Era 1968. En el escenario del teatro Petit Rex, en el centro de Santiago, los actores Humberto Duvauchelle y Raúl Espinoza se dan un largo y apasionado beso con lengua. El público queda mudo. Tímidamente algunos aplauden, otros se paran indignados y a los gritos abandonan la sala. La obra “Entretengamos al Sr. Slone”, dirigida por Víctor Jara, fue la primera que mostró en escena un beso homosexual. El guión pertenecía al afamado dramaturgo inglés Joe Orton, maestro de la comedia negra y el teatro under.

En la obra, Slone, un seductor y cruel huérfano, llega como inquilino a la pensión del señor Ken, un anciano casi ciego y perverso, que vive con sus dos hijos, Eddie y Kat. Ella es una cincuentona presa de su frenesí sexual y el un joven homosexual encubierto. Ambos hermanos atraídos por Slone y bajo chantaje por un crimen feroz, terminan turnándose al pensionista. Con un formato cómico, el montaje introduce en un mundo sórdido y violento.

Cuando la Compañía Los Cuatro iba por la función 25 y la obra ya había dado bastante que hablar en el país, el dramaturgo Joe Orton fue asesinado de nueve martillazos en la cabeza por su amante, el artista Kenneth Halliwell, quien luego se suicidó con una sobredosis de Nembutal. La noticia cruzó el Atlántico y repletó la sala. Casi no se podían conseguir entradas.

Duvauchelle (86), Eddie, en la obra de Orton, ha dedicado toda su vida al teatro. Comenzó en las tablas a los 16 años. Actualmente trabaja en docencia y no para de actuar. “A la sombra del Quijote” es su último montaje, que está exhibiendo en ciudades y pueblos de la Vº Región. Ahora es uno de los candidatos al Premio Nacional de Teatro, que será otorgado esta semana.

¿Cómo fue hacer la escena del beso homosexual?
A mí no me complicó. Eramos muy amigos con Raúl Espinoza, que murió muy joven por falta de atención médica. Ambos éramos locos por las mujeres. En los ensayos previos solo marcábamos el beso. Víctor no quería que lo practicáramos antes. Nos dijo que eso lo íbamos a dejar para el final. Recién nos besamos en el penúltimo y último ensayo general. Víctor gritaba:‘¡No quiero un beso como los de la tv que se esconden de la cámara, quiero un beso con lengua, bien apasionado!’. Lo repetimos como veinte veces. Llegó un momento en que se nos quedaba colgando la baba. Víctor no quería nada falso, sino algo realmente auténtico, un beso de verdad. No admitía la actuación superficial, tenía que salir todo desde la interioridad.

¿Cuál fue la recepción del público en esa época?
El beso generó muchas reacciones encontradas. Primero se producía un hielo tremendo, el público gesticulaba, todos muy impactados. Algunos aplaudían, otra gente se enojaba, nos gritaban:‘degenerados, se pasaron, maricones’. Se levantaban de sus asientos y salían de la sala dando portazos. También el público se peleaba entre sí, había mucho público gay, todos ellos fueron a ver la obra. Mi papá se sentaba atrás, estaba encantado con la obra, gozaba como chino.

¿Y cómo fue la crítica?
La crítica fue muy buena, tengo varias guardadas. Hubo un par que advertían que era muy rupturista y amoral. Decían que el público se tenía que preparar para ir a verla.

