El otro tiempo de Daniela Acosta

Así como en todos los ámbitos de la vida, las escritoras mujeres deben contender con estereotipos de lo femenino que suelen reducirlas a una sola característica, a un único aspecto de sea cuál sea su identidad, que sirve como atajo cognitivo y etiqueta y que no admite la coexistencia de contrarios, o peor, asume, en un salto mortal propio de la más chapucera de las lógicas, que una cosa excluye a la otra: la condición de madre es enemiga declarada de una sexualidad plena o el cuidado personal adversario de una inteligencia refinada. Como dice Maggie Nelson, castigando la mayoría de las críticas injustas con las que ha debido lidiar Judith Butler por causa de su orientación sexual: “hay personas que no pueden ver más allá del lesbianismo de Butler, para quienes cualquier palabra que salga de su boca -cualquier palabra que salga de la boca de la lesbiana, cualquier idea que brote de su cabeza- tendrá el sonido de una sola nota: lesbiana, lesbiana, lesbiana”. O Diamela Eltit que, ya varios años atrás, hacía notar que la prensa acostumbraba interrogar a las escritoras por su vida doméstica -cuestión que, por cierto, aún se estila- y a los hombres por su vida pública.

Esta condición subalterna es, por lo común, uno de los principales tópicos que ha explorado la literatura escrita por mujeres desde lo que parece el origen de los tiempos. Antiguamente, incluso, el derecho a escribir les estaba prohibido, por lo que algunas, como George Sand y George Eliot, se valieron de seudónimos masculinos para esquivar la censura y despistar a la crítica. Chris Kraus, en “Amo a Dick”, un libro único, en el que un enamoramiento salvaje, casi primordial, da paso a un examen lúcido del lugar que las mujeres ocupan en los círculos artísticos e intelectuales más radicales y progresistas (y en la vida en general), relata, en un episodio tan chistoso como decidor, que la única manera de convencer a estos famosos eruditos, que embebidos en sus fiestas hacían turnos para jactarse de la juvenil belleza de sus nuevas conquistas y ninguneaban cualquier idea que no viniera de lo que ellos consideraban una cabecita apropiada, era jalonando las credenciales intelectuales , que Kraus, que a lo largo del libro se llama a sí misma una artista fracasada, no posee.


Amo a dick de Chris Kraus

En los últimos treinta o cuarenta años, la literatura escrita por mujeres en Chile ha ido ganando terreno en un campo habitualmente dominado por hombres. Entre los 80 y fines de los 90, surgieron escritoras como Diamela Eltit, Elizabeth Subercaseaux, Alejandra Costamagna, Nona Fernández, María José Viera-Gallo, Andrea Maturana, Ana María del Río y Andrea Jeftanovic, quienes se labraron, en mayor o menor medida, un nombre en la literatura nacional gracias a su sólida obra. Cada uno, a su modo, se ha preguntado qué significa ser mujer en Chile, aunque ninguna ha permitido que su propia identidad prevalezca por sobre sus afinidades e intereses literarios y sociopolíticos; más bien, han puesto al servicio de su proyecto sus observaciones y vivencias de género, dotando de aún mayor densidad sus cuentos, novelas y ensayos. A partir del nuevo siglo son muchas las escritoras publicadas como para enumerarlas. Recientemente, sin embargo, han irrumpido en el campo una cohorte numerosa de escritoras, algunas de las cuales incluso han sido reconocidas por el gran público -que en este país y, para no andarse con cosas, en casi todos, es parroquial, tendencioso y abúlico- y la crítica, como ocurrió con el se supone bullado caso de Paulina Flores y su primer libro de cuentos, el que le valió elogios en casi todos los rincones de Chile. O, aunque en su caso más que consenso hubo disenso, Romina Reyes, quien hace un par de años también hizo ruido un libro de cuentos, “Reinos”. Algo similar sucedió con Camila Gutiérrez, quien saltó de un blog a una película y de esa película a una novela fresca y desenfadada.

