Lecciones universales de La Rambla

Por Rosa Chávez Yacila

Es verdad que La Rambla, una de las alamedas más visitadas de Barcelona, ha cambiado. Días después del atentado terrorista del 17 de agosto que dejó trece muertos y alrededor de ciento treinta heridos, uno no pasea sin más por allí. Recorrerla ahora revela las muchas formas que existen de enfrentar el terror, de reflexionar sobre este. El lugar se ha convertido en una especie de memorial, de página en blanco, de altar y de grito.

Mientras camino por La Rambla no dejo de pensar en Perú. Los peruanos tenemos un pasado cruento que todavía sigue vomitando sus secuelas. El terrorismo desató en mi país la época de la violencia política durante las dos últimas décadas del siglo XX que dejó, de acuerdo al Informe Final de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación, alrededor de 69 mil muertos y desaparecidos. Conozco esa parte de nuestra historia, pero siento que aún me falta mucho para comprenderla. Yo no sé de coches bomba, ni de toques de queda, ni de apagones nocturnos, la toma de la Embajada de Japón la vi por televisión y no entendí bien de qué se trataba.

Por primera vez he venido a verle la cara al terror en este tramo de Barcelona. A más de 10 mil kilómetros de mi país que tanto sabe de golpes y de sangre. Hace casi año que vivo aquí, estudio un máster en Creación literaria, he hecho amigos y hasta tengo mis sitios favoritos, pero todavía me siento un poco extraña, como una invitada en una casa ajena. La tarde del atentado terrorista en La Rambla, yo estaba trabajando en mi piso de Sants. Como muchos, me enteré a través de las redes sociales. Vi imágenes y videos terribles de las víctimas, durante varias horas oí el ruido de las sirenas y los helicópteros, mis amigos y mi familia me escribieron en masa para saber si estaba a salvo. No pude evitar sobrecogerme y sentirme parte de lo ocurrido. Me supe vulnerable, pasajera. Por un par de días sentí temor de caminar por la calle.

Durante mi paseo, mientras observaba cada uno de los 20 memoriales que la gente ha improvisado en honor de las víctimas del ataque, sentí una mezcla de miedo porque pude ser yo y alivio porque no lo fui. Me pregunté si así era como se sentían mis compatriotas en nuestras épocas más cruentas. Pensé en el horror de las tragedias como un monstruo que arrasa con los límites geográficos, que nos interpela sin pedir pasaportes ni pasar lista a las nacionalidades. El horror es universal, pero también lo pueden ser la solidaridad y la empatía. Esta última tan necesaria para respetar y entender el dolor de quienes más sufren por lo que ha pasado en esta ciudad, por lo que pasó en Perú. Dice la escritora Leslie Jamison en su libro “El anzuelo del diablo” —que trata sobre la empatía y el dolor de los otros— que ser empático exige imaginación y reflexión, así como asumir que no sabes nada, que en la pena de los demás hay un contexto imposible de vislumbrar. La empatía es un acto de humildad y de entrega. Yo quiero creer que la empatía va a ganar todas nuestras batallas contra el horror.

Quienes no vivimos de primera mano aquellos años de violencia política peruana nos vimos obligados a reconstruirlos para crear conciencia, para no cometer los mismos errores y asumir nuestras responsabilidades. En parte siento que mi cuota de conmoción e impacto ha llegado con veinte años de retraso, ha viajado kilómetros de distancia. La Rambla me está ayudando a hacer memoria por Perú, un ejercicio necesario para entender mejor y respetar más lo que allá sucedió. De eso también se trata combatir el terrorismo.

Con mi caminata de esa tarde por el lugar del atentado pude comprobar cómo la ciudad está afrontando el suceso. Con memoriales, con aplausos de apoyo, con palabras de aliento, pero también sin interrumpir las actividades que la caracterizan: los paseos, las selfies, los brindis. El terror no puede ni debe paralizar nuestras vidas. Llevaré conmigo esa lección cuando me toque volver a mi país.

