Hay veces en que los efectos de una decisión política van mucho más allá del asunto puntual que aborda. Es lo que ha sucedido con la despenalización del aborto en las tres causales. El hecho mismo es en sí inmenso: una mujer, cuando peligre su vida, cuando lleve en su vientre un feto sin posibilidades de sobrevivir, o si su fecundación se debe a la violación de un hombre convencido de que por tener más fuerza que ella puede disponer de su cuerpo como se le antoje, en lo sucesivo, podrá interrumpir el embarazo sin merecer pena de cárcel. Lo más probable es que dentro de pocas semanas ya nadie se atreva siquiera a insinuar la conveniencia de volver a castigarla por ejercer ese derecho, del mismo modo en que hoy a nadie se le ocurriría penar la sodomía, reponer la existencia de hijos ilegítimos o retirar la ley que posibilita el divorcio.
Casi tres décadas de discusión masculina –entre los años 20 y comienzos de los 50 del siglo pasado- le llevó a esta república permitir el voto femenino en una elección presidencial. Hacia 1960, en toda la historia universitaria chilena, apenas 8000 mujeres habían tenido acceso a ella. Hasta la generación de quienes hoy son abuelas crecieron con el mandato de ejercer como dueñas de casa, de atender a sus hijos y ser garantes de la armonía familiar. Nada de malo hay en esta posibilidad, aunque hoy pocas lo aceptarían como imposición. Las diferencias en el reconocimiento al trabajo realizado por hombres y mujeres sigue siendo abismal: por un mismo oficio hoy todavía en Chile un hombre recibe el 30% más que una mujer. Según la encuesta Casen 2015, de cada $100 que ingresan a un hogar -en el entendido que ambos miembros de la pareja trabajan-, $62 los aporta el marido y $38 su esposa. Abierta la compuerta del respeto igualitario al desarrollo de todos los hombres más allá de su género, semejante brecha salarial nos resulta a todos un escándalo, y eso que hasta hace no mucho, a los conservadores del pasado lo que les escandalizaba era que la mujer aspirara a trabajar.
Sólo para una ortodoxia religiosa son comparables los derechos de un embrión con los de su madre. El resto sabemos que mientras el cigoto es una persona posible, la mujer en la que se anida lo es a cabalidad. Podrán esgrimirse todo tipo de teorías (alguna vez existieron, al interior de esa misma mentalidad, para defender que un indio o un negro no valían lo que un cristiano), pero asumida la idea matriz de la filosofía de los derechos humanos –que “todos los seres humanos NACEN libres e iguales en dignidad y derechos”-, aunque a ciertos caracteres autoritarios les cueste, debemos aceptar que cada cual disponga de su cuerpo. Es su principio fundamental. Del suyo, y el de nadie más. Y en una democracia, no es Dios, ni siquiera la ciencia por sí sola, sino el acuerdo de la comunidad política quien decide cuándo a un feto le concede una calidad independiente a la de quien lo gesta.
Lo sucedido es un avance, en el camino ojalá sin retorno, del respeto a la autonomía, dignidad y decisión del otro. Faltan varios pasos para llegar a su consagración plena, pero el lunes 21 de agosto fue un día muy importante en la lucha por los derechos de las mujeres. Ya pueden disponer, al menos en estos casos extremos, por si solas si quieren o no ser madres. Felicitaciones. Hoy son más libres que ayer.