¿Tiene alguna otra anécdota que recuerde?
Llevamos la obra a Lima, invitados por la Cancillería. La primera fila del teatro estaba llena de diplomáticos, autoridades, ministros. Nunca fuimos testigos de una cosa igual. La obra les pareció una cosa espantosa. Durante el beso hubo un silencio de muerte, estaban mudos. Cuando terminó, el embajador chileno nos dijo: ‘¡pero por favor, yo no sabía que la obra era así!‘ Nos retó, le explicamos que como actores respetábamos el texto y que había sido dirigida por un gran director, como Víctor. Pero lo mejor es que un día iba caminando a la función, fue un domingo de mucho calor, me acuerdo como si fuera hoy. Iba por una calle muy angosta, cuando a lo lejos, veo a un hombre muy grande y alto con una mujer chiquita…

¿Y qué pasó, quiénes eran?
Se venían acercando, cuando lo reconocí. ¡Era Julio Cortázar con su pareja!. Le digo Julio, pero qué maravilla. Sí, me dice, soy yo. Me preguntó quién era y a qué me dedicaba. Le expliqué que era actor y que estaba exhibiendo una obra. Lo invité a verla y esa misma tarde fue. Se me acercó al final y nos dijo: ‘Che, ustedes son muy valientes, estamos en Lima, esta es una sociedad muy conservadora, ¿cómo la trajeron acá?‘ Estaba asombrado. Nos dio un abrazo, fue muy hermoso.

¿Cómo conoció a Víctor Jara?
Conocí a Víctor en 1956, mientras montábamos en el Teatro Nacional “Noche de Reyes” de Shakespeare. Él tenía un papel pequeñito, estaba en una situación muy terrible, muy pobre. Estaba tan mal económicamente, que el director de teatro Pedro de la Barra se conmovió al conocer su historia y, por primera y única vez, lo autorizó a vivir en el camarín cinco del Teatro Antonio Varas. Por ahí se las arreglaba para comer con amigos, todos los ayudábamos lo que podíamos, porque nadie tenía mucho.

¿Cuándo empezaron a trabajar juntos?
Nosotros, con mi hermano y Orieta Escámez, teníamos la compañía Los Cuatro, trabajábamos como independientes, al lado del Cine Rex. Estábamos haciendo la obra Boeing-Boeing, ya llevábamos como 400 funciones, era una comedia divertidísima, se entretenía como loco el público. Pero llevábamos tantas funciones, eran dos al día, toda la semana, que estábamos hasta más arriba del tejado, aburridos, era horroroso. Para salir de eso y hacer algo nuevo, se nos ocurrió llamar a Víctor. Le explicamos lo que nos estaba pasando. Nos dijo, miren, hagamos algo opuesto a lo que están haciendo, hagamos vanguardia y propuso llamar a Raúl Ruiz.

¿Cómo fue la experiencia con Raúl Ruiz?
Raúl era muy jovencito, casi estudiante de colegio. Llegó al teatro con un abrigo muy grande, con sus bolsillos lleno de papeles. Traía varias obras, duraban entre 20 o 40 minutos, seleccionamos algunas, pero con Víctor leíamos y, la verdad, no entendíamos mucho. Llamamos a Raúl para que nos explicara un poco. Le preguntamos que quería decir con “La maleta”, que fue una de sus obras que montamos, y él enojado, nos retaba:‘pero cómo no entienden, cómo es posible que ustedes no tengan la sensibilidad para entender’. Ya, pero explícanos le decíamos y él replicaba ya, significa esto y se largaba a silbar. Nosotros nos mirábamos, no lo podíamos creer y le insistíamos que nos explicara y él solo nos contestaba silbando. Delirante, ja, ja, ja. Con “El cambio de guardia”, la otra obra, lo mismo, silbaba. Se fue indignado. Después les dimos unas vueltas más y le encontramos una hilacha. A ambas obras les pusimos “Duo”. Fue extraordinaria la experiencia, la critica fue estupenda. Acá, en Chile, todavía no se sabía mucho de vanguardia.

¿Cómo era Víctor Jara como director?
Era un gran director, estupendo, ya se sabía de él como cantautor en aquella época, todo el mundo lo admiraba. Su dirección era notable, quiero dejar eso en claro, era muy sensible, muy observador, conocedor del ser humano. Tenía unos cambios de ánimos muy bruscos sí, a veces llegaba feliz y otras muy mal. Nos gustó tanto trabajar con él, que le propusimos montar “Entretengamos al sr. Slone”. Era una obra de una violencia extraordinaria, tenía un doble juego, se pasaba de la violencia a la ternura y viceversa. Tenía crimen, pasión, homosexualidad. Fue la primera vez que se presentaba una obra tan rupturista en el país.