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“Quise ser un hombre. Quise ser el arquetipo de un hombre. Quise ser lo que la cultura hace de un hombre”, anota, en un email, la protagonista de “El otro tiempo” de Daniela Acosta. Ese sentimiento, que por cierto es pasajero y nace del deseo de vivir con una libertad, podría decirse que real, reservada para los hombres, es parte de una trama de emociones y sensaciones que Acosta, demostrando un sentido del humor tan sutil como pícaro, que se expresa en la “lengua de las minas”. Tan punzantes como naifs, sus frases y observaciones van construyendo un modelo comprensivo, cariñoso y cercano de lo femenino con la salvedad de que la mujer del otro lado de sus correos ─su amiga, a la que llama “linda” y “mi amor”─ no parece estar interesada en quien redacta los correos ni su contenido. De tal modo que la lengua puesta en escena se constituye como una ironía, la manera en que la propia protagonista arma su propia biografía a partir de rechazos y nimios fracasos. “Me habría gustado llamarme María si no fuera tan religioso. Un nombre solo, compacto, fuerte, corto, casi duro”, dice en otra parte, y a lo que apela con esa secuencia de adjetivos no es lo que habitualmente la sociedad tilda de femenino; por el contrario, se trata de palabras que en el imaginario referencian lo masculino. El problema no es que el nombre sea religioso, ni que en su simbolismo invoque a la madre del dizque hijo de Dios, sino que María, tal cual ella la entiende, es, a todas luces, un nombre de hombre.


Terriers de Constanza Gutiérrez

Estas disonancias, que Acosta tan bien expone, son aún más pronunciadas en “Terriers”, el segundo libro de Constanza Gutiérrez. Se sabe que por lo general cuando en la literatura un hombre es taciturno o lacónico, de él se dirá que es viril, pero cuando una mujer posee esos rasgos, lo más probable es que de ella digan que es masculina. En los siete cuentos de este breve libro, Gutiérrez ofrece figuras de lo femenino que no encajan con lo que el mundo espera de ellas. Una dice: “Quería tirarme piqueros peligrosos, andar en calzones por la casa, practicar mi nuevo descubrimiento, por fin, sin miedo”, mientras otra de sus protagonistas, quien vive suavemente sometida a los caprichos de su marido, indica su insatisfacción en una frase sencilla: “Quería tener algo mejor que hacer, algo que no tuviera que ver con Ricardo, pero él sabía todo lo que hacía o me gustaba hacer…”. Gutiérrez, en realidad, dota a sus personajes masculinos de características femeninas, como ocurre en Arizona, un cuento que comienza de forma magnífica: “No mucho antes de que yo naciera, nuestro pueblo había crecido de la manera desordenada y sin planificación en la que se extienden todos esos villorrios perdidos que a nadie le importan”. El narrador preadolescente de este cuento ve cómo los sucesivos cambios de su pueblo alteran la fisonomía local. Cuando los primeros moradores, unos pelusas, son corridos de un sitio eriazo llamado, irónicamente, Arizona (un desierto americano dentro de otro desierto, latinoamericano, chileno, una nadería), para hacerle espacio a una comunidad gitana, la sociedad local, tal como los antofagastinos que organizaron una marcha para protestar la presencia colombiana en su ciudad, pierde todo sentido de la propiedad, y se empecinan en echar, ¡de un sitio vacío!, a personas que no llenan su gusto. El narrador, que al principio comparte la opinión de la comunidad, se desliga de la opinión general luego de hacerse amigo de un niño gitano, a pesar de que sus viejos compañeros de andanzas lo empiezan a tratar, a sus espaldas, de maricón. Gutiérrez ostenta una escritura veloz, parcial al despertar de la sensibilidad infantil y adolescente, que retrata con gran encanto.


Vibrato de Isabel Mellado

“Quise jugar un ratito con otras niñas. Parecerme menos a mí, más a ellas”. Isabel Mellado, quien obtuvo gran éxito en España con su primer libro, escribe con una prosa sinuosa, en la que abundan las comparaciones desenfocadas, raras, y en la que aparece lo femenino como algo subsidiario del oficio. El nombre de la protagonista, sin ir más lejos, es casi no suyo: “Casi me llamo Marta. Marta era el nombre de la amante de mi padre cuando nací”. Ese, dicho sea de paso, es el comienzo de la novela, un gran comienzo. “Cuando más me aburría de aquellos sondeos elementales de una prematura femineidad, me solía convertir en mosquito”. Mellado no presta atención a nada más que a los extraños corcoveos de la realidad.

Esta pequeña muestra, incompleta y sesgada, al menos da cuenta de que en este último tiempo la literatura escrita por mujeres en Chile ha recogido el guante que dejaron sus precursoras, abordando un gran número de temas y haciendo gala de perspectivas disimiles, seleccionando con cuidado qué modelos de lo femenino resaltar y en qué circunstancias, a pesar de estar siempre en el ojo del huracán, siempre sometidas a juicios extraliterarios, siempre, en suma, bajo, la lupa. No por nada los editores se las pelean y algunos inclusive han llegado a organizar concursos exclusivamente para encontrar nuevas voces de nuevas mujeres, en parte porque detectan que hay un rédito comercial, seguro, pero también porque saben que hoy, quizás más que nunca antes, la literatura escrita por mujeres en Chile habla desde un sitial imposible de pasar por alto.