Monroe es el país imaginario que creó su hijo Nicolás cuando niño. Era un país que le solucionaba las cosas que no podía resolver en este. Era un país B, alternativo, que no tenía un lugar geográfico específico.“Monroe estaba siempre resolviendo las posibilidades del otro. Entre utopía y ucronía, por así decirlo”, dice Mellado. Nicolás tenía Asperger y era bueno para inventar historias a partir de los libros o películas que veía. En Monroe, Nicolás era un mero observador. “Ese mundo existía pero estaba fuera de él”, cuenta Mellado. A partir de los recuerdos de su hijo, fallecido a los 40 años, tras una leucemia fulminante en febrero de 2015, y de las lecturas que ambos compartieron, Mellado fue armando una novela de aventuras para narrar el imaginario de Nicolás que también tenía una fijación por las historietas heroicas, en especial por Conan, el Bárbaro de Robert E. Howard, y la Guerra del Pacífico. “Era un fabulador endémico”. Así surge Monroe, el libro que acaba de publicar con Hueders, sobre este país imaginario, pero que también tiene una historia paralela: la de N, su hijo, en relación con El Otro que vendría siendo el propio Mellado.

¿Cómo se le ocurrió a tu hijo inventar este país?
-Fue cuando el Nico era chico y me fue a visitar a Chiloé, donde yo vivía. Ahí empezó a hablar de este país. Lo debe haber sacado de alguna ficción que vio o es posible que hayamos visto alguna película de Walt Disney sobre la conquista del Oeste, algo ligado al far west, en donde salía este mundo de las montañas o alguna zona lejana que aparecía como mitificada. No lo sé.

¿Monroe, para él, era un país perfecto?
-No tanto, lo que pasaba ahí era perfecto. Una vez casi se nos incendió una casa en Chiloé, algo que era común allá porque había mucha estufa a leña, no pasó nada, pero todos quedamos muy asustados, y él salió con que “en Monroe, los bomberos hacen esto y actúan así…”. Lo mismo con el terremoto del ‘85. Monroe le solucionaba los temas domésticos o de vida cotidiana.

¿Por qué crees que tu hijo se construyó un país imaginario?
-Siempre los niños se construyen uno. En el caso de él, por las características que tenía como chico asperger, le venía muy bien a su espíritu fabulador. Creo que tenía la necesidad de que estas historias que se inventaba tuvieran una concreción objetual en la vida, a sabiendas que no era posible. Por eso le gustaba coleccionar soldaditos, restos de uniformes, cosas así. Y era divertido. Yo, de repente, lo molestaba y le decía “¡pero esta hueá es típica de facho culiao, a los fachos les gusta coleccionar hueás!”. Y él se asustaba un poco. Pero la pasión guerrera era por el diseño, que yo también tengo, y nada más. Yo un poco empecé a escribir La Batalla de Placilla por él. De hecho, escribí un cuentito en Humillaciones, que se llama El Soldado, que es un soldado que se pierde en la Batalla de Topater, y esa historia me la contó el Nico, a propósito del héroe boliviano Abaroa.

O sea, te empezaste a interesar en esos temas por tu hijo.
-No, porque siempre me gustó. Era un tema familiar. A mi hermano también le gustaba todo lo relacionado a la Guerra del Pacífico. Pero mi hijo se sabía los detalles. Esa pasión implicaba una historia nuestra. La imagen de cuando yo vivía en Chiloé, fue potente para él: un mundo tan salvaje, tan fuera del orden urbano, lo marcó mucho y eso hizo que hablara de este país llamado Monroe. Cuando íbamos a ferias del libro, él se perdía, iba a buscar sus libros. No se preocupaba de ninguna otra cosa más. Siempre cuando había ferias se ponía nervioso, sabía que vería los libros que le gustaban, y era bueno pa preguntar por libros que no habían, o que estaban descontinuados, como el famoso Conan, el Cimmerio que lo anduve buscando por todas las ferias que me invitaron en América Latina. Y cuando lo encontré, ¡no era el que él necesitaba! Y yo se lo había comprado, ja, ja, ja.

