La gota que rebasó el vaso fue la acusación pública a Alberto Mayol cuando quiso quitarle el cupo a diputado a una mujer de su conglomerado, supuesto adalid del respeto a las minorías y a las mujeres, que son mayoría pero no tienen el mismo poder ni sueldo, etcétera. El argumento fue: “No se puede comparar el amedrentamiento a una mujer con uno a un hombre, porque las mujeres están en desventaja en la política. Él podría haber hecho diez llamadas a hombres, pero hizo una a una mujer y eso ya constituye un hecho violento”.

Es totalmente comparable, empírica y teóricamente: a Bachelet la cortan en pedacitos a diario y no es solo por machismo –pese a que haya una parte enorme–; una agresión no es en principio más grave según el sexo de la víctima, aunque se reconozca la indefensión femenina, menor que la de niños y ancianos, a quienes se liga, por ejemplo. Pero si cada vez que te agreden piensas que es porque eres mujer, te vuelves feminista idiota. En desventaja de partida, ves machismo en todo.

El feminismo es una condición obvia, pues a las mujeres no nos queda otra que ser mujeres y querer serlo plenamente (como un niño o un hombre), se sea una puta, una madre, una ingenua o una hija de puta (lo más normal es ser todas esas cosas juntas o según para quién), y eso ha sido una cuestión poco entendida, bastante reprimida o idealizada, condenada o falseada. Es biológica y hormonal, por eso fuerte. Como hace tiempo estamos en desventaja –las mujeres no podían votar, ni divorciarse, ni abortar decentemente, etcétera–, el argumento se usa para todo.

Los hombres tienen el poder –cada vez menos–, son más fuertes, más sensatos –supuestamente racionales al lado de la mujer, loca–, por eso siempre hemos estado en guardia. Ante los relatos atroces de maltrato te indignas y aterrorizas, sale del cuerpo la ira por la violencia de poder, de dominación, de fuerza. Una mujer es curada y caliente: le rompen la cabeza y le sacan los ojos. Violaciones, abusos, agresiones. Eso es lo atroz e inaceptable. No que te putee un imbécil, somos más fuertes que eso.

Nunca, realmente, he sentido la violencia machista atroz, solo bravuconadas o chistes idiotas: la corrida de mano o el típico punteo cuando usaba jumper, que supe no era mi culpa. He visto a hombres violentos, pero su violencia no era provocada porque menospreciaran mi sexo o su calma psicológica se basara en oprimir mi persona femenina. Quizá era por deseo sexual, por dolor, por derrota, por borrachera, por falta de amor, pero no porque yo fuera mujer. Éramos diferentes, claro, y nos costaba entendernos.

Nunca he tenido que demostrar que soy más que tetas y poto, más que una mujer. Por ser mujer y madre he exigido cosas y las he conseguido. Jamás me he sentido menos, al contrario. Si uno es la loca, la histérica, la víctima, la que exige, no quiero ser feminista. Mejor el antifeminismo, socavarlo hasta hacerlo de nuevo. No me interesa analizar las relaciones reducidas a roles sexuales, ni a dominaciones patriarcales, ni a luchas por sentirse valorada. Me parece que lo femenino se relaciona con la protección, desde el momento que estamos hechas para tener hijos (aunque no los tengamos), el cuidado, y por lo tanto con una acción total por el otro. Si hubiera alguna supremacía femenina, sería por eso. Por una capacidad de generosidad total y de superación del narcisismo. Prefiero pensar en el genio femenino del que habla Kristeva y no seguir machacando las supuestas desventajas.

Cuando leo a las feministas actuales, la queja contra el patriarcado, me pasa que no sé bien de qué están hablando. Leo a Natalia Gizburg, que se siente vieja y perdida ante las exigencias del feminismo en 1977. Leo a la norteamericana Adrienne Rich, que escribe sobre el futuro de la supremacía femenina: mujeres nuevas, fuertes, libres, llenas de coraje, “finalmente dotadas de prodigar los dones de sus propias energías vitales”. Rápido nota que no hay hombres: “No aparece ninguna imagen nueva. O mejor dicho, vemos vagar en el futuro hombres como formas pálidas, carentes de todo atractivo, prestigio o misterio: formas apagadas, espectros y sombras, anuentes, inconsistentes o inútiles”. No, así no. El feminismo radical tendría que incluir a los hombres, al famoso patriarcado en decadencia, para ser un nuevo humanismo activo y no una policía de prácticas estúpidas. Pues lo más viril, como lo femenino, es cuidar y proteger.

*Periodista y editora de Saposcat.