Para algunas profesoras, académicas, que hemos seguido y/o participado por varios años en el debate público, en la discusión legislativa y, posteriormente, con intervenciones en el Tribunal Constitucional sobre la interrupción del aborto en tres causales, lo sucedido es un hecho histórico para Chile. Es un logro para las niñas y las mujeres. Partimos de la base que hay un reconocimiento expreso –aun cuando no sepamos la redacción del fallo- que las mujeres no podemos ser obligadas a una maternidad a cualquier costo, que no tenemos por qué ser coaccionadas por el derecho a ser heroínas ni mártires, y que el derecho tiene la oportunidad de transformar la condición de subordinadas en que nos encontrábamos ante estas tres situaciones: riesgo de vida de la mujer, cuando el feto padece una malformación fetal congénita de carácter letal y cuando el embarazo ha sido producto de una violación.

Creo también representar lo que nos pasa a las mujeres en la academia en este debate intenso. Pues, aun teniendo colegas varones, quienes desde diversas disciplinas, universidades y espacios han sido parte de este proceso, algunos nos han visto a veces como bichos raros por la fuerza o ahínco que hemos puesto en discutir desde lo jurídico, para profundizar el conocimiento socio-legal levantando datos, realizando estudios académicos para entregar evidencia y realzar aquellos puntos que nos parecían que debían estar incluidos en esta discusión. Hemos aprendido mucho en el camino, pero no solo en conocimiento teórico, sino de cómo hacer derecho, de cómo crear normas jurídicas ancladas en la realidad, en la vida de las mujeres. Quiero mostrar la alegría de tener colegas, varones y no solo las mujeres, que compartieron sus conocimientos y representaron a aquellas mujeres que han estado invisibles.

En el caso personal, en tanto mujer, lo he hecho porque comparto el refrán junto a otras, que lo personal es político, porque las mujeres abortamos, como lo sostuvo una académica en su intervención ante el Tribunal. Conocemos y reconocemos en la causal de interrupción del embarazo en caso de violación que ésta tiene rostro de niña, la cara de una adolescente y la historia de las mujeres como parte de un continuo de violencias. O porque las mujeres no desean sentirse como meros instrumentos de la reproducción de la especie manteniendo una vida en gestación que no tiene posibilidad de vivir fuera del vientre de esa mujer. Solo buscan que se reconozca su opción y cada una decidirá si continuar o no su embarazo en sus contextos, bajo sus valores y creencias.

En las presentaciones no hubo sentimentalismo, como algunos han dicho, sino un llamado expreso al Tribunal Constitucional, que tenía la oportunidad de fundar su decisión en derecho, bajo el enunciado y pretensión de que todos y todas somos iguales en valor, dignidad y derechos.

Los jueces y juezas saben que la Constitución o una ley se puede leer bajo la pretensión simplista de que es un texto neutro, desprovisto de una expresa visión sobre el “otro” o sin ninguna particular ambición, que no tendría cuestiones preconcebidas respecto de un grupo determinado. Suponiendo que ello fuera cierto, la interpretación le da contenido, afirma o reafirma la subordinación o tiene la posibilidad de emancipar. Las niñas, las adolescentes y las mujeres tienen el derecho a no ser tratadas como delincuentes.

El aborto es de aquellas realidades que tiene sexo, género y clase. Tiene sexo porque las mujeres somos las que nos reproducimos. Tiene género porque una ley restrictiva, como la chilena, se funda en una idea, un deber ser de las mujeres, en lo que se espera de nosotras y como debemos comportarnos. Y, ciertamente, tiene clase, en tanto el aborto es un delito, tiene un efecto diferenciado cuando, incluso en estas tres causales, las mujeres buscan poner término a ese embarazo. Los estudios, que he realizado por más de dos décadas, dan cuenta de esa realidad, la de las procesadas, la de las condenadas, las que abortaron ilegalmente y que fueron denunciadas en hospitales públicos, las que han buscado la protección en el sistema judicial con sus historias de violencia cuando han sido agredidas y que no encuentran protección, a veces por desidia, en otras por el tiempo transcurrido, por las limitaciones del sistema judicial, pero también porque se enfrentan con el prejuicio y los estereotipos. De eso escuchamos mucho durante la tramitación de esta ley. Porque las mujeres somos sospechosas para el derecho.

El derecho ha tratado, nos trata, a las mujeres como ciudadanas de segunda categoría, y este proyecto permite levantar una de esas barreras. Como dijo otra académica muy emocionada al conocer el veredicto: se está haciendo un mejor país para todas.

Salimos de la lista de países infames que no permiten el aborto bajo ninguna circunstancia. A veces, nos gustaría ser parte de otro barrio, por ser socios de la OCDE, pero algunos no comparten lo que eso significa respecto del respeto de los derechos de niñas y mujeres.

La maternidad es una fuente de elogios para muchos y también de castigo. Creo que salimos de esta discusión menos hipócritas como sociedad. Porque así como he visto el discurso del elogio a la protección a la maternidad, he visto a las estudiantes expulsadas por estar embarazadas. Esas maternidades se castigan porque rompieron un guion de conducta de un ideario institucional que protege la maternidad, pero la castiga cuando está fuera de lo esperado.

Chile será otro. No porque haya más o menos abortos, sino porque el Tribunal tuvo la oportunidad histórica de hacerse cargo de la vida de niñas, adolescentes y mujeres. Se vienen otros desafíos. Superar obstáculos, trabas y la burocracia que impida o no permita acceder a una interrupción de un embarazo bajo condiciones dignas, evitando que las mujeres sean una vez más victimizadas.

*Directora del Centro de Derechos Humanos de la UDP.