¿No le gustó la edición?
-Él quería una con monitos y esta huevá no tenía ni un mono. Era bien tajante. El hueón me lo devolvió y me dijo: “no me sirve, llévatelo”. Y su pieza era fascinante. Bueno, yo me quedé con hartos objetos de él. Era impresionante la cantidad de libros que tenía y lo ordenado que era. Tenía una especie de santuario con unos quepis de la Guerra del Pacífico y unos luchadores de plásticos, feos, ordinarios, que le había regalado mi editor, pero que a él le encantaron. Alguna vez me dijo que quería que lo enterraran vestido de soldado de la Guerra del Pacífico. Y, de alguna manera, eso se dio. Cuando se fue, le puse una gorra en sus manos.

¿Qué otras cosas le gustaban a tu hijo?
-Las películas italianas antiguas de Hércules, Sansón y Ulises que eran lo más malas del planeta. Y, por supuesto, la Guerra del Pacífico. Yo, generalmente, le regalaba souvenirs al respecto.

¿Qué le regalabas?
-Le compraba en la feria de avenida Argentina, en Valparaíso, gorros de la guerra, soldaditos, cosas así. Ahora siempre me pasa que me encuentro con situaciones en que tendríamos que haber estado juntos. Si él estuviera vivo estaríamos viendo Game of Thrones. Hace poco estuve en San Telmo y había una puesta en escena con soldaditos de plomo impresionante, le habría encantado. Yo creo que no lo podría haber sacado de ahí. Esas cosas siempre me están pasando con el Nico, o sea con el recuerdo del Nico. La novela tiene que ver con eso. Es un acto de memoria o la posibilidad del otro como memoria perpetua. Es la indagación fascinante que puede haber en la continuidad del otro en la memoria. Y esos datos de memoria son los únicos que quedan, que no es poco, porque es lo que en uno siempre está. Es la historia de un pseudo país que se parece a este, que es una mala historia, una historia fracasada, con su correlato que tiene que ver con la relación de un padre con su hijo.

Paralelo a la historia de este país imaginario, en el libro cuentas la historia de N, que es la de tu hijo en relación con El Otro, que vendrías siendo tú.
-Sí. El Otro puede ser una especie de paternidad un poco culposa.

¿Por qué?
-Uno siempre se siente al debe con los nenes. O a mí me tocó una cultura en que nosotros siempre vamos a estar al debe. En Chile, al menos.

En una parte de la novela, cuando hablas de N, dices que a ambos los afectó la distancia.
-Sí. Hubo un tiempo en que vivimos muy alejados, cuando me fui a Chiloé y él se quedó en Santiago. Una época en que tendríamos que haber estado juntos.

Haces tu mea culpa.
-No, porque era no más. Las culpas ya fueron. El tema es como ahora uno capitaliza esas culpas pa ver qué sigue pa adelante. Pero es así.

Tu hijo tuvo una relación muy especial con tu mamá.
-Sí. De hecho, cuando ella murió, él se enfermó al rato y se fue. Estaban súper conectados. Eran un equipo. Aparentemente su muerte no le afectó, pero lo concreto es que se fue al rato. Todo fue absolutamente repentino. Como que al Nico este mundo no le servía. Ese es el problema de la construcción del mundo que vivimos, que es tan brutal que, efectivamente, hay algunos que no caben o no cabemos. Y algunos nos hemos entrecomillas adaptado y otros, como él, simplemente optaron por irse de este mundo porque no la pasaba bien. El mundo a veces funcionaba como una agresión, como un tipo de exigencia a la que no podía responder. No tenía armas para enfrentarlo, creo. De eso uno siempre se sentirá responsable porque como padre uno trata de hacerles un mundo, pero uno no es nadie para hacerle un mundo al otro.