 


 

EL HORROR

Por Antonio Olivari
Son las cinco de la tarde de un caluroso agosto. Estoy en mi cubículo de trabajo esperando que sean las seis para irme a casa y estar con mi familia.

El chico nuevo, ese que es italiano, viene acelerado, su cara está rara, parece un nudo y pese a que nunca hemos hablado, me dice: “Joder tío, métete a La Vanguardia online”, añade otras proposiciones, un par de adjetivos, pero lo único que logro retener en mi cabeza son dos palabras: “ataque” y “terrorista”. Entro a Twitter y lo confirmo: mi ciudad perdió su virginidad.

Las fotos son espantosas, sin filtro alguno, por desgracia algunos medios muestran a centenares de personas heridas en plena Rambla y ahí justo ahí, al lado del mercado de La Boquería se ve esa estúpida furgoneta blanca, la culpable de todo. Mi mente se ensaña, me obliga a recordar que estuve ahí, hace poco menos de un mes con mis suegros, mi mujer y Santi, mi bebé de seis meses, estos infelices pudieron de haber matado a mi niño. ¡Malditos cabrones!, maldigo en voz baja, apago el ordenador y me voy a casa sintiendo impotencia y rabia, de esa que te aprieta el pecho.

Soy chileno. He sobrevivido a un dictador, a terremotos, deudas universitarias y seis asaltos, dos de ellos cometidos por los mismos pandilleros. Pero nada me ha dado más miedo que esto.

En casa enciendo la tele, el conductor de las noticias confirma que ya son trece los muertos y que ya van unos treinta heridos, llegarán a ser más de cien, pero de eso no me voy a enterar hasta la una de la madrugada, que es cuando sucede el otro atentado, ahora en Cambrils un balneario pequeño cerca de Tarragona. A las ocho de la mañana del otro día, leo que una explosión ocurrida en la noche del miércoles, que en un primer momento se creía que era un accidente, en realidad se trataba de una bomba que fue mal manipulada. Las noticias continuarán todos estos días. Esto ya no es solo un atentado, es una célula terrorista operativa en suelo español.

Hace poco más de seis años que llegué a la península ibérica y me enamoré de Barcelona, una ciudad perfecta para un tercer mundista como yo. No tiene la perfección de las ciudades calvinistas, pero sigue siendo desarrollada. Tiene además ese sabor a provincia, nadie corre, todo se mueve con tranquilidad, las abuelas se toman su tiempo para pagar en la caja (y nadie se queja), en los barrios se hacen fiestas en verano, que los vecinos disfrutamos y todos tenemos un bar en el que nos sentimos como en casa. Es una ciudad segura, puedes caminar de noche por la calle más oscura del barrio el Raval de Barcelona, escuchando música en tu iPhone último modelo y se te pueden acercar unos negros subsaharianos a venderte MDMA, o una chica de Rumania a ofrecerte sexo, incluso un yonqui puede pedirte un cigarro, pero jamás sentirás miedo, porque nadie quiere hacerte daño.

Por eso estoy enojado, porque nos han robado esa seguridad que teníamos. He vuelto a sentir miedo y ya ni siquiera solo por mí, ahora me da miedo que le pase algo a mi mujer o a mi hijo y no vale que llenemos las redes sociales de #notincpor (“no tengo miedo” en catalán), la verdad es que se nos huele la caca que tenemos en los pantalones, porque quedamos jodidos, porque la maldad cala hondo y cuesta mucho construir confianza de nuevo.

Desde el sábado empezaremos esta pantomima de hacer vida normal, volver a los bares a beber cerveza y comer tapas, hacer toples en la playa, tomar sangría por la tarde y por supuesto animar al Barça el domingo. Haremos esto día tras día, hasta que nos creamos que estamos a salvo otra vez, sin embargo, jamás volveremos a estar igual que antes, sabremos que el horror de esa estúpida furgoneta blanca jamás se ha ido del todo y siempre puede volver.