenecía, y que estaba a nombre de Vidalina. Por la operación, Lippi S.A se comprometió a pagarle a Reinaldo 1.350 millones de pesos en cuotas durante cuatro años. El documento buscaba además que las casi 12 demandas cruzadas que existían entre las partes –juicios marcarios, demandas por disolución de sociedad y competencia desleal- fueran depuestas. “Habían muchos líos cruzados”, rememora Cristián Paulus, abogado que representó a Vidalina en la salida de la sociedad.

Otra de las cláusulas del acuerdo establecía que, en adelante, Reinaldo Lippi no podría usar su nombre en ninguna marca relacionada al rubro de la ropa. “Había otras cláusulas ‘especiales’, por ejemplo, que hicieron que Vidalina entregara todas sus cuentas de Facebook en las que se manejaban asuntos relativos al taller. Incluso, cuando se dieron cuenta de que había un cartel de madera en la oficina de Vidalina que decía Lippi, hicieron tremendo escándalo. Hasta le enviaron una certificación por notario para que la quitara”, dice.

Pero Paulus asegura que la negociación se hizo bajo presión. “Claro, no se puede hablar de estafa, porque en rigor hubo dos partes que firmaron un acuerdo, aunque bien acorralados. Porque la contraparte trabajó bajo la amenaza de hacer un ingreso de capital gigante, que en el papel habría diluido a Vidalina y Lippi, y habrían perdido todo”, afirma.

Para Gonzalo Vergara, abogado y máster en Economía y Derecho, este caso “es un reflejo de algo que está en la palestra con el tema de las elecciones presidenciales: ¿qué es lo legalmente correcto, y qué es lo éticamente correcto en los negocios? Hay un ejemplo típico que se enseña en las escuelas de derecho, sobre lo que pasó con Steve Jobs y Apple, donde el creador de una marca específica forma una sociedad y termina siendo marginado de esta”.

Cristian Paulus coincide en que este tipo de prácticas son más habituales de lo que se piensa. “Yo he participado en varios casos así. Me pasó hace unos años con Frutisa, que producía nueces y frutos secos. El creador, Juan Sheng, buscó asociarse para generar más lucas, y encontró un socio a la pinta, que puso plata, máquinas y todo. Aún me acuerdo cuando fuimos a ver el registro de comercio, su socio había hecho un aumento de capital y Sheng se vio diluido a casi 0,01%”.

— ¿Por qué pasa esto?
Si quieres buscarle una respuesta fuera de lo jurídico, te diría que es por ambición. Mira a este gallo de Vielva, que se dio cuenta de que Lippi vendía hasta su apellido. Le invirtió plata para el negocio, y terminó sacándolo.

— Es decir, ¿una ambición que llegó de las dos partes?
Claro. La ambición desmedida de Vielva y el deseo de Lippi de potenciar su negocio. Siempre hay ambición de las dos partes, pero al final siempre gana el que tiene más plata.

CAZADORES DE TALENTO

“Cuando empezamos esto, hablábamos de reciclar, de hacer ropa que durara toda una vida. Pero como toda persona que es amante de algo, Reinaldo no vio nada. Y los rafaeles entraron por ahí, y lo terminaron engañando más que a mí. Eran como unos cazadores de talentos”, dice Vidalina.

— En ese caso, unos muy buenos. Por algo Luksic terminó entrando en el negocio.
— Bueno, ojalá la palabra de Luksic valga lo mismo que la de Vielva, si sabes a que me refiero. Sólo sé que todo se devuelve en esta vida—, reflexiona Vidalina.

Para Cvjetkovic, en cambio, el problema de Lippi tuvo que ver con su poca paciencia. “Pienso que si Reinaldo debería estar enojado con alguien, es con él mismo. Pensó que el negocio iba a crecer mucho más rápido, cosa que no fue así, y esas presiones lo llevaron a enojarse con nosotros”.

Para Reinaldo, esto resulta absurdo, “ellos levantaron un negocio paralelo con Vicsa. Me chuparon toda la información del negocio, generaron utilidades por millones, y para Lippi nada”.

“Todos los días veo a gente usando ropa Lippi en la calle, y tengo un sentimiento súper encontrado. Por un lado, es un hijo mío, un proyecto mío. Los Vielva fueron unos aparecidos. Entonces, por un lado me da mucho orgullo, pero también mucha rabia”, afirma Reinaldo, del otro lado de la mesa donde ya no hay más café.

En abril de este año, Reinaldo recibió el pago de la última cuota de su acuerdo de salida. La pregunta entonces cae de cajón.

— ¿Por qué hacer esto, por qué alegar ahora?
— Es mi derecho a patalear. Ellos cortaron un camino que tenía que ver con mi historia familiar, con lo que yo le iba a dejar a mis cabros. Fue como quitarme a un hijo—, concluye, antes de tomar su tabaco, el encendedor, y los papelillos, para guardarlos cuidadosamente en el pequeño bolso gris marca Lippi que le cuelga del pecho.