En el El hechicero y su magia, Lévi-Strauss nos expone la forma en que un cuerpo es capaz de enfermarse -e incluso morir- producto de una maldición pronunciada por el hechicero de la tribu amparado por todo su prestigio social. Si el hechicero maldice a una persona, todos en la tribu comienzan a actuar como si la persona fuera invisible, nadie quiere contagiarse la maldición ni que lo vean con semejante compañía. Esta ley unánime del hielo termina por enfermar fisiológicamente a la persona maldita y, por lo general, deriva en su muerte social primero y luego física. Esa maldición colectiva se nos ha hecho un hábito en Chile: el linchamiento al lanza y el linchamiento vía redes sociales o en la prensa. La cosa es sumarse a cualquier pateadura en el suelo.

Con el VIH, la peste negra y la ancestral y bíblica lepra ha ocurrido algo semejante. La falta de información daba lugar a especulaciones apocalípticas. La gente creía que estaban recibiendo una especie de castigo divino. Está lleno de imágenes al respecto: El niño Jesucristo castiga a la humanidad con la sífilis, por ejemplo. Fue Nostradamus, más conocido como un profeta, pero que también fue un médico de peste en la Francia medieval, que contribuyó a solucionar la propagación de la peste negra –y, de paso, la superstición- con consejos básicos: hervir el agua, quemar los cadáveres, etc.

El capítulo de Lévi-Strauss termina con un comentario del hombre que había sido maldecido por el hechicero de su tribu. Luego de descompensarse dramáticamente y bordear la muerte, es atendido en un hospital de hombres blancos. Le ponen suero y se compone. “La magia del hombre blanco es la más poderosa”, concluye en su convalecencia. Esto puede parecer una defensa del colonialismo para los soñadores que creen en el “buen salvaje”, pero no lo es. Es otro el mensaje: desconfiar de la paranoia colectiva. Del miedo. Pienso en esto, mientras el miedo de alguien me desconcentra. Un estúpido se apresura a abrir el portón de su condominio en Los Nidos con Maruri, Independencia. Me ve y agarra el bolso con firmeza. Finjo que llevo un arma oculta en mi ropa. Me apresuro para que entre en pánico Se tupe. Lo asusto como un fantasma, infantil. Le digo: “ahueonao, no se puede andar con miedo: es esparcirlo, mategüeás”. Desprecio el miedo y la clase media, la ruina política que dejan como huella de oruga sus miserables existencias. Después camino hacia la casa de un familiar escuchando a los haitianos que hablan en creole cuando llegan tarde de sus trabajos. Mi imaginación snob me hace verlos como atletas o jazzistas. En la pizarra de una sanguchería dice con tiza: sandwich au poulet . Pido uno tratando de entender algo cuando hablan creole mientras mastico.

El sábado 29 de julio murió Valentín Riroroko, quien viviera los peores momentos de la colonización en Rapa Nui. Se fugó en un bote hacia alta mar, navegando a la deriva durante 54 días, buscando libertad y mundo. Tiempo después fue proclamado rey de Isla de Pascua. “Un rey pobre”,  señalaba la realizadora Tiziana Panizza, quien lo retrató en su documental Tierra Sola.  Durante la concesión de la Isla de Pascua, por parte de Chile, a la Compañía Explotadora Wiliamson and Balfour, los pascuenses –entre ellos el propio Riroroko-  trabajan como esclavizados y se les restringe la circulación por su propia isla. Es una situación de cárcel y estado de excepción, según Rolf Foerster y Sonia Montecino que publicaron un iluminador estudio sobre la lepra en Rapa Nui que comienza con el testimonio de Valentín Riroroko: “Hasta ese momento [1956] no nos dejaban salir, porque ¡todos éramos leprosos! Y podíamos llevar el contagio desde la isla. Los viejos decían que así consiguieron que no emigráramos y la Compañía pudo tener mano de obra barata durante muchos años. Cuando Chile le arrendó la isla a Merlet ¡nos arrinconaron a balazos!, nos encerraron entre pircas y alambradas y le entregaron nuestra tierra para que la explotara. A mi familia la corrieron de Anakena y a mi abuelo, el rey Riro Kainga, como dije, lo mataron”.

En Koolau el leproso de Jack London, los colonizadores blancos quieren establecer una especie de cárcel-leprosario.  En el relato, un guerrillero leproso  –Koolau, un excelente tirador que dispara con el único que dedo que le queda- les hace la guerra luchando por su dignidad junto a una tropa de gente que se cae a pedazos. Ese infierno de gente deforme y con armas es la pesadilla de las personas temerosas y conservadoras.  Los casos aislados de lepra descubiertos recientemente en el país no constituyen ningún tipo de amenaza, dicen los médicos, pero pueden servir como pretexto para que esa gente haga lo que mejor sabe hacer: discriminar.