Esta novela la tenías lista hace rato.
-Sí. La terminé varias veces porque me costaba mucho construirla. Porque era memoria directa. Y siempre me lo imaginaba a él y me daba pena. Y me costó construirla porque, aparentemente, está fuera de lugar. Es un quiebre con relación al verosímil literario con los que uno trabajaba. Y lo hice odiando la posibilidad de lo literario y recuperando el simple placer de la escritura.

¿Por qué odiando lo literario?
-Lo literario es la pega de mierda, es la literatura pasada por la feca editorial. O sea, por la feca literatosa, no del mundo de las editoriales, sino que de la literatura concebida como un gesto composicional editorial como hacer un libro para que tenga lectores. Quiero mucho a mis alumnos y colegas, pero como me toca vivir en un lugar tan cerdamente provincianístico, allá creen en lo literario de verdad. Y este libro es lo más fracasado posible en ese sentido. Es como un libro no literario. Una simple escritura de la posibilidad.

¿A tu hijo le habría gustado el libro?
-No le habría gustado nada. Faltan monitos, falta más fuerzas, falta el cómic y el predominio de la acción heroica. Le habría cargado.

FANTASÍAS CRIMINALES

Hace rato parecieras que andas descreído de todo.
-Sí, pero para decirlo de una manera elegante: hay que quedarse con muy pocas cositas.

¿Con qué te quedas?
-Con el simple hecho de ser una especie de escritor profesional pa la goma, pero que vive de esta huevá más o menos mal. Funciono con la cagaíta de ser escritor. Traté de ser profesor alguna vez y me fue mal. Pero puedo funcionar. Me quedo con simples cosas: ser lo que soy, tratar de ser papá de las hijas que me quedan, funcionar dentro de lo funcionalizable, asumir el fracaso como corresponde y no ser hijo de puta, por supuesto. Tampoco quiero verdad ni grandes causas. Por supuesto, hay que ser lo más astuto posible para luchar contra los monstruos de verdad: los Ricardo Rincón, los Rossi, los Girardi, los Novoa o los Piñera. En el fondo, luchar contra los grandes hijos de puta. Hay que sacar la política del ámbito de la obsesión caudillera y de creación de liderazgos, como le llaman los siúticos, en que cae la cerdo derecha y la cerdo izquierda. Hay que renunciar al ego sicopático del cerderío mesiánico que eligió la política para ocupar la escena y aparecer como un winner. Hay que ser más zen, hacer más yoga y guardar silencio, callarse de una vez por todas. Dejar de hablar.

¿Qué te parece la señal que dio la Goic?
-Me importa un pico la Democracia Cristiana y ella misma, pero es interesante haber, aparentemente, triunfado contra los Ricardo Rincón de Chile. A los Ricardo Rincón lo único que les interesa es vehiculizar su patología, no perder el lugar que tienen, como casi todo esos hueones de ese conglomerado. En todo caso, ojalá la DC desaparezca, como quiero que desaparezcan casi todos los partidos, pero de alguna manera esos hueones van a sobrevivir siempre. Vivimos un acto patético de decadencia hace rato. Hay que ir solucionando Chile por partes. No podemos seguir viviendo en el país Sename ni en el de las Nabila Rifo. Son hueás estructurales también. Nos hacemos que nos sorprendemos, y en realidad esa huevá siempre existió. Yo no tengo paciencia. Y te lo digo: jamás me dedicaría a la política porque soy mal político, pésimo, yo me dedicaría a matar. No soporto la traición ni las imposturas tan brutales de nuestra gente.

Pero tú militas en RD.
-Estoy inscrito en RD, pero por una cuestión absolutamente azarosa. Había que firmar para que se inscribieran como partido y porque estábamos apurando una causa local. Nada más que por eso. En todo caso, soy amigo de muchos RD, de mucha gente autonomista.

Pero te has obsesionado con el Frente Amplio últimamente.
-Es que a los hueones los tengo respirando en la oreja. Son vecinos.

