De visita por Alemania después de la guerra, Hannah Arendt evalúa —con una lucidez que pone a raya su más que seguro desconsuelo— el estado de cosas del país que tuvo que dejar forzosamente en 1941. De las muchas y muy afiladas observaciones que realiza sobre la conducta del pueblo alemán hay una cuya vigencia sacude como lo haría una inesperada descarga eléctrica. Dice Arendt: “[…] el aspecto probablemente más destacado, y también más terrible, de la huida de los alemanes ante la realidad sea la actitud de tratar los hechos como si fueran opiniones” (¡Fake news!). La realidad de las fábricas de muerte que construyeron para acabar con los judíos europeos, la realidad del programa de purificación racial, la realidad del afán por hacer de Europa una sola bajo la égida del Tercer Reich, no eran para la conciencia de la sociedad alemana de posguerra, sino interpretaciones de dudosa veracidad impuestas por los vencedores. Sigue: “La mayor marca que los nazis dejaron sobre la conciencia de los alemanes fue la de entrenarles para percibir la realidad no como una suma de hechos firmes e innegables sino como un conglomerado de acontecimientos y consignas continuamente cambiantes, de manera que un día podía ser verdadero lo que al día siguiente ya era falso”. La ruina alemana no es únicamente material. De los muchos monumentos y edificaciones, que colapsaron bajo el peso de las bombas, se levantó una conciencia que, inepta para ajustar cuentas con el accionar del Estado totalitario que les tocó en suerte apoyar, ser “cómplices pasivos”, agentes activos de la destrucción y la bancarrota ética y el fin de toda vida buena y, los menos, resistentes, frivoliza la realidad manipulando los hechos hasta que estos coincidan con lo que se supone debería ser verdadero. Arendt remata el punto con una oración tan punzante como desoladora, demostrativa de la pobreza intelectual: “El alemán corriente no busca las causas de la última guerra en los actos del régimen nazi sino en los acontecimientos que provocaron la expulsión de Adán y Eva del Paraíso”.

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El interés que Miguel Lafferte mostraba en su primera novela, “Máquinas de escribir”, por llenar los espacios en blanco de la reciente historia nacional se reitera en “Monte Maravilla”, su segunda entrega. Tal como Arendt, que pasea por las ruinas del suelo patrio en busca de pistas que la ayuden a esclarecer el presente y avizorar el futuro de un país devastado —definitivamente no aprovecha la ocasión para bailar un vals en un montón de escombros—, Lafferte espiga entre los muchos documentos sobre la dictadura para, entre otras cosas, preguntarse: uno, si es posible la venganza y, dos, si es posible construir un relato cabal sobre la dictadura a partir de los múltiples testimonios del horror (misma pregunta que funda la obra de la premio nobel Svetlana Alexievich).

Para ello, pone en acción a Pablo Alfaro, un joven abogado sin mayores perspectivas profesionales, que vive, diríase de prestado, en la que fuera la casa de su difunto abuelo (hay una metáfora en eso, una analogía entre ocupar una casa ajena, por la cual Alfaro apenas mueve un dedo —de hecho, las goteras de la casa se arreglan solas; como le explica un gásfiter, a veces es cuestión de que la presión y la forma de las cañerías se autorregulen— y vivir en un país que carga una historia imposible de reescribir, imposible de reformular para beneficio propio a menos que se arriesgue caer en la máxima frivolidad). Todos los días se arrastra hasta Mata & Lancaster, un estudio de abogados tan activo como un cementerio (“en la oficina no entraba ni la brisa”), donde el trabajo y el orgullo profesional son sentimientos que han sido relegados a la pila de la pasiones inútiles. Allí, entre las frecuentes siestas y los esporádicos casos, departe con César, Boris, el inmutable Drago y Aldunate, el jefe que, al borde de la senilidad o derechamente loco, habla en clave y reparte labores que frisan lo improbable. Uno de esos casos, que en realidad no son casos, termina en el escritorio de Alfaro. A petición, nada expresa, de Benavente, un militar retirado involucrado en casos de violación a los derechos humanos (desapariciones, torturas y asesinatos, para decirlo en buen chileno), Aldunate le encarga a Alfaro que investigue la aparición de un acosador, un espectro que ha irrumpido en los hogares de Benavente y Téllez —otro exuniformado también cliente de la firma—, acusándolos de haberlo transportado y torturado.

Reticente, Alfaro comienza su investigación. Se entrevista con viudas, visita lápidas, viaja por la zona central. Llega a la conclusión que hay un solo sospechoso: Esteban Carranza. ¿El problema? A todas luces Carranza está muerto desde 1976.

Como en toda novela que se sirve de los mecanismos del género policial, “Monte Maravilla” avanza prácticamente sin pausas —Lafferte determina tres espacios como separados de la investigación: las oficinas de Mata & Lancaster, que al modo de “Recursos Humanos” del narrador mexicano Antonio Ortuño, representa la dimensión de la picaresca y, al mismo tiempo, de la alienación; los infrecuentes encuentros con Andrea, una vieja amiga; y los momentos de soledad de Alfaro, que nunca consiguen convertirse en momentos de intimidad (de hecho, “Monte Maravilla” carece de toda intimidad)—. En último término, la investigación, como gustan de decir los periodistas, da un vuelco que lleva a Alfaro a interesarse por Colonia Dignidad (en realidad es Drago quien se lo sugiere, en una de las escasas ocasiones en que abre la boca… ¿o es la única?, la verdad, no consigo recordarlo). Alfaro inaugura, así, su libreta azul, en la que tomará todos sus apuntes y, por una temporada, realizará su oficio como sabueso.

(Resulta curioso, aunque no sea más que una coincidencia, que este año hayan sido editadas dos novelas que usan la forma de la investigación para hablar de Colonia Dignidad, después de años de silencio al respecto. “Sprinters”, de Lola Larra, es la otra. En esa novela el afán es contar la historia del asentamiento liderado por Paul Schäfer desde la perspectiva de quien investiga y se relaciona con una de las colonas, abriendo una ventana a la experiencia cotidiana en la Colonia, mientras, en “Monte Maravilla”, el foco de atención está exclusivamente en los crímenes de los jerarcas y el uso que se le dio como centro de detención. De hecho, el título de la novela de Lafferte alude a un lugar secreto de la Colonia que cumplía la doble función de centro de tortura y campo de trabajos forzados. Como sea, tanto Larra como Lafferte, usan a Colonia Dignidad porque todavía es un espacio que debido a su opacidad admite distintas ficcionalizaciones sin perder verosimilitud.)

Con “Monte Maravilla” Lafferte actualiza la promesa que había insinuado en su primera novela. Su novela demuestra cuán difícil es ser parte de un país que, como la Alemania de Arendt, relativiza los innegables hechos de horror en virtud de lo que se estima un bien superior, digamos la prosperidad o el crecimiento económico, que permite a unos, muy católicos ellos, barrer con la historia y sus muertos asignándoles el dudoso mote de “víctimas de las circunstancias”. Pero, como también dice Arendt, esas gentes parecen inmunes al dolor ajeno: “Y nos gustaría gritar: pero nada de esto es real, lo real son las ruinas, lo real es el espanto del pasado, lo real son los muertos que habéis olvidado”.

Monte Maravilla
Miguel Lafferte
Literatura Random House, 2017,
315 páginas