“Bajo la inocencia de unos caramelos, se esconden oscuros deseos”, escribe Jordi Llorca en una crónica para Vice España en donde cuenta historias de cómo es el sexo oral acompañado de los dulces Halls, esos que se asocian con el aliento fresco.

“Las sensaciones son similares tanto al dar sexo oral como al recibirlo, aunque hay algunos matices. Al darlo hay que tener cuidado con la sensibilidad del glande, ya que si uno “posa” el caramelo sobre él, la sensación es más aguda y puede llegar a picar, aunque es el típico picor que está entre el dolor y el placer. Una vez descubrimos esto, alternamos la posición del caramelo entre la base del glande y en la zona de debajo o al lado de nuestra lengua. La sensación fluctuaba entre el frío y el calor y era simplemente maravillosa”, cuenta Javi, de 36 años.

Eneko, 25 años, recuerda que “era el cumple de mi chica y este plan era perfecto. Le hice uno de esos regalos en los que la mitad era para ella y la otra para mí. Una cajita mona con un kit sexual —entre otras cosas, los Halls— y una noche en un hotel cutre para saciar la curiosidad (…) Empezó a chupármela y a los pocos segundos sentí algo horrible. Me picaba como si me hubieran hecho una felación con un rallador de queso, pero fresquito. No sé si me equivoqué de caramelos o qué, pero sentí un ardor helado como si estuviera recibiendo una mamada de Yeti. Mantuve la calma y dije que todo era maravilloso, que ella tenía que probarlo. Era su regalo, ya sabes. Me comí un caramelo y comencé a bajar. Empezó a quejarse con los primeros lametones. ¡Picaba como un demonio! Ya pude dejar de fingir y lloriqueamos los dos en la cama hasta que aliviamos nuestro ardor en la ducha. Eso sí, nos reímos mucho”.

Noa, 23 años, relata que “le propuse a mi novia innovar en nuestro sexo oral con estos caramelos que no conocía (…) Comenzó a lamerme. Tengo que reconocer que estaba más expectante por sentir algo especial que por disfrutar. Como no estaba funcionando decidí seguir como si nada. Pasó un ratito y le dije que soplara suavemente. El efecto frío-calor lo cambió todo: me encantó. Le pedí que lo repitiera en más de una ocasión. Ya estaba sumergida en un húmedo mar de placer”.

Gabriel, 30 años, dice que su experiencia fue así. “Estábamos en la cama. Dejé el móvil en la mesilla y me metí un caramelo en la boca sin que se diera cuenta. Le di las buenas noches con un beso. Me preguntó por ese peculiar y fresco olor, pero como estaba juguetón, dejé que el caramelo hablara por sí mismo. Sonreí y me comencé a deslizar lentamente sobre sus pechos. Le mordí los pezones con suavidad. Noté como la piel se le erizaba entre un hálito de frescor. Seguí bajando y besaba cada recoveco. Se estremecía de placer mientras contraía los muslos. En un acalorado forcejeo se los separé y comencé a comerle la entrepierna. Mi lengua giraba combinando rápido y lento por su clítoris. Sentía escalofríos. Era tanto el placer que alcanzó el clímax a los pocos segundos”.

Adriana, 29 años, recuerda que todo le sucedió con un chico que había conocido en Tinder. “Nos vimos después de cenar, dimos un paseo por la playa y acabamos borrachos en una discoteca. Bailamos, reímos y terminó pasando lo que tenía que pasar (…) A los pocos segundos estábamos desnudos. Ya le había hablado de los Halls, así que saqué el cartucho y cada uno se metió una gragea en la boca. Sonreí y bajé. Me soltaba guarradas de placer. Al rato me quitó de encima y me lo comenzó a comer. Noté el fresquito enseguida y más aún cuando sopló. Estaba desatada. Después de un rato comenzamos a follar como animales sin importarnos lo más mínimo que cada dos por tres pasaran personas junto al coche”.