Un hombre que rebasa los 70 años cruzó un cerco y entró en una propiedad privada. Avanzó lento cuesta arriba por un camino de arena hacia unos cuartos en ruinas construidos de paja y adobe que se divisaban en la punta de la loma. Era don Arturo Carrasco Cortés y se dirigía al lugar donde fueron engendrados sus antepasados: el último de 10 “criaderos de negros” que habían en la época del Virreinato de Perú en la región que ahora es Arica-Parinacota.

Tras la caminata, recuperó el aliento y entró al “criadero”. Lo ha hecho muchas veces, y ahora que puede estar ahí sin sentirse excesivamente perturbado, recorre con aires de anfitrión los seis metros cuadrados que mide ese lugar donde cientos de afrodescendientes como él fueron concebidos por mamás y papás obligados.

“En cada una de estas celdas metían a una negra reproductora y a un semental de casta Congo. Los tenían en la celda cuatro o cinco días. Después el dueño de los negritos que nacían los llevaba a bautizar a la iglesia de Poconchile con el apellido del dueño. Sánchez o Carrasco, por ejemplo”, recordó don Arturo, quien actualmente es el presidente de la agrupación de adultos mayores afrodescendientes, Julia Corvacho Ugarte.

De acuerdo con información recabada por el ex diputado Antonio Leal, los nombres de los dueños de los “criaderos” del Valle de Lluta, -donde estaban tres de los diez que existieron- son Francisco Yánez, Ambrosio Sánchez y Luis Carrasco.

En los registros navieros de la época las personas afrodescendientes eran simplemente piezas de ébano, piezas de madera. Así se compraron y vendieron durante un largo período que se extendió entre los siglos XVI y XVIII. En un texto editado por la UNESCO llamado La Ruta del Esclavo, Federico Mayor describe este capítulo del pasado en Chile -y en todos los países que participaron en la venta transatlántica de esclavos- como uno de los “agujeros negros” de la historia.

Don Arturo camina lento y en círculos por el mismo suelo donde sus antepasados fueron obligados a tener relaciones sexuales para procrear bebés que a su vez serían propiedad de los “amos” y registrados en la iglesia jesuita de San Jerónimo, en la localidad de Poconchile, a unos cinco kilómetros del lugar. Ya no se quiebra como antes, ahora saca pecho: “mi abuelo me decía: asume que eres chileno y negro”.

Los colores claros del cuidado atuendo de don Arturo contrastan con su piel morena. Su sombrero completa el look de sapeur, ese grupo de africanos congoleños que invierten la mayor parte de su dinero en llamativos atuendos elegantes.

Por un derecho que no está escrito en ninguna ley, el señor actuaba como si el “criadero” fuera un lugar suyo. “Hemos hecho estudios de genealogía y llegamos a la conclusión de que nosotros somos descendientes de este criadero de esclavos”, dijo don Arturo, bajo los rayos de luz que se cuelan por los huecos del derruido lugar. “Lo que no sabemos y se pierde en la noche de los tiempos es qué negra y qué negro se cruzaron aquí”, se lamenta.

Los que se fueron en los “agujeros negros” y los que caminaron en “la noche de los tiempos” que este señor quiere retener en la memoria de Chile habrán sido muchos Carrasco, como él, y numerosas familias descendientes de esclavos que habitan en Azapa y Lluta, unos valles de Arica que surcan cerros de arena desde el mar hasta el altiplano boliviano.

Reivindicación étnica
Marta Salgado Enríquez, presidenta de la organización Oro Negro (fundada en 2011, es la primera ONG de afrodescendientes en la región), reforzó los dichos de Carrasco Cortés. Recordó que las personas eran seleccionadas por su complexión y vendidas como piezas de ébano para luego ser llevadas al “criadero” donde fueron concebidos los antepasados de don Arturo. Los recién nacidos -coincidió la activista- eran bautizados por jesuitas asentados en la región y vendidos como mercancía. Al crecer, estos niños se convertían en la mano de obra esclava para producir agricultura, minería o pesca.

La práctica de la esclavitud y el lucro con la venta de personas por parte de los jesuitas de la Compañía de Jesús en esa parte de Sudamérica está plenamente documentada. Una de las referencias es el informe del Gobernador del Reino de Chile Francisco Javier Morales, de 1771, donde habla de una amplia presencia de esclavos en haciendas jesuitas en territorio peruano, incluyendo el sur que ahora -desde 1929, tras la Guerra del Pacífico- pertenece a Chile, es decir, la región de Arica-Parinacota.

“Fueron los jesuitas los que operaron la trata de personas, como lo llamamos hoy día. Ellos operaron hasta 1877 en los países de los que fueron expulsados”, aseguró Salgado Enríquez.

Las memorias de Arturo Carrasco no son anécdotas aisladas. No es un hombre viejo visitando una choza en una colina que le trae recuerdos. Sus palabras están en un contexto actual de exigencia por parte de la comunidad afrochilena que tiene su corazón en Arica, principalmente.

