El miércoles 9 de agosto sucedieron en Santiago de Chile dos hechos aislados, pero que me reafirmaron la idea de que sí es posible pensar en una nueva izquierda, moderna y democrática.

A las 7 de la tarde tuvo lugar un foro en la sede del partido Revolución Democrática, para discutir sobre los alcances de la crisis de la democracia en Venezuela. El salón estaba lleno de militantes de RD. Los panelistas eran Alfredo Joignant, Lucia Dammert y Juan Pablo Luna. Los tres, desde diferentes perspectivas, criticaron el talante autoritario del régimen de Maduro. Al cabo de sus exposiciones, se abrió una discusión interesante sobre los límites de los procesos sociales y políticos.

Después de semanas de una álgida discusión en el Frente Amplio, sobre si era factible defender el gobierno de Maduro, se produjo un espacio de reflexión conjunta, sin insultos, con más ganas de escuchar que de declarar verdades.

Posteriormente fui invitada a una conversación con un grupo de jóvenes periodistas cubanos que estaban de viaje en nuestro país. Se reunieron con jóvenes chilenos, militantes de partidos de izquierda. Escuchar a los cubanos fue una experiencia inspiradora, en varios sentidos. Me impresionaron su destreza discursiva, su sofisticación ideológica, su capacidad crítica, su manera de vivir el proceso cubano. Uno de ellos acababa de mudarse de Caracas a Quito, porque contaba que los niveles de violencia en Venezuela eran insoportables. Su mujer trabaja para la Fundación Rosa Luxemburgo, no son precisamente gente de derecha. Los otros, todos residentes en Cuba, hablaban de una isla que dista mucho de ser el paraíso. Aun así, trabajan en medios de comunicación todos más o menos independientes y se las arreglan para publicar lo que quieren. Debo reconocer que admiré profundamente su manera de pensar y de expresarse, su relato… y me dije “cuánto nos falta en Chile para tener este nivel de reflexión”. Las pruebas de la calidad de la educación cubana estaban a la vista.

En estos dos espacios, uno organizado por la Coordinación de Relaciones Internacionales y la Dirección Regional Metropolitana de RD y el otro por la Fundación Espacio Público, vi el germen de lo que considero una discusión ineludible para los que nos queremos llamar de izquierda en el siglo XXI, a saber, ¿cuál es el peso de la democracia y la libertad en nuestro proyecto político?, ¿es posible sacrificarlas en pos de la promesa de más igualdad? En mi opinión y a vista de los horrores de los socialismos reales del siglo XX, la respuesta sin dudas debería ser no. Pero claramente no hay consenso en esto y qué más sano que abrir la discusión y desplegar los argumentos, en vez de esconder los distintos puntos de vista.

Cuando ingresé a Revolución Democrática me sedujo profundamente esta promesa que se hacía de construir una izquierda democrática y acorde a los tiempos. Una izquierda que pueda aprender de su pasado, de las grandes luchas sociales que protagonizó, pero también de las terribles injusticias que lideró. Una izquierda internacionalista, pero no ciega. Una izquierda que crea en la participación como un pilar fundamental de su práctica política y por eso se dedique cotidianamente a generar capacidades para ella. Una izquierda que se forme continuamente y que se plantee los desafíos de estos tiempos. Que se preocupe de la economía, de la pequeña y la mediana empresa, de la diversificación de la matriz productiva, del crecimiento. Que tenga respuestas para el dueño de la ferretería, para el propietario del pequeño comercio. Una izquierda con responsabilidad fiscal, que no se asuste a defenderla. Una izquierda abocada a construir mayorías. Una izquierda que por supuesto, avance en los derechos. Y que defienda la democracia y la libertad, siempre.

*Militante de RD.