Los tienes de caseros.
-El fuego amigo es súper importante. Pero a ellos no les gusta que los critiquen, porque son pendejos malcriados. Son hijos de mamá. Y un hueón que es hijo de mamá en Chile, está cagado. O tienen el síndrome de la arrogancia universitaroide del clase mediano universitario que me carga.

¿En qué se traduce ese síndrome?
-En certezas absolutas con relación a ideologemas brutales que son rasqueríos. Como esa obsesión por estudiar en la universidad y ser profesional. Es como que los hueones despreciaran el trabajo manual. No puedo evitar irritarme cuando escucho hablar a los sociólogos de la izquierda chilena, porque parece que todos pasan por esa racionalidad academicoide, y no me refiero a Mayol específicamente… Pero yo los mandaría a reeducación política. Es decir, a trabajar al campo, como lo hizo el presidente Mao con los intelectuales chinos en la revolución cultural. Les falta perspectiva lúdico crítica. Y, por cierto, más sentido común doméstico. El mundo en términos planetarios debiera ir a lugares más raros y estos hueones políticamente todavía están pensando en las mismas cagás, de manera uniforme y unidimensional, los encuentro reaccionarios. Hay que pensar en otra cosa. Hay que cuidar la cagá de país que tenemos, cuidar el único guáter que tenemos pa cagar, pa no convertirnos en una Venezuela, en una hueá ingobernable que no sabemos por dónde chucha agarrar. Realmente hay que ponerse de acuerdo y eso implica respetarle la vida a los hijos de puta también.

¿Cómo así?
-O sea, respetarle la vida a los Ricardo Rincón, a los Piñera, a pesar que ellos no nos respetan y si pudieran nos matarían. No todos, pero existe esa posibilidad de que nos quieran matar, o que nos queramos matar, porque ese es uno de los grandes placeres de los seres humanos: de hecho, yo me levanto todos los días queriendo matar a una porción importante de la humanidad. Pero sé que eso no se puede hacer. Entonces, voy reculando en el día. En la noche ya me tranquilizo, pero al otro día me despierto nuevamente con ganas de matar. Y si no es por el yoga, estaría matando gente.

LAS MUJERES

¿Le darás tu voto a la Bea Sánchez?
-Yo creo que sí. No me gusta, pero estoy obligado a darle mi voto, porque yo soy shuper obediente, soy lo más pelotudo que hay…

¿O se lo darás a Guillier?
-Eso sí que no. Jamás. Me carga. Es que me carga la centro izquierda por una huevá de ADN: encuentro que los hueones son tan chulos y picantes. Esos sí que son hueones ordinarios.

¿Bachelet es chula?
-No, pero fue acogida por ellos. La Michelle me cae bien. Uno podría ser su amigo y tomarse un copete con ella. Las chilenas me caen bien por una cosa bien simple: las encuentro admirables cuando administran la orfandad de los cara de chilenos. O sea, las mujeres siempre tienen que estar administrando sacos de hueas durante toda su vida. A estas hueonas les tocó duro. Y le tocan hijos como les tocan, maridos como les tocan. Por eso me caen bien. Además, son entretenidas, más serias, y derechamente más productivas e inteligentes, dicho esto en un sentido de astucia y operatividad. No así los hombres que me caen mal, porque son mamones y gorilones básicos. Es una generalización, eso sí.

¿Por qué te carga Guillier?
-De un hueón que habla como locutor, y que habla como por escrito, desconfío. Es un invento paquetonístico de ese rasquerío que viene de ese clase medianismo laico picante, esa basura institutana, que viene del Barros Arana e Instituto Nacional. ¡Puta, que me caen mal esos hueones! El Chile que construyeron esos hueones es lo más aspiracional, facho, winner, clasista. Desconfío de ellos. El PC igual, es un partido de centro derecha pop, pero con la hueá jerárquica, bien facha, les gusta el power.

