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Sebastián Madrid, doctor en sociología y profesor adjunto de la Universidad Católica, hace años estudia la conducta de los exalumnos de los colegios de la élite, miembros de la clase dominante del país. En su última investigación, “El beso de buenas noches: La paternidad entre gerentes corporativos y la reconfiguración de la masculinidad hegemónica en Chile” se centró en un grupo de gerentes de grandes empresas nacionales y transnacionales. El estudio aborda cómo viven su relación con la paternidad versus su éxito laboral y la tensión que les genera conciliar ambas cosas. Pese a que dicen ser padres involucrados en la crianza de sus hijos, en la práctica no están dispuestos a trabajar menos horas o dejar pasar una promoción que abulté aún más sus cuantiosos ingresos y sus cuotas de poder.

El grupo de gerentes analizados, entre los 30 y 45 años, la mayoría ingenieros, pero también abogados, provienen de los colegios más caros y exclusivos del país. Si bien el estudio no especifica los nombres de los establecimientos educaciones, sino que los divide en tres grupos: los católicos tradicionales, los religiosos ligados a los movimientos más conservadores de la iglesia, como el Opus Dei, los legionarios de Cristo y Schoenstatt, y los laicos vinculados a comunidades extranjeras, se trata de los más renombrados. Saint George, Manquehue, Villa María, Cumbres, Everest, Verbo Divino, Tabancura, San Ignacio, entre otros.

Por medio de extensas entrevistas biográficas a los gerentes y algunas de sus esposas, el académico de la Universidad Católica, pudo detectar que, al menos en términos discursivos, en los hombres de la clase dominante se ha gestado un cambio cultural con respecto a las generaciones que los preceden. Estos sujetos han incorporado la idea instalada en el imaginario social de una paternidad más involucrada y participativa, junto con relaciones de mayor equidad y colaboración al interior de la pareja y la familia.

Pero ese discurso se contrasta con la realidad. En promedio son hombres que trabajan doce horas diarias más dos de traslado en sus autos desde comunas como La Dehesa o Lo Barnechea a zonas como Providencia o el centro de Santiago. Por lo tanto, les queda muy poco tiempo para estar con sus hijos en la vida cotidiana y muchas veces la relación se reduce a darles el beso de las buenas noches o a veces ni eso por las cenas de negocios o espacios de homosociabilidad, como jugar golf o fútbol.

En las entrevistas, los gerentes relatan que sus padres eran fríos y distantes, en algunos casos autoritarios, no expresaban emociones, ni tampoco colaboraban en ninguna tarea del hogar. De hecho, los entrevistados sostienen que “no sabían hacer ni un huevo revuelto”. Por contraste afirman que a diferencia de sus padres, ellos sí son capaces de expresar sus afectos y emociones a sus hijos, y de vez en cuando, colaboran en algo, como cambiar pañales o lavar los platos, lo que, según Madrid, revela un cambio cultural en la forma de ejercer la masculinidad en la clase dominante.

“Eso que pueder parecer algo menor, es un gran cambio cultural que se expresa a nivel discursivo, sin embargo, en terminos prácticos, el trabajo y las responsabilidades que tienen se come a estos hombres. Por lo tanto, ese discurso no se traduce en grandes cambios que promuevan la equidad al interior de la familia. No son hombres que renuncien a su carrera por estar más en la casa con los niños o que estén dispuestos a sacrificar una promoción para que su mujer sea la ascendida dentro de su empresa”, explica Madrid.

Madrid logró detectar dos patrones en la forma de ejercer la paternidad en este grupo, que dan cuenta de “ la emergencia de nuevas formas de masculinidades en un contexto de poder y privilegio, y de transformaciones de las relaciones de clase y género”.

El padre de fin de semana
Este es el patrón más común entre los gerentes corporativos. Durante el fin de semana, este padre juega con los hijos, asiste a actividades organizadas por el colegio, (que son los mismos colegios de élite a los que ellos asistieron), hace deporte con sus hijos, prepara un asado para la familia y colabora en poner la mesa. Esta variante responde más a una paternidad tradicional.

A Germán*, directivo de empresas, tres hijos, le gusta que su mujer trabaje y tenga un buen nivel intelectual, no comparte la idea de algunos de su amigos de “la mujer adorno”. Le interesa colaborar en la casa y quiere tener una paternidad involucrada. Cada jornada intenta llegar al hogar antes que los niños se acuesten para bañarlos y hacerlos dormir, pero no siempre puede. “Ayer tuve que salir a una cena de negocios y hoy también tengo que salir a un cena de negocios”.

Francis*, ingeniero, gerente de una empresa minera. Creció en una familia oligárquica tradicional, donde los hombres no hacían ningún tipo de tarea doméstica. Está casado con una abogada que trabaja a tiempo parcial y tiene dos hijos pequeños. Afirma directamente que no es un “padre manos a la obra”, sino que “prácticamente orientado al trabajo”. Afirma que “la verdad es que nunca he sido uno de esos padres que sale de la oficina a las 18:00 horas para estar con sus hijos. En este sentido, soy muy egoísta”. Las labores de cuidado de los menores y del hogar, recaen en su esposa y la mujer que trabaja en su casa.