PREMIO NACIONAL Y NUEVOS PROYECTOS

Ahora postula al Premio Nacional de Teatro. ¿Qué expectativas tiene?
La verdad no me hago ilusiones, creo que lo merezco porque son 70 años de teatro, no voy a ser modesto ahora contigo. Empecé muy joven, a los 16 años, actuando con profesionales como Alejandro Flores, que era un divo del teatro. Esta es la tercera o cuarta vez que me presento al premio, nunca me dieron boleto, aunque ahora ha habido una campaña bien potente a cargo de Marco Espildora, que es muy eficiente y trabajador. Él golpeó un día la puerta de mi casa y me preguntó si quería ser candidato al Premio Nacional. La verdad que no lo había pensado de nuevo, ya estaba cansado, había desistido. Total, con premio o sin premio, voy a morir en el teatro, haré teatro hasta el último respiro, aunque a esta edad siempre escasean los papeles, pero seguiré adelante. Marco me propuso organizar el comité y tengo varios colegas que me están respaldando, como Daniel Alcaíno, Nelson Villagra, mis alumnos, profesores, cuatro municipalidades: Valparaíso, Rancagua, Concepción y Povidencia.

¿Y cómo es su vida ahora, en qué proyecto está trabajando?
Estoy muy feliz, llevo una vida muy organizada, tranquila, dedicada a la docencia y del teatro. Ahora estoy con Orietta Escámez y un elenco, en un proyecto aprobado por el Consejo de las Artes, que se llama “A la sombra del Quijote”, es una obra itinerante por la V Región. Hemos visitado ciudades y pequeños poblados. Nosotros siempre nos preocupamos de llevar el teatro a todos los rincones del país. Además, soy un gran lector de poesía, con Mario Lorca, creamos un espectáculo que se llama “La noche de los poetas”. Empezó en Bellavista hace como 28 ó 30 años, llevamos más de mil funciones. Leemos los poemas, los interpretamos libremente y va todo musicalizado.

¿Y tiene otros proyectos para el futuro?
Sí, “Las musas de Neruda”, ya tengo parte del guión, es una creación colectiva, incluye la poesía, la prosa y los amores que inspiraron al poeta, tenemos apoyo visual y fotos. Esperamos montar a mediados del próximo año. Estoy muy activo, aunque no acá en el circuito de Santiago. Quiero montar, si el tiempo y la vida me da, una función con los grande monólogos de Shakespeare. Tengo pilas, porque estoy absolutamente sano, como saludable, me tomo un par de tragos, su vodka naranja o vinito blanco helado.

¿Era bohemio cuando joven?
Fui poco bohemio, porque trabajé desde muy joven para ganarme los porotos, trabajaba como lector de noticias en Radio Chilena. Nació mi hija y no tenía ni un peso. También hice radioteatro, hacía bolos con los grandes actores de esos años, eran pequeños papeles, me pagaban muy poca plata, pero como eran varios, iba juntando lo justo para vivir, hasta que el Teatro de la Universidad de Chile nos contrató a mi hermano y a mí. Héctor llegó a ser el mejor actor joven de su época, le llamaban el príncipe del teatro chileno, era un gran actor, estupendo, con un ángel, era como Flores en su época. Héctor tenía mucho magnetismo.

¿No le daba celos o algo?
Yo era el mayor, Héctor tenía tres años menos. Para nada, todo lo contrario, quería ser como él. Cuando formamos la compañía en 1960 pasaron muchas cosas maravillosas, hacíamos las obras, pero nadie se adjudicaba el protagonista, eramos muy hermanables. No teníamos problemas de ego o divismo, jamás.Lamentablemente, Héctor murió en Caracas muy joven.