¿Hay algo que rescates del clasemedianismo?
-La clase media es solidaria, eso sí: dan el asiento a las señoras con guagua en el metro.

Te carga el progresismo. ¿Por qué?
-El progresismo es pelotudo, es la representación retórica del sentido común de izquierda, ese que cree que los pobres son buenos. Además, el progresismo es patético porque juega con lo políticamente correcto, con lo que se impone en una modernidad que se reduce a un par de tópicos, como la diversidad de género, el mapuchismo patético y el exhibicionismo escénico de un narcisismo de sujetos poseídos por la voluntad de verdad.

Si no eres progresista y no te sientes tan cómodo en el FA. ¿Qué eres tú?
-Soy una especie de operador del discurso y me interesan ciertas operaciones sociales de sobrevivencia. Pero si me preguntas, soy un operador doméstico. A nivel de política general chilensis, uno querría que hubiera un relato que reafirme la democracia doméstica.

¿Cómo?
-La solución de muchos de nuestros problemas como país es quedarnos más en la casa y asumir los temas de barrio, o municipalizar el territorio. Uno de los problemas de este municipio es que se puso a hacer política al estilo de los cara de hombres y olvidó lo doméstico. Que es más que lavar la loza y hacer el aseo…, pero lo contempla. Postulo la democracia como algo administrado por vecinos de buena calidad humana, quitársela a los operadores políticos, sin la histeria de los gritones callejeros poseídos por la justicia dudosa. En el fondo, que la política no la hagan los políticos hablando por la tele o las redes, sino el vecindario. La vida tendría que estar determinada por cómo se vive en el barrio, por cómo cultivamos alimentos, por cómo producimos energías baratas. Gastar menos agua, por ejemplo. Soy un gastador de agua mínima. Me lavo las manos y recojo el agua en un tiesto. Y esa agua se la tiro al guáter. Y no es de tacaño, es una obsesión por la economía doméstica que estoy seguro será la economía del futuro.

¿En qué más economizas?
-Generalmente, trato de no botar comida. Reciclo también.

Estás en la onda ecologista…
-No, tampoco soy ecologista en un sentido pervertido. Pero hay que reducirlo todo, empequeñecer la vida, el mundo y hacerlo más a la mano. Lo fundamental es que esto tenga sentido en lo político. No tener una verdad escondida y decir “el gluten no, seamos todos vegetarianos, cuidemos a los animales”, no. Odio la izquierda esotérica. Soy súper práctico. Si puedo matar animales, se matan animales y toda la huevá.

Hace tiempo te caían mal los gays, las feministas… ¿Ha cambiado tu percepción?
-Me cargan las causas que implican verdades instaladas.

¿Por qué?
-Terminas reproduciendo, generalmente, lo que estás combatiendo. Y pasa el fenómeno que es muy común de la discriminación positiva. O sea, terminas creando pequeñas nichos de verdad insoportables. Entonces, por ejemplo, llega el negro con el blanco, y tiene que imperar la discriminación positiva: si contratas al blanco, erís un conchetumadre. Entonces, lo transformai en una especie de víctima profesional que termina siendo financiada por un Estado culpógeno. O sea, una histeria. Así es como surgen el Movilh y todas esas ONG que son necesarias también para que no haya homofobia. A todo esto, con mis amigos, permanentemente nos tratamos de maricón.

¿Por qué?
-Recurrimos al sentido común más machista y pelotudo para que se note que somos incorrectos. “Schi, soi maricón”, nos decimos. Y me dejo hacer bullying con mis amigos que me dicen “ya andai maraqueando”. Yo mismo digo “voy a maraquear a yoga”.

Como tallas de quinto básico.
-Ja, ja, ja. O si tengo un amigo mapuche, lo tratamos de “mapuche culiao”. O si tenemos un amigo judío, lo tratamos de “judío conchesumadre”, “asesino culiao”, y si es árabe igual. O sea, al hueón que sea. Y si tenemos un amigo negro, vamos a tratarlo de “negro maricón”. Si es rubio, de “rubio maricón”, “desgraciado fascista”… Un bullying entre amigos.