“Debido a que muchos gerentes son más orientados al trabajo que orientados a la familia, el beso de buenas noches
es la única alternativa que tienen para resolver la tensión entre ser un padre involucrado durante los fines de semana y ser un gerente exitoso durante los días laborables”, dice el estudio.

Los fines de semana y las actividades que realizan con sus hijos esos días son visto como un ‘salvavidas’ que ha transformado la relación entre padres e hijos, pero no ha producido un cambio en las relaciones de género.

El padre contingente-involucrado
Estos padres no están presentes solo el fin de semana y refleja algunos avances en la equidad de género en la familia, con mayor distribución de tareas y ocupándose más del cuidado de sus hijos. En general, esta conducta se debe a factores contingentes, como estancia de la familia en el extranjero, sin contar con redes de apoyo, estos padres se tuvieron que involucrar más en la crianza. El segundo factor tiene que ver con formas de trabajo flexible o cambios en situación laboral. Cuando trabajan en empresas de sus familias o bien en un periodo de cambio laboral, en que se dedican a consultarías, escriben informes, lo que les permite pasar más tiempo en la casa y se pueden involucrar más con los niños.

En este grupo, John*, ingeniero y gerente financiero de una empresa familiar, pudo revertir el patrón patriarcal que aprendió en su casa, tiene un discurso proclive a la equidad de género e igualdad de roles en la pareja, colabora en algunas tareas de la casa y participa activamente del cuidado de su hijo. Pero en cuanto a la toma de decisiones, es contrastado con la visión de su esposa, quien es doctora. “Siempre ha querido especializarse en el extranjero, pero sé que no lo vamos a hacer porque John no puede dejar su compañía. Sin embargo, si John tiene que ir al extranjero, obviamente puedo dejar mi trabajo. Todo está condicionado al éxito de John en su negocio. Eso me molesta, pero esa es la forma en que es”.

Además la esposa de John abandonó su interés de especializarse en cirugía y los cuidados intensivos que es el área que más le gusta, porque significaría no estar en las fechas especiales o no poder cumplir bien su rol de madre, socavaría mucho su vida familiar, relató. Esta frustración profesional la justificó porque creció en una sociedad, donde “la madre es la madre”. Pero, el académico añade que esto también tiene que ver con todo un aparataje en la negociación al interior pareja en que se priorizan los proyectos del hombre.

“El éxito de estos hombres y el dominio masculino en las esferas de poder, se sustenta en el trabajo de las mujeres, no solo las esposas, sino también de las nanas que trabajan para ellos. Esa forma de sostener su éxito invisibiliza su necesidad de involucrarse más, y por eso cuando hacen dos cosas, como una parrilla y poner la mesa, sienten que están colaborando mucho. Y para ellos es percibido como un gran cambio respecto a sus propios padres”, explica Madrid.

En cuanto al perfil de las esposas de los gerentes, también mujeres profesionales y provenientes de la élite, a diferencia de sus madres, ellas trabajan, pero la mayoría solo en media jornada para dedicar el resto de las horas del día a la crianza y el hogar.

El académico, como parte de la entrevista, consultó a los gerentes si dejarían sus trabajos de la alta exigencia laboral y demanda horaria, para pasar más tiempo con sus hijos. La respuesta de los ejecutivos remitía, en general, a que solo si era posible financiarlo, porque necesitaban el dinero para mantener el nivel de vida de la familia. “Si bien existía algún componente de culpa por no estar con los hijos y privilegiar el trabajo, el límite era la reproducción de su clase”, dice Madrid.

“Ellos discursivamente dicen que la familia es lo primero, muchos vienen de colegios católicos, pero en la práctica, cuando se analiza lo que efectivamente hacen, es más que sus padres y menos de lo que podrían hacer”, sostienen el investigador.

De todos modos, Madrid advierte que estas transformaciones culturales no operan de manera lineal, existen avances y retrocesos, reconfiguraciones, elementos incipientes que se cruzan otros más tradicionales sobre el rol de hombre o la mujer.

El material de estudio afirma que los cambios en la forma de ejercer la paternidad, y sus variaciones, no se relacionan necesariamente a relaciones de genero más equitativas, sino que a una reconfiguración de la masculinidad hegemónica. En el caso de la paternidad, ha ido mutando del padre autoritario al padre involucrado o cool.

Desde el punto de vista político, Madrid dice que estas formas de ejercer la paternidad también tiene que ver con la forma en cómo organizamos el trabajo y la idea de familia. “No solo en Chile, sino en el mundo, porque aún se mantiene vigente la estructura o la idea de que el hombre es el proveedor de la familia y la madre la que se encarga del hogar. Algunas empresas han ido innovando en tratar de conciliar familia y trabajo, pero no es suficiente, hay que repensar los horarios de trabajo, para eso se necesita no solo el actuar del Estado, tiene que ser en alianza con el mundo privado.

Por ultimo, agrega que se debe empezar a pensar en los hombres como sujetos de políticas de genero. “Acá en Chile, cuando nace un hijo, el papá tienen derecho a cinco días libres en su trabajo, no es nada, en Suecia son 90 días pagados”, finaliza Madrid.

*Seudónimos.