Miles de chilenas y chilenos están organizados para reivindicar su historia hasta que el gobierno de Chile los considere como etnia. Igual que los Aimaras y los Mapuche. En 2009, siendo presidente de la Cámara de Diputados de Chile, Antonio Leal presentó el proyecto de ley que “establece el reconocimiento de la etnia afrodescendiente en Chile”. Ocho años después, el pasado 4 de abril, la Comisión de Derechos Humanos y Pueblos Originarios pidió que se archive esa iniciativa. Y quedó archivada.

El proyecto fue la base de otro más presentado, en abril de 2016, por el diputado Luis Rocafull López que reconoce al pueblo tribal afrodescendiente chileno como parte importante de nuestra nación, incentivando la promoción y respeto de sus tradiciones y costumbres. Esta iniciativa fue elaborada por la organización de afrodescendientes chilenos, Lundanga, y está en trámite constitucional.

Los activistas afrodescendientes ya no recuerdan cuántas veces han viajado a Santiago, capital de Chile, a impulsar esos proyectos de ley para volver con las manos vacías. “El ser afrodescendiente en un país que ha negado sistemáticamente su existencia, se hace difícil, como que uno choca con puertas y personas que no tienen la sensibilidad”, opinó Marta Salgado, en una entrevista realizada en Santiago durante uno de sus viajes de gestiones para el “movimiento político, social y cultural” que apunta a obtener más reconocimientos del Estado Chileno hacia la comunidad “afro”.

Un estudio llamado Candela, publicado en 2013 por la Red para el Estudio de la evolución de las poblaciones latinoamericanas, determinó los porcentajes de herencia indígena, europea y africana en la población chilena. Se tomaron muestras de ADN a mil donantes de las 15 regiones de Chile y se concluyó que el porcentaje de ascendencia africana era del 3.81 por ciento en promedio.
“En este país, además de que se niega la existencia de negros, hay un tema en la educación, nunca se ha enseñado que Chile también tiene componentes de sangre africana y que descendemos de esclavos africanos muchas personas, como lo comprueba también el Proyecto Candela”, dijo Marta Salgado.

Las fiestas
A 13 kilómetros de la ciudad de Arica, yendo tierra adentro, hacia el altiplano, está el Valle de Azapa con sus famosas plantaciones de olivos cultivadas por manos de inmigrantes bolivianos y peruanos y que, en tiempos de la esclavitud, fueron trabajadas por los negros que comenzaron a llegar encadenados al puerto de Arica en 1540, cuando se sembraba algodón y caña de azúcar.

Según datos recabados por Oro Negro, en 1813 el 70 por ciento de la población de Arica era afrodescendiente. 33 años después, en 1946, la población negra había bajado al 50 por ciento. Pero en el Valle de Azapa, los negros eran el 68 por ciento.

El INE estimó (es una proyección basada en el censo 2002) que hay más de 8,400 personas que se asumen como afrodescendientes, es decir, el 4,7 por ciento de la población de Arica.

En un punto de la Ruta Patrimonial del Esclavo, en el Valle de Azapa, está Cristian Báez Lazcano, coordinador de Lumbanga. Él resume la postura que hay detrás de tantos posicionamientos públicos y tantas reuniones para impulsar una ley que reconozca a la etnia afrodescendiente: “nosotros estamos tratando de demostrar que el aporte africano en Chile ha sido tremendamente importante”.

Ahí mismo, en los predios del Valle de Azapa, las familias “afro” festejan las Cruces de Mayo y reivindican su cultura cada año con las fiestas que comienzan con alabanzas en altares dentro de las casas y siguen con procesiones nocturnas hacia los cerros. La música de metales y tambores se escuchan y se ven de un cerro a otro. Corren la bebida y la comida típica, como el Picante de Guata (una sopa hecha con el estómago de la res) y en ocasiones preparan sopa de pulmón de res. Es lo que comían los afrodescendientes en la época de la esclavitud y se volvió tradición.
Y por el día están los carnavales que pasan por las principales calles de Arica con sus comparsas que, según la antropóloga María Paz Espinosa, “irrumpen el ámbito público ariqueño” apropiándose de “un escenario que históricamente se les ha negado”.

Algo está cambiando en el norte de Chile que se está llenando de música. Las familias hicieron memoria; “se han ido concientizando y fortaleciendo”, agrega Espinosa.

María Esther Camacho Donaire, mujer afrodescendiente de Azapa, integrante de Oro Negro dijo, apurada (porque estaba a punto de comenzar la Cruz de Mayo de su familia) que las generaciones nuevas están listas para hacer que Chile acepte sus raíces “afro” y, como está cansada de intentarlo por la vía política, cree que les quedan los carnavales. Las fiestas.

“Los afro-afro como yo hemos perdido muchas oportunidades porque ya nos pusimos viejos, porque ya no podemos dar la lucha pero pensamos en nuestros hijos, los que vienen atrás de nosotros. En las comparsas no se aceptan amargados, todos tienen que reírse. Le vendría bien a Chile un remezón de risas”. Y se fue a organizar su fiesta.

FOTOGRAFÍAS VÍCTOR RUIZ CABALLERO

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