No te caen bien los animalistas, pero te gustan mucho los perros.
-De hecho, tengo amigos que son perros callejeros en el barrio. Pero ahí hay una maldad endémica, porque yo mismo quiero a los perros y soy parte de esa maldad. Es un fascismo, porque en el fondo tú amas a los perros porque odias a la humanidad. Es un argumento pa poder agredir y odiar.

Desde que practicas yoga, ¿te has encontrado con tu yo interior?
-Estamos en el camino, pero por lo menos me he encontrado con algo parecido a mí mismo, y eso asusta un poco. La maravilla del yoga tiene que ver con una práctica brutal y absolutamente materialista: es asumir el cuerpo como espíritu.

¿Te complica haber pasado la barrera de los 60 años?
-No. Encuentro que hay un fascismo político que te transforma en un cerdo. O sea, que te va definiendo las edades y delimitando de una manera bien radical. Entonces, ahora tenís que ser una vieja culiá o un viejo culiao, o si eres joven ser un adolescente maldito así que deprímete hueón. Ahora que soy un viejo culiado, asume, muérete. Con la edad estoy tratando de ser lo más razonablemente posible. Pero no me siento mal. Y el yoga me ha hecho bien para respirar. El tema es respirar, seguir respirando.

 


 

ADELANTO DE LA NOVELA MONROE

N le relata a Otro, cercano, historias de héroes y luchadores grecorromanos que ha visto en películas italianas de los 60 que están programando en la tele. Algunos de ellos salidos del sitio de Troya. El Otro, profesoral, le habla de la cólera del pélida Aquiles que, enojado porque no está de acuerdo con la repartición de un botín, decide no entrar en batalla, es decir, opta por hacer política, se hace de rogar, aunque más tarde reacciona motivado por la venganza. Esta actitud del héroe tiene un correlato en la política moderna. Mucho político joven, con pretensiones épicas (o histéricas), ha sentido que los viejos de su partido no lo han tomado en cuenta en la repartición del poder. Eso intenta explicarle, prosaicamente, tratando de imponer su lectura del modelo clásico.

N no le da crédito a esa interpretación. El Otro, a nivel de proyecto particular, le comenta que ha intentado convertirse en héroe cívico en un perdido pueblo rural sin estatuto de modernidad, tratando de colaborar con obras de adelanto. En su biografía ha criticado a los burócratas que diseñan conflictos y querellas siguiendo las órdenes de un jefe maldito, uno con ansiedades personales y sin sueños colectivos. Hay ocasiones en que ese jefe circunstancial se transforma en mito guerrero, solo porque una cierta trama siniestra así lo quiso.

N, en cambio, insiste en apelar a la galería clásica, porque ahí está el paradigma heroico que le interesa, porque él quiere contar una historia heroica que su conciencia narrativa le dicta. El Otro entiende que su paternidad es lejana y la distancia geográfica por la que optó corresponde a la del sujeto que huye de la familia por degradación épica, al eludir la responsabilidad de un ejercicio que tiene el aroma de la tragedia o de la patología.

N dio el salto a ese vacío recurrente y pleno de arbitrios de la incertidumbre, y Monroe fue una mediación salvífica de su vulnerabilidad. Esa locación no es tan improbable que no pueda ubicarse en una geografía verosímil. La encontraremos aquí o allá, en la tierra fértil de las probabilidades.

N jamás calculó las consecuencias de la experiencia de lo impensable. Su tema insalvable era la vida cotidiana que debía ser todo lo ritual que se pudiera, en donde descollaba su amor por la demora extrema de los pequeños actos. N recupera con El Otro el Monroe insular y anotan lo que recuerdan en una libretita Moleskine. La aventura de un héroe conjetural que debía recorrer un territorio improbable.

MONROE
Marcelo Mellado
Editorial Hueders, 2017, 123 páginas.