Lo primero que hay que decir sobre las feministas chilenas, es que tienen razón. No faltan en la vida de la mayor parte de las mujeres chilenas los golpes, las muertes, las violaciones, aunque esos extremos no son más que la metáfora sangrante de un perpetuo estado de humillación, una infinita metáfora de esta minoría mayoritaria, tratada al mismo tiempo como diosas de fertilidad y esclavas que deben agradecer el látigo de la diferencia y la indiferencia que se descarga sobre sus espaldas por un sí y, sobre todo, por un no.

Atadas y bien atadas a la pobreza y la procreación, los hombres chilenos se dan el lujo en su gran mayoría de desaparecer dejando a la mujer, sin estudios muchas veces, recibiendo sueldos de miseria por trabajos sin fin, a cargo de la crianza y manutención de los hijos. Esa incerteza que no les permite pensar en sus vidas como propias e independientes. Conseguir que esto se prolongue es lo que se esconde apenas detrás de la agenda “pro familia” de la derecha. Un discurso que comparten, con más o menos alegría, también la izquierda y el centro, e incluso el jipismo bien pensante que imagina con felicidad posnatales infinitos, partos sin anestesia y madres dando leche a sus hijos hasta que cumplen 18 años.

Las mujeres, a las que se les quiere imponer un lenguaje no “sexista”, no tienen con quién dejar a los niños para asistir a los seminarios como sus patronas o sus jefes. Hablar de derechos individuales, democracia o lucha de clases puede parecer pasado de moda en las universidades del primer mundo en que se posgradúan nuestras concientizadoras. Nos guste o no, en el Chile 2017 revolucionario aún hay que recordar que los hombres y las mujeres nacen libres e iguales.

¿Se puede ir más allá? Sí, aunque me temo que el más allá de la tercera ola es un más acá. No puedo dudar de que la mujer merece ganar lo mismo que un hombre por el mismo trabajo, que no pueden encerrarla en su papel de paridoras de niños, pero no estoy seguro de entender de qué se habla cuando se habla de lo patriarcal, lo matriarcal, la heteronormatividad. A los antropólogos y filósofos que los estudian hace años tampoco les resultan tan claros y concluyentes, como resultan en la boca de una estudiante de primer año de cualquier universidad chilena. Quizás la educación en Chile ha logrado el milagro de que ellas sepan mejor de lo que Judith Butler duda, discute, debate. Quizás la alimentación o la cordillera les permitan resolver en dos frases las dudas que atraviesan la obra de Susan Sontag, Julia Kristeva o Simone de Beauvoir. No lo sabré nunca. Su sabiduría sin fin no les permite debatir casi nunca con nadie que les conteste, opresores todos ellos, dueños del poder, machistas de izquierda o de derecha, culpables de la ceguera de Nabila, de las esvásticas en la piel de Zamudio, heteronormativos, androcéntricos, secuestradas por el poder si la que pregunta es mujer.

Lo suyo es lo homonormativo. Es decir, la idea de que lo idénticamente igual es lo único con lo que se puede dialogar, que la perfecta semejanza, el uso mimético del mismo lenguaje depurado de cualquier mezcla, es la forma de salvarse de la peste del mestizaje ideológico en que fueron irónicamente criados esos hijos del amor libre, los divorcios, los padrastros y madrastras. La segunda ola de la que no critican las consecuencias (que es la segunda ola del feminismo, el de los sesenta y setenta), lo que implicaría el imposible gesto de examinar sus vidas sin piedad ni prejuicios. El simple ejercicio de ver una película sin decidir al minuto uno quiénes son los buenos y quiénes los malos.

La costumbre de aprender, a través de pruebas estandarizadas de alternativas mutuas, ha envenenado el debate intelectual contemporáneo, haciéndolo virtualmente imposible. Es a, b, c, y pocas veces todas las anteriores. Si eres de izquierda eres anti israelís, si eres feminista eres animalista, si eres heteronormativo eres homofóbico, si eres homofóbico no eres socialista. Se piensa por eliminación y no por suma. Se busca un marco de pensamientos, unos anteojos y unas anteojeras que permiten pronunciarse con la misma certeza sobre temas que conoces o no, zanjando el debate de antemano para no permitirse ninguna pregunta que no sea retórica.

No hay nada que indigne más a los convictos de sus convicciones que se le pregunte ¿por qué? Pero el que no responde esa pregunta no puede saber ¿cuándo? ¿cómo? ¿quién? y, menos ¿dónde? Pensar que siglos de civilización y cultura son solo una conspiración de los poderosos por destruir tus sueños, es siempre la respuesta más simple y completa. Tiene la virtud de responder todas las dudas sin resolver ninguna. Los que piensan que pueden replantear el sexo desde el deber ser y la buena voluntad, sin darse cuenta que el deber ser es, justamente, lo contrario del sexo, porque ahí somos lo que no sabemos que somos, porque el deseo pulveriza siempre el deber, no son ilusos, sino en el fondo turistas de la convicción, consumidores de ideología que quieren comprar un instante de militancia, antes que la resignación los devuelva al orden del mercado, el único en que creen.

Los surfistas de la tercera ola, feministas de última hora, catequistas del nuevo lenguaje, militantes de cualquier nuevo eufemismo, les importa más las piruetas que exhiben para los otros surfistas que cualquier otra cosa. Se caen después en el oleaje, se rompen el cuello a veces. No importa, la temporada no es eterna, falta poco para que la playa se llene de veraneantes heteronormativos que no comprenden la gracia de montar incómodamente sobre la espuma, a punto de caer siempre. Humoristas, escritores, periodistas, profesores, cantantes y obreros de la construcción son lanzados a la hoguera purificadora que no alcanza a los empresarios ni los presidentes. Ocupados en los signos, a los surfistas de la tercera ola no se les ocurre que las cifras pueden ser más machistas que las letras.

Los sueldos siguen igualmente desiguales, después de que los tangos, los boleros y los reggaetones son vaciados de toda alusión sexista. Las marchas que exigen ni una menos ni asustan ni indignan a los celópatas, los borrachos siguen golpeando hasta matar. Los chistes, los piropos, las miradas lúbricas eliminadas. Nada asegura que la violencia siga siendo el lote cotidiano del capitalismo, que ha convertido el discurso de la tercera ola, como lo hizo con el ecologismo en los noventa, en un gancho publicitario más para sus productos.

Las mujeres son la única minoría que es mayoría. Esa constatación es algo que parece pasar por alto sus defensores, centrados en perpetrar el discurso de la víctima indefensa, equiparando a las mujeres con alguna etnia en vía de desaparición. La estética del gueto es siempre más atractiva que la de la plaza pública. En un país donde el abuso es constante y sonante como el nuestro, las mujeres no necesitan buscar muy lejos buenas razones para seguir luchando. Resulta curioso que teniendo tantas veces la razón, algunas feministas se empeñen en estar tan vistosamente equivocadas.